viernes, 13 de marzo de 2015

Lectura 19

E iniciamos una nueva aventura en este espacio de aprendizaje....




En calidad de turista en viaje de recreo y descanso, llegó a estas tierras de México Mr. E. L. Winthrop.
Abandonó las conocidas y trilladas rutas anunciadas y recomendadas a los visitantes extranjeros por las agencias de turismo y se aventuró a conocer otras regiones.
Como hacen tantos otros viajeros, a los pocos días de permanencia en estos rumbos ya tenía bien forjada su opinión y, en su concepto, este extraño país salvaje no había sido todavía bien explorado, misión gloriosa sobre la tierra reservada a gente como él.
Y así llegó un día a un pueblecito del estado de Oaxaca. Caminando por la polvorienta calle principal en que nada se sabía acerca de pavimentos y drenaje y en que las gentes se alumbraban con velas y ocotes, se encontró con un indio sentado en cuclillas a la entrada de su jacal.
El indio estaba ocupado haciendo canastitas de paja y otras fibras recogidas en los campos tropicales que rodean el pueblo. El material que empleaba no sólo estaba bien preparado, sino ricamente coloreado con tintes que el artesano extraía de diversas plantas e insectos por procedimientos conocidos únicamente por los miembros de su familia.
El producto de esta pequeña industria no le bastaba para sostenerse. En realidad vivía de lo que cosechaba en su milpita: tres y media hectáreas de suelo no muy fértil, cuyos rendimientos se obtenían después de mucho sudor, trabajo y constantes preocupaciones sobre la oportunidad de las lluvias y los rayos solares. Hacía canastas cuando terminaba su quehacer en la milpa, para aumentar sus pequeños ingresos.
Era un humilde campesino, pero la belleza de sus canastitas ponían de manifiesto las dotes artísticas que poseen casi todos estos indios. En cada una se admiraban los más bellos diseños de flores, mariposas, pájaros, ardillas, antílopes, tigres y una veintena más de animales habitantes de la selva. Lo admirable era que aquella sinfonía de colores no estaba pintada sobre la canasta, era parte de ella, pues las fibras teñidas de diferentes tonalidades estaban entretejidas tan hábil y artísticamente, que los dibujos podían admirarse igual en el interior que en el exterior de la cesta. Y aquellos adornos eran producidos sin consultar ni seguir previamente dibujo alguno. Iban apareciendo de su imaginación como por arte de magia, y mientras la pieza no estuviera acabada nadie podía saber cómo quedaría.
Una vez terminadas, servían para guardar la costura, como centros de mesa, o bien para poner pequeños objetos y evitar que se extraviaran. Algunas señoras las convertían en alhajeros o las llenaban con flores. Se podían utilizar de cien maneras.
AI tener listas unas dos docenas de ellas, el indio las llevaba al pueblo los sábados, que eran días de tianguis. Se ponía en camino a medianoche. Era dueño de un burro, pero si éste se extraviaba en el campo, cosa frecuente, se veía obligado a marchar a pie durante todo el camino. Ya en el mercado, había de pagar un tostón de impuesto para tener derecho a vender.
Cada canasta representaba para él alrededor de quince o veinte horas de trabajo constante, sin incluir el tiempo que empleaba para recoger el bejuco y las otras fibras, prepararlas, extraer los colorantes y teñirlas.
El precio que pedía por ellas era ochenta centavos, equivalente más o menos a diez centavos moneda americana. Pero raramente ocurría que el comprador pagara los ochenta centavos, o sea los seis reales y medio como el indio decía. El comprador en ciernes regateaba, diciendo al indio que era un pecado pedir tanto. "¡Pero si no es más que petate que puede cogerse a montones en el campo sin comprarlo!, y, además, ¿para qué sirve esa cháchara?, deberás quedar agradecido si te doy treinta centavos por ella. Bueno, seré generoso y te daré cuarenta, pero ni un centavo más. Tómalos o déjalos.
Así, pues, en final de cuentas tenía que venderla por cuarenta centavos. Mas a la hora de pagar, el cliente decía: "Válgame Dios, si sólo tengo treinta centavos sueltos. ¿Qué hacemos? ¿Tienes cambio de un billete de cincuenta pesos? Si puedes cambiarlo tendrás tus cuarenta fierros." Por supuesto, el indio no puede cambiar el billete de cincuenta pesos, y la canastita es vendida por treinta centavos.
El canastero tenía muy escaso conocimiento del mundo exterior, si es que tenía alguno, de otro modo hubiera sabido que lo que a él le ocurría pasaba a todas horas del día con todos los artistas del mundo. De saberlo se hubiera sentido orgulloso de pertenecer al pequeño ejército que constituye la sal de la tierra, y gracias al cual el arte no ha desaparecido.
A menudo no le era posible vender todas las canastas que llevaba al mercado, porque en México, como en todas partes, la mayoría de la gente prefiere los objetos que se fabrican en serie por millones y que son idénticos entre sí, tanto que ni con la ayuda de un microscopio podría distinguírseles. Aquel indio había hecho en su vida varios cientos de estas hermosas cestas, sin que ni dos de ellas tuvieran diseños iguales. Cada una era una pieza de arte único, tan diferente de otra como puede serlo un Murillo de un Renoir. Naturalmente, no podía darse el lujo de regresar a su casa con las canastas no vendidas en el mercado, así es que se dedicaba a ofrecerlas de puerta en puerta. Era recibido como un mendigo y tenía que soportar insultos y palabras desagradables. Muchas veces, después de un largo recorrido, alguna mujer se detenía para ofrecerle veinte centavos, que después de muchos regateos aumentaría hasta veinticinco.
