viernes, 20 de junio de 2014

Lectura 25

¿MALINCHE TRAIDORA O HEROÍNA?




NUNCA NOMBRE DE MUJER HA SIDO TAN VAPULEADO, VILIPENDIADO Y FALSA MENTE ACUSADO,
      Recientemente paso el Día Internacional de la Mujer, que siempre e pensado es un día comercialista mas como todos los que se han inventado por el consumismo capitalista, soy un convencido y es mi personal opinión, que a la Mujer se le festeja a diario, después de todo, hasta el ser humano más ruin, nació de mujer, aunque algunos políticos y poderosos no lo parezcan, y reconozcan es aún más difícil en un país eminentemente misógino y machista
       La incorporación de las Mujeres en México a posiciones de poder ha sido particularmente lenta y escasa en comparación con el resto de América Latina y el mundo. Tras la obtención del voto (en 1953) lograron apenas un 2,5% de presencia en la Cámara de Diputados y cuarenta años después ocupaban sólo el 9,2% de los escaños. Recién en 1981 una mujer llego a ministra y sólo tres mujeres lo han logrado hasta hoy.
En 1992 ejercían apenas el 2,8% de las presidencias municipales. Mucho se a avanzado hasta hoy, pero aun y pese a sus continuos esfuerzos son minoría, por lo mismo al ponerme a leer sobre mujeres ilustres en la historia, (que son menos de las que se reconocen), encontré un trabajo sobre la MALINCHE, del Profesor  Matuz, que me recordó lo injusta que a sido la historia en general para con las mujeres de poder en su época, y con esta excepcional, mujer  para mi Heroína, sin lugar a dudas, y para que usted amable lectora, lector, se forme su propia opinión, aquí el relato, histórico no el Novelado que la mayoría conocen.
MALINCHISTA
          Frecuentemente escuchamos el término “malinchista”, atribuido a aquel que tiende a valorar más lo extranjero que lo nacional. Proviene, desde luego, del nombre de Malinche, aquella mujer que junto con otras más les fueron entregadas a Cortés en su paso por tierras de Veracruz y Tabasco, mismo trato que hoy seria claramente acotado, de "Trata de Personas", ya que como eran usos y costumbres, les fueron, entregadas e intercambiadas en varias ocasiones como más adelante se describe el trato dado a las Mujeres como intercambio de tributo , el termino Malinchista, como sinónimo de “traidora” o “traidor” es parte del lenguaje "coloquial" al considerarse que la Malinche traicionó a los suyos y apoyó a los españoles en la conquista de México.
          Pero ¿quién era la Malinche? ( Malinalli Tenépatl ) Los primeros datos acerca de ella nos los proporciona Bernal Díaz del Castillo, quien señala que doña Marina "nombre que le dieron los españoles cuando la bautizaron", era hija de gran  señor  de pueblos y vasallos, hija de los caciques de Painala, cerca de Coatzacoalcos. Muerto su padre, su madre "Cimatl", “cacica” de Xaltipa, se casó nuevamente y tuvo un hijo a quien querían entregar el cacicazgo, por lo que (vendieron) a Malinche a unos indigenas de Xicalango, quienes a su vez la entregaron, cedida como esclava al cacique maya de Tabasco después de una guerra entre los mayas de Potonchán y los Mexicas de la zona de Xicalango. Malintzin fue parte del tributo cedido al cacique de Tabasco al resultar este ganador, pues esa era la tradición entonces. Fue entregada siendo todavía muy niña como sirvienta y esclava, por lo que hablaba con fluidez su lengua materna, el náhuatl, y la lengua de sus nuevos amos, la maya., al llegar los Españoles, y  a modo también de Tributo es cedida de nuevo como sirvienta y escalaba a Cortez.
          Lo que debe quedar claro para nuestro propósito histórico es que (Malintzin) no era de origen Mexica  es decir, que no estaba traicionando a su pueblo, sino todo lo contrarios, ella pertenecía a otro Pueblo “Painala” que estaba bajo la amenaza que representaba  los Mexicas de Tenochtitlan y su acción expansionista que sometía pueblos enteros y trataba como vasallos e inferiores y a los cuales les imponían altísimos tributos.


          A la llegada de los españoles, los Mexicas (aztecas) mantenían relaciones de tensión con los pueblos sometidos por el inconformismo generalizado de los altísimos tributos que los Mexicas exigían en pago. Esta situación fue aprovechada por los recién llegados españoles en 1519, que rápidamente establecieron alianzas con los zempoaltecas y los tlaxcaltecas.
           Las circunstancias  colocaron a la Malinche en la situación de poder ayudar a su pueblo ante la amenaza que representaba el Imperio Mexica, al igual que lo hicieron los pueblos de la costa y la sierra, cuando informan a Cortés que estaban sujetos al señor Moctezuma Emperador Mexica de la Gran Tenochtitlan ,  el capitán español  viendo una oportunidad para sumar guerreros ante su Inminente acometida promete ayudarlos lo que decide a Cortés a emprender la conquista de Tenochtitlan, al percatarse que estaba entre indígenas que lo apoyaban, campaña al la que más tarde otros pueblos se unirían y lograr la tan anhelada conquista del Imperio Mexica
           Cortez  a pesar de su poderío militar, comprendió que sin la ayuda de los sublevados pueblos indígenas no lograría vencer al Imperio Azteca, (ejemplo la derrota de la noche triste) por lo que las acciones de la Malinche cobran gran importancia para triangular la comunicación entre las diferentes lenguas, trascendental papel histórico de la Malinche, ya que ella Marina por su nombre castizo, hablaba varias lenguas indígenas, entre ellas el náhuatl y maya por que había sido vendida a estos mismos, por lo que dominaba estas principales lenguas de la zona. Esto fue de invaluable ayuda para Cortés, pues la manera en que se entendía con los Mexicas, que hablaban el náhuatl,  era de la siguiente manera: Moctezuma se dirigía a Cortés en náhuatl;  la Malinche lo traducía al maya a Jerónimo de Aguilar, un náufrago que había llegado a las costas de la península de Yucatán junto con Gonzalo Guerrero y conocían la lengua maya y estos lo traducía al castellano a Cortés. Con esta triangulación de lenguas se entendían aunque en alguna ocasión trajo la incomprensión de uno u otro lado como el lector podrá suponer, sin embargo logro el acercamiento con los pueblos de las diferentes regiones unificando a todos para marchar junto a Cortez y derrotar al entonces Infame Imperio Mexica, que tanto tributo les había arrebatado
         Más allá de su servicio como intérprete, Malintzin  trascendió al solo hecho de ser la traductora, ya que asesoró a los españoles sobre las costumbres sociales y militares de los nativos, y realizó también tareas de lo que hoy llamaríamos "inteligencia" y "diplomacia", jugando un papel primordial durante la primera parte de la conquista. Tuvo un hijo de Cortés, Martín, su primogénito pero ilegítimo; luego daría Cortés el mismo nombre de Martín a su primer hijo legítimo, que tuvo con Juana de Zúñiga. Cortés posteriormente en Orizaba casó a Marina (Malintzin) con un español, el hidalgo Juan Jaramillo, de quien se sabe que tuvo otra hija, María Jaramillo. Hay constancia de que Marina (Malintzin) había muerto ya en 1529, por documentos de las gestiones de su viudo para volverse a casar. Al parecer Marina falleció enferma de viruela por una epidemia que hubo en 1528 o 1529.  Marina tuvo un papel relevante en la conquista de México. Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera..., encomia repetidamente y habla de su compromiso para los conquistadores y su valor en la batalla.  Referencia que pocos conocen de la Malinche Guerrera, Recuerda también la alegría de los españoles cuando supieron que Marina había sobrevivido a la dolorosa  derrota inicial conocida hoy como la Noche Triste.
          Mujer adelantada a su época y tiempo, que vislumbro una oportunidad para liberar a su pueblo del yugo, de los Mexicas, Mariana, (Malitzin) quedo deslumbrada por el recién descubierto "señorío español"_habría que transportarse  imaginariamente en tiempo y forma en aquella terrible época_ para entender a cabalidad y con justicia, las valientes y  decididas acciones de esta extraordinaria Mujer, tan injustamente "vilipendiada"  y falsamente acusada de "traidora"  que es reconocida de manera muy escueta, (como de costumbre),  por la innegable importancia y relevancia de esta excepcional y valiente Mujer orgullosamente Mexicana que fue sin lugar a dudas pieza clave y fundamental en la conquista española, que significo para ella , “solo la liberación de su pueblo” ante el constante abuso del Imperio Mexica.