Otras, tenía que conformarse con los veinte centavos, y el comprador, generalmente una mujer, tomaba de entre sus manos la pequeña maravilla y la arrojaba descuidadamente sobre la mesa más próxima y ante los ojos del indio como significando: "Bueno, me quedo con esta chuchería sólo por caridad. Sé que estoy desperdiciando el dinero, pero como buena cristiana no puedo ver morir de hambre a un pobre indito, y más sabiendo que viene desde tan lejos." El razonamiento le recuerda algo práctico, y deteniendo al indio le dice: "¿De dónde eres, indito?. .. ¡Ah!, ¿sí? ¡Magnífico! ¿Conque de esa pequeña aldea? Pues óyeme, ¿podrías traerme el próximo sábado tres guajolotes? Pero han de ser bien gordos, pesados y mucho muy baratos. Si el precio no es conveniente, ni siquiera los tocaré, porque de pagar el común y corriente los compraría aquí y no te los encargaría. ¿Entiendes? Ahora, pues, ándale."
Sentado en cuclillas a un lado de la puerta de su jacal, el indio trabajaba &in prestar atención a la curiosidad de Mr. Winthrop; parecía no haberse percatado de su presencia.
—¿Cuánto querer por esa canasta, amigo? —dijo Mr. Winthrop en su mal español, sintiendo la necesidad de hablar para no aparecer como un idiota.
—Ochenta centavitos, patroncito; seis reales y medio —contestó el indio cortésmente.
—Muy bien, yo comprar —dijo Mr. Winthrop en un tono y con un ademán semejante al que hubiera hecho al comprar toda una empresa ferrocarrilera. Después, examinando su adquisición, se dijo: "Yo sé a quién complaceré con esta linda canastita, estoy seguro de que me recompensará con un beso. Quisiera saber cómo la utilizará."
Había esperado que le pidiera por lo menos cuatro o cinco pesos. Cuando se dio cuenta de que el precio era tan bajo pensó inmediatamente en las grandes posibilidades para hacer negocio que aquel miserable pueblecito indígena ofrecía para un promotor dinámico como él.
—Amigo, si yo comprar diez canastas, ¿qué precio usted dar a mí?
El indio vaciló durante algunos momentos, como si calculara, y finalmente dijo:
—Si compra usted diez se las daré a setenta centavos cada una, caballero.
—Muy bien, amigo. Ahora, si yo comprar un ciento, ¿cuánto costar?
El indio, sin mirar de lleno en ninguna ocasión al americano, y desprendiendo la vista sólo de vez en cuando de su trabajo, dijo cortésmente y sin el menor destello de entusiasmo:
—En tal caso se las vendería por sesenta y cinco centavitos cada una.
Mr. Winthrop compró dieciséis canastitas, todas las que el indio tenía en existencia.
Después de tres semanas de permanencia en la república, Mr. Winthrop no sólo estaba convencido de conocer el país perfectamente, sino de haberlo visto todo, de haber penetrado el carácter y costumbres de sus habitantes y de haberlo explorado por completo. Así, pues, regresó al moderno y bueno "Nuyorg" satisfecho de encontrarse nuevamente en un lugar civilizado.
Cuando hubo despachado todos los asuntos que tenía pendientes, acumulados durante su ausencia, ocurrió que un mediodía, cuando se encaminaba al restorán para tomar un emparedado, pasó por una dulcería y al mirar lo que se exponía en los aparadores recordó las canastitas que había comprado en aquel lejano pueble-cito indígena.
Apresuradamente fue a su casa, tomó todas las cestitas que le quedaban y se dirigió a una de las más afamadas confiterías.
—Vengo a ofrecerle —dijo Mr. Winthrop al confitero— las más artísticas y originales cajitas, si así quiere llamarlas, y en las que podrá empacar los chocolates finos y costosos para los regalos más elegantes. Véalas y dígame qué opina.
El dueño de la dulcería las examinó y las encontró perfectamente adecuadas para cierta línea de lujo, convencido de que en su negocio, que tan bien conocía, nunca se había presentado estuche tan original, bonito y de buen gusto. Sin embargo, evitó cuidadosamente expresar su entusiasmo hasta no enterarse del precio y de asegurarse de obtener toda la existencia. Alzando los hombros dijo:
—Bueno, en realidad no sé. Si me pregunta usted, le diré que no es esto exactamente lo que busco. En cualquier forma podríamos probar; desde luego, todo depende del precio. Debe usted saber que en nuestra línea, la envoltura no debe costar más que el contenido.
—Ofrezca usted —contestó Mr. Winthrop.
—¿Por qué no me dice usted, en números redondos, cuánto quiere?
—Mire usted, Mr. Kemple, toda vez que he sido yo el único hombre suficientemente listo para descubrirlas y saber dónde pueden conseguirse, las venderé al mejor postor. Comprenda usted que tengo razón.
—Sí, sí, desde luego; pero tendré que consultar el asunto con mis socios. Véngame a ver mañana a esta misma hora y le diré lo que hayamos decidido.
A la mañana siguiente, cuando Mr. Winthrop entró en la oficina de Mr. Kemple, éste último dijo:
—Hablando francamente le diré que yo sé distinguir las obras de arte, y estas cestas son realmente artísticas. En cualquier forma, nosotros no vendemos arte, usted lo sabe bien, sino dulces, por lo tanto, considerando que sólo podremos utilizarlas como envoltura de fantasía para nuestro mejor praliné francés, no podremos pagar por ellas el precio de un objeto de arte. Eso debe usted comprenderlo, señor. .. ¿Cómo dijo que se llamaba? ¡Ah!, sí, Mr. Winthrop. Pues bien, Mr. Winthrop, para mí solamente son una envoltura de alta calidad, hecha a mano, pero envoltura al fin. Y ahora le diré cuál es nuestra oferta, ya sabrá si aceptarla o no. Lo más que pagaremos por ellas será un dólar y cuarto por cada una y ni un centavo más. ¿Qué le parece?
Mr. Winthrop hizo un gesto como si le hubieran golpeado la cabeza.
El confitero, interpretando mal el gesto de Mr. Winthrop, dijo rápidamente:
—Bueno, bueno, no hay razón para disgustarse. Tai vez podamos mejorarla un poco, digamos uno cincuenta la pieza.
—Que sea uno setenta y cinco —dijo Mr. Winthrop respirando profundamente y enjugándose el sudor de la frente.