El resultado es de todos sabido y aun que polémico, dará más adelante para otro comentario

jueves, 12 de junio de 2014

Lectura 24

Graffiti
 

Antoni TÁpies


     Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.


     Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos con tizas de colores (no te gustaba el término grafitti, tan de crítico de arte) y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas. En la ciudad ya no se sabía demasiado de que lado estaba verdaderamente el miedo; quizás por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la hora propicios para hacer un dibujo.


     Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo dibujos.


     Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel o algo peor, y ese alguien como si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo, una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los policías fueran ciegos o idiotas.


     Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste para tus dibujos esas calles que podías recorrer de un solo rápido itinerario; volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas y azules en una puerta de garage, aprovechando la textura de las maderas carcomidas y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores, pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación, una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas relegaron en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste, le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la quisiste un poco.


     Casi en seguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al garage, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el café de la esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón (ya habían limpiado la puerta del garage y una patrulla volvía y volvía rabiosa), al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste contra toda sensatez y sólo te ayudó el azar de un auto dando vuelta a la esquina y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el carro y se la llevaran.


     Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o su boca, ella así en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado antes de llevársela; quedaba lo bastante como para comprender que había querido responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso un espiral, una forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.


     Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto.


     Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada, ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza en la clase y no resiste el placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir, y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garage. No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde, una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos; un borracho vacilante se acercó canturreando, quiso patear al gato y cayó boca abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.



     Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios (habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos. Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer otros dibujos.