—Vendidas. Uno setenta y cinco puestas en el puerto de Nueva Cork. Yo pagaré los derechos al recibirlas y usted el embarque. ¿Aceptado?
—Aceptado —contestó Mr. Winthrop cerrando el trato.
—Hay una condición —agregó el confitero cuando Mr. Winthrop se disponía a salir—. Uno o dos cientos no nos servirían de nada, ni siquiera pagarían el anuncio. Lo menos que puede usted entregar son diez mil, o mil docenas si le parece mejor. Y, además, deben ser, por lo menos, en veinte dibujos diferentes.
—Puedo asegurarle que las puedo surtir en sesenta dibujos diferentes.
—Perfectamente. Y ¿está usted seguro que podrá entregar las diez mil en octubre?
—Absolutamente seguro —dijo Mr. Winthrop, y firmó el contrato.
Mr. Winthrop emprendió el viaje de regreso al pueblecito para obtener las doce mil canastas.
Durante todo el vuelo sostuvo una libreta en la mano izquierda, su lápiz en la derecha y escribió cifras y más cifras, largas columnas de números, para determinar exactamente qué tan rico sería cuando realizara el negocio. Hablaba solo y se contestaba, tanto que sus compañeros de viaje le creyeron trastornado.
"Tan pronto como llegue al pueblo —decía para sí—, conseguiré a algún paisano mío que se encuentre muy bruja y a quien le pagaré ochenta, bueno, diremos cien pesos a la semana. Lo mandaré a ese miserable pueblecito para que establezca en él su cuartel general y se encargue de vigilar la producción y de hacer el empaque y el embarque. No tendremos pérdidas por roturas ni por extravío. ¡Bonito, lindo negocio éste! Las cestas, prácticamente no pesan, así es que el embarque costará cualquier cosa, diremos cinco centavos pieza cuando mucho. Y por lo que yo sé no hay que pagar derechos especiales sobre ellas, pero si los hubiere no pasarían de cinco centavos tampoco, y éstos los paga el comprador; asi, pues, ¿cuánto llevo?...
"Aquel indio tonto que no sabe ni lo que tiene me ofreció un ciento a sesenta y cinco centavos la pieza. No le diré en seguida que quiero doce mil para que no se avorace y conciba ideas raras y trate de elevar el precio. Bueno, ya veremos; un trato es un trato aún en esta república dejada de la mano de Dios. ¡República! ¡hum!... y ni siquiera hay agua en los lavabos durante la noche. República... Bueno, después de todo yo no soy su presidente. Tal vez pueda lograr que rebaje cinco centavos más en el precio y que éste quede en sesenta centavos. De cualquier modo y para no calcular mal diremos que el precio es de sesenta y cinco centavos, esto es, sesenta y cinco centavos moneda mexicana. Veamos... ¡Diablo! ¿dónde está ese maldito lápiz?... Aquí... Bueno, el peso está en relación con el dólar a ocho y medio por uno, por lo tanto, sesenta y cinco centavos equivalen más o menos a ocho centavos de dinero de verdad. A eso debemos agregar cinco centavos por empaque y embarque, más, digamos diez centavos por gastos de administración, lo que será más que suficiente para pagar aquí y allá algo de extras. Quizás al empleado de correos y allá al agente del express para que active la expedición rápida y preferente.
"Ahora agreguemos otros cinco centavos para gastos imprevistos, y así estaremos completamente a salvo. Sumando todo ello.. . ¡Mal rayo! ¿Dónde está otra vez ese maldito lápiz?. .. ¡Vaya, aquí está!. .. La orden es por mil docenas. ¡Magnífico! Me quedan alrededor de veinte mil dólares limpiecitos. Veinte mil del alma para el bolsillo de un humilde servidor. ¡Caramba, sería capaz de besarlos! Después de todo, esta república no está tan atrasada como parece. En realidad es un gran país. Admirable. Se puede hacer dinero en esta tierra. Montones de dinero, siempre que se trate de tipos tan listos como yo."
Con la cabeza llena de humo llegó por la tarde al pueblecito de Oaxaca. Encontró a su amigo indio sentado en el pórtico de su jacalito, en la misma postura en que lo dejara. Tal parecía que no se había movido de su lugar desde que Mr. Winthrop abandonara el pueblo para volver a Nueva York.
—¿Cómo está usted, amigo? —saludó el americano con una amplia sonrisa en los labios.
El indio se levantó, se quitó el sombrero e, inclinándose cortésmente, dijo con voz suave:
—Bienvenido, patroncito, muy buenas tardes; ya sabe que puede usted disponer de mí y de esta su casa.
Volvió a inclinarse y se sentó, excusándose por hacerlo:
—Perdóneme, patroncito, pero tengo que aprovechar la luz del día y muy pronto caerá la noche. —Yo ofrecer usted un grande negocio, amigo. —Buena noticia, señor. Mr. Winthrop dijo para sí:
—Ahora saltará de gusto cuando se entere de lo que se trata. Este pobre mendigo vestido de harapos jamás ha visto, ni siquiera ha oído, hablar de tanto dinero como el que le voy a ofrecer. —Y hablando en voz alta dijo—: ¿Usted poder hacer mil de esas canastas?
—¿Por qué no, patroncito? Si puedo hacer veinte, también podré hacer mil.
—Tiene razón, amigo. Y cinco mil, ¿poder hacer? —Por supuesto. Si hago mil, podré hacer cinco mil. —¡Magnífico! ¡Wonderful! Si yo pedir usted hacer doce mil, ¿cuál ser último precio? Usted poder hacer doce mil, ¿verdad?
—Desde luego, señor. Podré hacer tantas como usted quiera. Porque, verá usted, yo soy experto en este trabajo, nadie en todo el estado puede hacerlas como yo.
—Eso es exactamente que yo pensar. Por eso venir proponerle gran negocio. —Gracias por el honor, patroncito. —¿Cuánto tiempo usted tardar?
El indio, sin interrumpir su trabajo, inclinó la cabeza para un lado, primero; después, para el otro, tal como si calculara los días o semanas que tendría que emplear para hacer las cestas. Después de algunos minutos dijo lentamente: —Necesitaré bastante tiempo para hacer tantas canastas, patroncito. Verá usted, el petate y las otras fibras necesitan estar bien secas antes de usarse. En tanto se secan hay que darles un tratamiento especial para evitar que pierdan su suavidad, su flexibilidad y brillo. Aun cuando estén secas, deben guardar sus cualidades naturales, pues de otro modo parecerían muertas y quebradizas. Mientras se secan, yo busco las plantas, raíces, cortezas e insectos de los cuales saco los tintes. Y para ello se necesita mucho tiempo también, créame usted. Además, para recogerlas hay que esperar a que la luna se encuentre en posición buena, pues en caso contrario no darán el color deseado. También las cochinillas y demás insectos deben reunirse en tiempo oportuno para evitar que en vez de tinte produzcan polvo. Pero, desde luego, jefecito, que yo puedo hacer tantas de estas canastitas como usted quiera. Puedo hacer hasta tres docenas si usted lo desea, nada más deme usted el tiempo necesario.
—¿Tres docenas?. .. ¿Tres docenas? —exclamó Mr. Winthrop gritando y levantando desesperado sus brazos al cielo—. ¿Tres docenas? —repitió, como si para comprender tuviera que decirlo varias veces, pues por un momento creyó estar soñando. Había esperado que el indio saltara de contento al enterarse que podría vender doce mil canastas a un solo cliente, sin tener necesidad de ir de puerta en puerta y ser tratado como un perro roñoso. Mr. Winthrop había visto cómo algunos vendedores de automóviles se volvían locos y bailaban como ningún indio lo hace, ni durante una ceremonia religiosa, cuando alguien les compraba en dinero contante y sonante diez carros de una vez.
A pesar de la claridad con que el indio había hablado, él creyó no haber oído bien cuando aquél dijo necesitar dos largos meses para hacer tres docenas.
Buscó la manera de hacer comprender al indio lo que deseaba y el mucho dinero que el pobre hombre podría ganar cuando hubiera entendido la cantidad que deseaba comprarle.
Así, pues, esgrimió nuevamente el argumento del precio para despertar la ambición del indio.
—Usted decir si yo llevar cien canastas, usted dar por sesenta y cinco centavos. ¿Cierto, amigo? —Es lo cierto, jefecito.
—Bien, si yo querer mil, ¿cuánto costar cada una? Aquello era más de lo que el indio podía calcular. Se confundió y, por primera vez desde que Mr. Winthrop llegara, interrumpió su trabajo y reflexionó. Varias veces movió la cabeza y miró en rededor como en demanda de ayuda. Finalmente dijo:
—Perdóneme, jefecito, pero eso es demasiado; necesito pensar en ello toda la noche. Mañana, si puede usted honrarme, vuelva y le daré mi respuesta, patroncito.
Cuando Mr. Winthrop volvió al día siguiente, encontró al indio como de costumbre, sentado en cuclillas bajo el techo de palma del pórtico, trabajando en sus canastas.
—¿Ya calcular usted precio por mil? —le preguntó en cuanto llegó, sin tomarse el trabajo de dar los buenos días.
—Si, patroncito. Buenos días tenga su merced. Ya tengo listo el precio, y créame que me ha costado mucho trabajo, pues no deseo engañarlo ni hacerle perder el dinero que usted gana honestamente...
—Sin rodeos, amigo. ¿Cuánto? ¿Cuál ser el precio? —preguntó Mr. Winthrop nerviosamente.
—El precio, bien calculado y sin equivocaciones de mi parte, es el siguiente: Si tengo que hacer mil canastitas, cada una costará cuatro pesos; si tengo que hacer cinco mil, cada una costará nueve pesos, y si tengo que hacer diez mil, entonces no podrán valer menos de quince pesos cada una. Y repito que no me he equivocado.
Una vez dicho esto volvió a su trabajo, como si te-miera perder demasiado tiempo hablando.
Mr. Winthrop pensó que, tal vez debido a sus pocos conocimientos de aquel idioma extraño, comprendía mal.
—¿Usted decir costar quince pesos cada canasta si yo comprar diez mil?
—Eso es, exactamente, y sin lugar a equivocación, lo que he dicho, patroncito —contestó el indio cortés y suavemente.
—Usted no poder hacer eso, yo ser su amigo. . . —Sí, patroncito, ya lo sé y no dudo de sus palabras. —Bueno, yo tener paciencia y discutir despacio. Usted decir yo comprar un ciento, costar sesenta y cinco centavos cada una.
—Sí, jefecito, eso es lo que dije. Si compra usted cien se las daré por sesenta y cinco centavitos la pieza, suponiendo que tuviera yo cien, que no tengo.
—Sí, sí, yo saber —Mr. Winthrop sentía volverse loco en cualquier momento—. Bien, yo no comprender por qué no poder venderme doce mil mismo precio. No querer regatear, pero no comprender usted subir precio terrible cuando yo comprar más de cien.
—Bueno, patroncito, ¿qué es lo que usted no comprende? La cosa es bien sencilla. Mil canastitas me cuestan cien veces más trabajo que una docena y doce mil toman tanto tiempo y trabajo que no podría terminarlas ni en un siglo. Cualquier persona sensata y honesta puede verlo claramente. Claro que, si la persona no es ni sensata ni honesta, no podrá comprender las cosas en la misma forma en que nosotros aquí las entendemos. Para mil canastitas se necesita mucho más petate que para cien, así como mayor cantidad de plantas, raíces, cortezas y cochinillas para pintarlas. No es nada más meterse en la maleza y recoger las cosas necesarias. Una raíz con el buen tinte violeta, puede costarme cuatro o cinco días de búsqueda en la selva. Y, posiblemente, usted no tiene idea del tiempo necesario para preparar las fibras. Pero hay algo más importante: Si yo me dedico a hacer todas esas canastas, ¿quién cuidará de la milpa y de mis cabras?, ¿quién cazará los conejitos para tener carne en domingo? Si no cosecho maíz, no tendré tortillas; si no cuido mis tierritas, no tendré frijoles, y entonces ¿qué comeremos?
—Yo darle mucho dinero por sus canastas, usted poder comprar todo el maíz y frijol y mucho, mucho más.
—Eso es lo que usted cree, patroncito. Pero mire: de la cosecha del maíz que yo siembro puedo estar seguro, pero del que cultivan otros es difícil. Supongamos que todos los otros indios se dedican, como yo, a hacer canastas; entonces ¿quién cuida el maíz y el frijol? Entonces tendremos que morir por falta de alimento.
—¿Usted no tener algunos parientes aquí? —dijo Mr. Winthrop desesperado al ver cómo se iban esfumando uno a uno sus veinte mil dólares.
—Casi todos los habitantes del pueblo son mis parientes. Tengo bastantes.
—¿No poder ellos cuidar su milpa y sus animales y usted hacer canastas para mí?
—Podrían hacerlo, patroncito; pero ¿quién cuidará entonces de las suyas y de sus cabras, si ellos se dedican a cuidar las mías? Y si les pido que me ayuden a hacer canastas para terminar más pronto, el resultado es el mismo. Nadie trabajaría las milpas, y el maíz y el frijol se pondrían por las nubes y no podríamos comprarlos y moriríamos. Todas las cosas que necesitamos para vivir costarían tanto que me sería imposible, vendiendo las canastitas a sesenta y cinco centavos cada una, comprar siquiera un grano de sal por ese precio. Ahora comprenderá usted, jefecito, por qué me es imposible vender las canastas a menos de quince pesos cada una.
Mr. Winthrop estaba a punto de estallar, pero no quiso rendirse. Habló y regateó con el indio durante horas enteras, tratando de hacerle comprender cuan rico podría ser si aprovechaba la gran oportunidad de su vida.
—Piense usted, hombre, oportunidad maravillosa. Fue desprendiendo una por una las hojas de su libreta de apuntes llenas de números, tratando de demostrar al pobre campesino que llegaría a ser el hombre más rico de la comarca.
—Usted saber; realmente, usted poder tener un rollo de billetes así, con ocho mil pesos. ¿Usted comprender, amigo?
El indio, sin contestar, miró todas aquellas notas y cifras y vio con expresión de verdadero asombro cómo Mr. Winthrop escribía con toda rapidez números y más números, multiplicando y sustrayendo, y aquello parecióle un milagro.
Descubriendo un entusiasmo creciente en la mirada del indio, Mr. Winthrop malinterpretó su pensamiento y dijo:
—Allí tener usted, amigo; ésta ser cantidad usted tener si acepta el trato. Siete mil y ochocientos brillantes pesos de plata, y no creer yo soy tacaño, yo dar usted más cuando negocio terminado, yo regalar usted mil doscientos pesos más. Usted tener nueve mil pesos.
El indio, sin embargo, no pensaba en los miles de pesos; suma semejante carecía de sentido para él. Lo que le había interesado era la habilidad de Mr. Winthrop para escribir cifras con la rapidez de un relámpago. Esto era lo que lo tenía maravillado.
—Y ahora, ¿qué decir, amigo? ¿Ser buena mi proposición, no? Diga sí, y yo darle un adelanto de quinientos pesos, luego, luego.
—Como dije a usted antes, patroncito, el precio es aún de quince pesos cada una.
—Pero hombre —dijo a gritos Mr. Winthrop—, this is the same price. .., quiero decir, ser mismo precio ... have you been on the moon... en la luna ... all the time?
Mire, jefecito —dijo el indio sin alterarse—, es el mismo precio porque no puedo darle otro. Además, señor, hay algo que usted ignora. Tengo que hacer esas canastitas a mi manera, con canciones y trocitos de mi propia alma Si me veo obligado a hacerlas por millares, no podré tener un pedazo del alma en cada una, ni podré poner en ellas mis canciones. Resultarían todas iguales, y eso acabaría por devorarme el corazón pedazo por pedazo. Cada una de ellas debe encerrar un trozo distinto, un cantar único de los que escucho al amanecer, cuando los pájaros comienzan a gorjear y las mariposas vienen a posarse en mis canastitas y a enseñarme los lindos colores de sus alitas para que yo me inspire. Y ellas se acercan porque gustan también de los bellos tonos que mis canastitas lucen. Y ahora, jefecito, perdóneme, pero he perdido ya mucho tiempo, aun cuando ha sido un gran honor y he tenido mucho placer al escuchar la plática de un caballero tan distinguido como usted, pero pasado mañana es día de plaza en el pueblo y tengo que acabar las cestas para llevarlas allá. Le agradezco mucho su visita. Adiosito.
Una vez de regreso en Nueva York, Mr. Whinthrop, que sufría de alta presión arterial, penetró como huracán en la oficina privada del confitero, a quien externó sus motivos para deshacer el contrato explicándole furioso:
—¡Al diablo con esos condenados indios; no comprenden nada, no se puede tratar negocio alguno con ellos! ¡Créame! No tienen remedio ni ellos ni ese su país tan raro. Lo que me sorprende es que vivan, que puedan seguir viviendo en semejantes condiciones. No hay esperanzas para ellos, ni las habrá en muchos siglos, de veras, yo sé de qué hablo.
Nueva York no fue, pues, saturada de estas bellas y excelentes obras de arte, y así se evitó que en los botes de basura americanos aparecieran, sucias y despreciadas, las policromadas canastitas tejidas con poemas no cantados, con pedacitos de alma y gotas de sangre del corazón de un indio mexicano.


miércoles, 25 de febrero de 2015

Lectura 18

EN PIE DE GUERRA

Estoy sentado en una banca de piedra mientras mis compañeros hacen los arreglos para rentar las barcazas. Necesitaremos al menos tres. Somos casi cuarenta estudiantes celebrando la culminación del ciclo escolar.
Jordy, el Zorrillo, se acerca a mí y dice:
--- ¡Mira, Felipe! Esa lancha se llama “Jenny”. ¿Quieres ir en ella? Como homenaje a nuestra compañera.
Digo que sí. Jennifer estaría celebrando también la culminación de su primer año en bachillerato, si no hubiera ido conmigo a ese antro. Han pasado cuatro meses desde que murió. Ya casi nadie habla de ella, pero yo todavía me siento confuso y enojado. Pienso que el mundo es una porquería.
Mis padres me han llevado a varias sesiones con el psicólogo. Dicen que estoy en una especie de shock post traumático.
Mi prima, Itzel, también ha cambiado. Ya no anda corriendo de un lado a otro, ni trata de componer el mundo. Aunque quisiera, no puede. La golpiza que recibió en aquella casa le dejo secuelas que aún no logra superar. Cuando está haciendo sus ejercicios de rehabilitación platica el problema que casi le costó la vida, como si al decirlo una y otra vez pudiera borrarlo de su pasado.
Ese día, decidí investigas por cuenta propia. Comencé a hacer llamadas. Primero le hable al Cadáver. No contesto. Luego me comunique con Jordy.
--- Soy prima de Felipe --- le dije seductoramente ---. Un día, te vi de lejos, en tu escuela y me pareciste muy guapo.
Jordy cayó en la trampa. Comenzó a galantear. Me comento que tenía rachas de buena suerte con las mujeres, pues incluso una de ella le había pagado por salir con él.
--- Si --- le conteste ---, supe de eso. La niña que te dio dinero se llama Modesta ¿verdad?
Entonces, Jordy me dijo la cantidad que recibió. Me quede impactada. ¡Era el equivalente al sueldo mensual de un director!
--- ¿Modesta es millonaria? --- le pregunte.
--- No sé --- contesto el Zorrillo ---, pero me cayó muy mal aquella tarde en el antro. Se la paso mirando a Felipe, como si estuviera enamorada de él. ¡Nunca me hizo caso a mí!
Entonces me di cuenta de que debía conocer a Modesta. Había mucha información extraña respecto a ella. Platique un rato más con Jordy de temas tontos.
Después marque el teléfono de Modesta. Nadie contesto. Vi que en el directorio escolar de Felipe estaba la dirección de esa chica, así que me anime a visitarla. Nunca debí hacerlo sola.
Le lleve un pequeño regalito. Ella me abrió la puerta.
--- Soy prima de Felipe --- le dije ---, tu compañero del salón. El me comento que te ha visto triste. Felipe está preocupado por ti. Es tímido y no sabe cómo ayudarte. Por eso vine. Yo puedo ser tu amiga.
Modesta me dejo entrar a su casa. Seguía muy enferma por la infección que le produjo el piercing en la lengua. Casi no podía hablar, así que trajo un cuaderno y escribió sus respuestas durante la conversación. Me senté con ella en la sala. No parecía haber nadie más en esa casa.
--- Felipe me platica de ti --- le dije ---, él te quiere mucho.
Use esa estrategia tratando de obtener información. Nunca me imaginé que con ella abría una cloaca de rencores y sentimientos putrefactos. Modesta escribió en su cuaderno:
¿Felipe te pidió que me lo dijeras?
--- No. El jamás haría eso, pero lo veo sufrir por ti. Le preocupa que faltes a clases.
 ¿Entonces me quiere?
--- ¡Claro! --- respondí ---, eres su compañera favorita.
¿Y por qué nunca me lo ha dicho? Yo también lo quiero.
--- ¿De veras? --- el juego estaba logrando su propósito ---, pues por lo que veo, aquí va a haber un romance.
Cerda, embustera.
--- ¿Perdón?
Felipe amaba a Jennifer. Esa chava era una resbalosa. Le gustaba llamar la atención. Igual que mi madre. Felipe jamás se fijó en mí.
--- E… este… A mi primo le caes muy bien. Me lo ha dicho varias veces.
Entonces ¿Por qué no me invito a bailar a mí? Si lo hubiera hecho, yo jamás.
Modesta dejo de escribir. Se veía muy energizada y abierta. Como si estuviese bajo el efecto de algún estimulante. Me sentí nerviosa. No lo pude ocultar. Trate de cambiar el tema.
--- ¿Tu… tu mamá es bailarina?
Mi madre le puso los cuernos a papá. Hizo que se largara. Luego ella se juntó con otros hombres. El último es malo. Por suerte anda de viaje. Fue a Sudamérica.
--- ¿Y tú mami? ¿Ya no baila?
Modesta volvió a escribir.
Mi madre es una perra.
--- No digas eso, Modesta.
Me está enseñando a fumar.
En ese momento apareció una mujer desaliñada y sucia. Estaba drogada. Llego por un costado de forma imprevista. No me di cuenta. Me arrebato el cuaderno y grito:
--- ¿Quién eres? ¿Qué están escribiendo?
--- Disculpe, señora. Yo ya me iba.
Me puse de pie y trate de ir hacia la puerta. La mujer me obstruyo el paso. Entonces corrí al interior de la casa. Fue un error. Entre a un cuarto que tenía cajas con frascos de GHB y pacas de cocaína. Me di cuenta de inmediato. Quise ocultarme, pero lo hice mal. Pensé que las había despistado y cuando me asome la cabeza, vi como una enorme pala de metal se estampaba en mi frente. Me desmaye.
Cuando volví en mí, tenía una cadena y un candado sujetándome la pierna derecha. Al fondo de la habitación, junto a varios bultos de ropa vieja, Modesta fumaba en una pipa de porcelana. Me puse de pie muy despacio. En la mesa que estaba cerca, había un teléfono. Apenas logre alcanzarlo. Trate de hacer unas llamadas con voz muy baja. Modesta me vio. Deje el aparato.
--- Jola --- me dijo ---, ¿ya gespertaste?
--- Si, Modesta. Déjame ir.
--- Gescubriste mi pozo de miejda. Sabes que mi papá venjde ejsto y que nosocras lo ujsamos. Si sales se lo giras a la pogicia…
--- No --- respondí ---. ¡Te lo prometo! Déjame ir, y guardare el secreto toda mi vida.
Uno de los bultos de ropa vieja comenzó a moverse. Era la madre de Modesta. Se puso de pie apoyándose en la pala de metal y camino hacia mí. Tenía un rostro horrible. Comenzó a gritarme. Me pregunto por qué me había metido donde nadie me llamo, me dijo que su esposo llegaría al día siguiente y el decidiría que hacer conmigo. De seguro me mataría. Quise suplicar y comenzó a pegarme sin piedad con la pala. Entonces alcance el teléfono y marque de nuevo. Pude dejar un recado antes de que me lo arrebatara. Siguió golpeándome una y otra vez hasta que me hizo perder el conocimiento.
Es increíble que años atrás, esa mujer haya sido una hermosa bailarina de jazz. Comenzó a consumir anfetaminas para adelgazar, probó cosas más fuertes, destruyo su matrimonio y acaba viviendo con el distribuidor de la droga.
Modesta le puso varios frascos de GHB a la bebida de Jennifer, porque la odiaba. Modesta odiaba a todas las bailarinas. En especial si eran hermosas.
--- ¡Felipe! --- escucho que me llaman ---, apúrate o nos iremos sin ti.
Todos acaban de subir a las barcazas para iniciar el paseo por los canales. Me levanto despacio.
Recuerdo que cuando era niño veníamos a este sitio cada vez que llegaba alguna visita a la casa. Todo el trayecto en los canales escuchábamos música de marimbas, mariachis y jaraneros. Era un recorrido típico de mi ciudad. Algo de lo que siempre me sentí orgulloso. Ahora, como todo a mí alrededor, ha perdido su magia.
Camino hacia la lancha que se llama Jenny. Tomo asiento y observo.
Mis compañeros colocan botanas, sándwiches y refrescos sobre la mesa central. Iniciamos el recorrido. Casi de inmediato se acerca a nosotros un grupo folclórico que entona canciones de amor y desamor. Los más desinhibidos comienzan a cantar. Después, todos secundamos la tonada. Algunos bailan en los extremos de las barcas.
Hace calor. Los vendedores en canoas nos ofrecen toda clase de alimentos y bebidas. A uno de mis amigos se le ocurre comprar una cubeta de cervezas bien frías. Recibe muchos aplausos. Las latas y botellas empiezan a circular por todo el grupo. Pero no son suficientes. Aparecen billetes. En cuestión de minutos las mesas se encuentran adornadas con cubetas de cervezas que van de mano en mano.
Como es mi costumbre, yo solo las paso. No me quedo con ninguna.
--- ¡Felipe se está haciendo el gracioso y no quiere celebrar!
--- dice un amigo.
--- Hoy es un día especial --- dice otro ---, Felipe. Acompáñanos con una cerveza. No te va a pasar nada…
Sonrió con tristeza. Me siento muy apesadumbrado. ¿Por qué tengo que seguir luchando? Lo que paso es mi escuela fue una situación extrema, fuera de lo común. Mis amigos y familiares saben convivir con las drogas sin dejarse atrapar por ellas. Estoy cansado de tener miedo. Cansado de llorar por las noches recordando aquello de lo que no tuve la culpa. Cansado de ser anormal. Cuando estoy frente al espejo no veo más que a un inadaptado.
--- No seas tonto, Felipe. El mundo no es negro o blanco. También existen diversos tonos de gris. Toma un poco. ¿Qué te puede pasar? ¡Todos lo hacemos!
Acepto. Ya no aguanto más. Voy a emborracharme como nunca. Necesito saber lo que se siente. Ser como los demás.
El sabor de la cerveza me parece amargo. Desagradable. No entiendo por qué les gusta tanto.
--- Para que te acostumbres --- me explican ---, comienza tomando esta lata. Ponle limón y sal.
Así sabe mucho mejor. Después de un rato, descubro que es un líquido fresco y reconfortable. Ya no me siento tan triste. Pido más. Disfruto el ambiente festivo; las risas, la música y el baile. Pronto, todos nos movemos a un mismo ritmo haciendo que la barcaza se menee sobre el agua. Después, comenzamos a brincar de una lancha a otra para aumentar la diversión y compartir el momento con el resto de nuestros amigos. ¡Esta es nuestra fiesta de fin de fin de año escolar! Hay que disfrutarla.
El tiempo transcurre con rapidez. Los vendedores de cervezas nos acompañan a lo largo de todo el recorrido. Solo se alejan para abastecer su cargamento, y regresan.
Estoy muy mareado. Casi no puedo caminar. Una de mis compañeras se siente tan mal que saca la cabeza por entre las vigas del respaldo y sin ningún recato comienza a vomitar.
Todo me da vueltas. Recuerdo cuando venía con mis padres a estas chinampas. Esto no se parece nada a aquellos paseos familiares. Es un bar flotante.
Camino dando tumbos por mi lancha con intenciones de pasarme a la otra, pero al dar el salto, tropiezo.
Entonces caigo al canal. Veo mi movimiento en el aire como en cámara lenta. Mi cuerpo entra al agua fría en medio de dos barcazas. Me estremezco. Reacciono cual si hubiera sido despertado de un horrible letargo. Sin poder controlar la caída me sumerjo en la helada oscuridad de aquel líquido sucio. Siento las algas enredarse por mi cuerpo. Asustando, trato de salir a flote, pero choco con las plataformas de las enormes barcazas de madera. Abro los ojos en el agua; hay cero visibilidad. Me desespero. Con movimientos bruscos y enloquecidos trato de alcanzar la superficie. Mis brazos y cabeza chocan de nuevo con las plataformas. El aire se me agota. Sin poder soportarlo más, mi boca se abre y aspiro el agua de los canales. Comienzo a toser. Inhalo otra vez. Trago más agua. La sensación de ahogamiento va más allá de la angustia. Es indescriptible. Un pánico enloquecedor. Quiero gritar y mi voz se sofoca.
De pronto, la zozobra se va. El terror se desvanece. Mi cuerpo se vuelve ligero y flota como un bebé que se mece en los brazos de su madre. Las escenas de mi vida pasan ante mis ojos como una película en alta velocidad. No hay más voces que el eco del agua resonando en mi cerebro. Ya no necesito el aire. Todo se detiene.
Una intensa luz emerge de los profundo del canal e ilumina mi vista por completo.
Poco a poco, la silueta de una hermosa mujer comienza a acercarse hasta que puedo ver su rostro. Yo lo conozco. Lo he visto antes. ¿Cómo lo olvide?
Es Ivi.
El ángel con el que pude hablar hace muchos años, cuando era niño… Pero también… ¡Dios mío! La reconozco plenitud. ¡Es la misma mujer hermosa que tanta curiosidad me causo hace algunos meses!
--- ¡Ivi! --- la saludo ---. ¿Por qué te pusiste el piercing en el ombligo?
--- Quise que vieras el procedimiento para que no lo hicieras --- contesta.
--- ¿Y por qué estabas en el hospital de rehabilitación?
--- Siempre he estado cerca de ti. Orientándote. Auxiliándote.
--- Santiago, el guardaespaldas experto en drogas que mandaste con nosotros ¿también era un ángel?
--- Si, Felipe.
Ahora entiendo por qué no lo encontraron dentro de la casa de Modesta; creímos que había huido.
--- El mundo es horrible --- comento ---. Todos los placeres giran alrededor de la droga.
--- Te equivocas, Felipe. El mundo es hermoso. Los verdaderos gozos de la vida no tienen que ver con drogas.
--- ¡Ivi! Mis amigos dicen que es tonto ser radical; que debo aprender a ser gris. ¿No crees que, metas loables para los jóvenes hoy, son tomar alcohol sin emborracharnos, fumar sin abusar del tabaco, bailar en antros sin caer en libertinajes, vestirnos de forma original sin caer en depravación?
--- ¡No! --- su respuesta es contundente ---. ¿Quieres saber cuáles son metas loables para un joven moderno? ¡Atreverse a ser distinto, pero no con piercings, tatuajes o disfraces, sino volviéndose enemigo absoluto de las drogas! ¡De todas! Incluyendo el alcohol y el cigarro. Lo que acabas de decirme es el cuento de muchos. No tiene nada de original ¿Quieres ser especial? ¡Demuestra carácter! ¡Valor! ¡Inteligencia! La mayoría de los jóvenes ahora, son cobardes, y tibios. Eso es abominable. No se puede ser un poco bueno y un poco malo. ¡Y tú lo has sido! Felipe, has querido agradar a los demás y te traicionaste a ti mismo. No te falto información. ¡La has tenido toda! Profesores, conferencias, libros, Internet… ¡Toda! Jamas podras decir: “Dios mío, perdóname porque no sabía lo que hacía”. ¡Si lo sabias, y tuviste miedo de actuar! Fuiste un cobarde… te estas pudriendo porque dejaste que entraran pequeñas bacterias en ti. Solo se necesita abrir una puerta al mal para comenzar a contaminarse. Y el mal se disemina como peste. La droga es un virus silencioso que penetra en las heridas abiertas. Personas como tú que se creen muy astutas, dicen que nunca les pasara nada y convierten esa idea en su frase favorita. Casi se ha vuelto el himno de la mediocridad: No pasa nada… No pasa nada… No pasa nada… Pues ya ves que si pasa…
--- Ivi… ¿Por qué me dices eso? Tú siempre me has hablado con amor.
--- ¡Porque te estas muriendo, y de una forma tonta! ¡Por culpa del alcohol! ¿Te das cuenta? Felipe, ¡perdiste! Un día se lo dije a tu prima en sueños y ella de lo comento: Los jóvenes de hoy están en medio de una guerra. Nadie les pregunto si querían participar, pero se encuentran en el campo de batalla. No pueden coquetear con el enemigo ni ir a sus terrenos, desprevenidos, con el absurdo argumento de que desean ser grises. El enemigo los acribillara. Tarde o temprano. En la guerra no hay puntos medios, Felipe. Los bandos son radicales. O defines a qué lado pertenece o mueres.
--- Ivi, por favor. Dame otra oportunidad. Ya entendí. Estamos en pie de guerra. ¡Te lo suplico! Solo cometí un error.
--- Cuando hay guerra, un error es suficiente para morir. No estás en un videojuego. ¡La vida real es implacable! Además yo no soy nadie para darte otra oportunidad. No puedo hacerlo.
La luz de Ivi comienza a alejarse, me doy cuenta de que mi cuerpo flota en el canal de las chinampas. Puedo verlo.
Entre varios compañeros me sacan del agua y me ponen boa arriba sobre la plataforma de madera.
Le ruego a Dios con todas mis fuerzas que me deje vivir. He aprendido la lección.
--- Dios mío --- exclamo, atribulado ---. Perdóname por mi arrogancia. He sido necio. Dame la oportunidad de demostrarte que puedo ser un joven distinto. Me alejare de la droga para siempre. De toda. Incluyendo el alcohol y el tabaco. Seré radical. No gris. ¡No tibio! Te lo prometo. A mis amigos que fuman o beben no los regañare ni los juzgare. Observaran que yo soy feliz sin alcohol o drogas. Sabrán, al verme, que existe otra opción. Por favor, Dios mío. Voy a poner el ejemplo.
Comienzo a expulsar agua desde lo más profundo de mí ser. Siento convulsiones horribles. Toso una y otra vez. Me estalla la cabeza. El aire por fin entra a mis pulmones.
No alcanzo a identificar si lo que vi, escuche y dije cuando me estaba ahogando fue solo un sueño, pero me ha quedado muy claro lo que soy y lo que creo. Y eso jamás cambiara…
  



 .....   Y COLORÍN COLORADO.... ESTE LIBRO SE HA TERMINADO .....

EN PIE DE GUERRA
CARLOS SANCHEZ