jueves, 29 de mayo de 2014

Lectura 23

SELFIEL



Un selfie es, en una palabra, un autorretrato. El término se usa por lo general en el mundo de Internet para referirse a una fotografía de autorretrato que se publica en línea. Es muy común encontrar selfies en blogs, redes sociales e Instagram. Para el viajero solitario, un selfie es un medio muy común para documentar los lugares que visita.
El selfie típico es una persona sosteniendo la cámara o dispositivo móvil a todo lo largo de su brazo, con el objetivo apuntando a sí mismo. La fotografía incluye parte del brazo, sin dejar duda de que se trata de un autorretrato.  También existe la modalidad de un autorretrato con la cámara apuntando hacia un espejo, incluso algunas versiones incluyen un reflejo de flash. Conforme se han popularizado más en el las redes sociales, los selfies se han ido sofisticando más, al punto de que algunos no incluyen la cámara o móvil que tomó la fotografía.
Los selfies típicamente incluyen únicamente al fotógrafo. Existe una nueva modalidad, en la que se incluye a un grupo de gente, conocido como “selfie de grupo”, aunque el término no ha sido aceptado formalmente aún.
El número de autorretratos en línea ha crecido proporcionalmente a la popularidad de las redes sociales en combinación con la popularidad y diseminación del uso de dispositivos móviles que cuentan con cámara fotográfica. Incluso dichos dispositivos ya tienen funciones que hacen más fácil el tomar selfies.
El término selfie no es exclusivo para referirse a autorretratos en Internet, pero sí se popularizó con la publicación de éstos en línea. Por supuesto, la regla 34 es aplicable en este caso, siendo el típico ejemplo el fenómeno conocido como sexting, así como páginas que promueven selfies con connotación sexual, donde es muy común la toma frente al espejo, con el dispositivo móvil tapando la cara y poca ropa en el resto del cuerpo.
La motivación detrás de un selfie es difícil de puntualizar. Las razones que se citan más comúnmente son las siguientes:
v  Llamar la atención de otras personas.
v  Levantar la autoestima.
v  Presumir logros o momentos.
v  Como un mensaje para una persona en específico.
v  Por diversión.
Es muy común encontrar el hashtag #me en conjunto con los selfies. A mediados del 2013, #me estuvo clasificado entre los cinco hashtags más populares en Instagram.
La palabra selfie ya está incluida como una palabra válida en inglés en el diccionario Oxford en línea.
¿Cómo tomar un buen selfie?
Las reglas comunes de fotografía son aplicables (la ilustración da un muy buen ejemplo):
Asegúrate de que hay suficiente luz. Si es luz natural, mejor, tratando de encontrar el ángulo e intensidad que más te favorezcan.
El brazo extendido ya no está en uso. El espejo o un trípode son mejores opciones.
Busca explotar tu “lado bueno”. Las reglas de fotografía típicamente indican que la cámara se coloque a la altura de los ojos y angulada, no de frente.
Si la foto es de cuerpo entero, trata de tomarla con la cámara a la altura de la cintura.
Si vas a tomar selfies durante un viaje, practica. Asegúrate que sabes qué distancia y qué ángulos son los que más te conviene usar.
¿Es una Enfermedad?
La Asociación Americana de Psiquiatría (APA) realizó una clasificación de los trastornos derivados de esta práctica. Más información:
¡Más de 200 selfies por día! Joven se declara adicto.
En una reunión en Chicago determinaron que en general el problema se concentra en el llamado selfitis. Este lo definen como, “el deseo compulsivo obsesivo para tomar fotos de uno mismo y publicarlos en los medios sociales como una forma de compensar la falta de autoestima y para llenar un vacío en la intimidad”.Incluso estos expertos clasificaron el trastorno en tres categorías.
·         Selfitis Borderline: tomar fotos de uno mismo por lo menos tres veces al día, pero no publicarlas en medios de comunicación social.
·         Selfitis aguda: tomar fotos de uno mismo por lo menos tres veces al día y la publicación de cada una de las fotos en las redes sociales.Notas relacionadas: Los selfie y las posibles secuelas mentales
·         Selfitis crónica: impulso incontrolable de tomar fotos de uno de uno mismo durante todo el día y la publicación de las fotos en las redes sociales más de seis veces al día.
¿Demasiada información?
La APA insistió que aún no existe un tratamiento para este problema, sin embargo podría pensarse en terapia cognitiva-conductual para tratar la enfermedad.
La moda de autorretratarse con el móvil ("selfie") y colgar el resultado en la red puede acarrear problemas mentales, como depresiones o paranoia, si no se obtiene el reconocimiento del público, advierte una doctora tailandesa. "Prestar demasiada atención a las fotografías publicadas, controlando quién las mira o a quién le agrada o quién comenta, con la esperanza de lograr la mayor cantidad posible de 'me gusta' es un síntoma de que las 'selfies' están causando un problema", declara la especialista Panpimol Wipulakorn, del departamento tailandés para salud mental. La experta señala que tales comportamientos podrían derivar en problemas cerebrales en un futuro, especialmente aquellos relacionados con la falta de confianza hacia uno mismo. "Las 'selfie' causan un impacto en la vida de cada individuo. Publicar fotos para buscar la aprobación de los colegas está en la naturaleza del hombre. Si la gente hace una cosa y logra una pequeña recompensa, volverán a repetir el acto", explica la doctora. Sin embargo, esta recompensa que es lograr la aceptación social tiene diferentes efectos dependiendo de la persona: algunos se contentan obteniendo unos pocos "me gusta", mientras otros "necesitan" lograr todos los que puedan y se vuelven "adictos" a este reconocimiento social, desgrana Panpimol .Aquellas personas que no logran la cantidad de apoyos esperados optarán por publicar una nueva instantánea, pero si la respuesta continúa siendo negativa podría dañar la confianza de la persona o crear pensamientos negativos hacia uno mismo. La seguridad y autoestima son cruciales en el desarrollo de las personas para alcanzar la felicidad y la satisfacción personal, apunta la doctora. Su carencia, no obstante, causa nervios, dudas y la infelicidad del individuo, que podrían desembocar en problemas mayores como la paranoia, depresión, comportamientos celosos y personalidad susceptible. "No creo que vaya a tener ningún problema en el futuro por compartir mis fotos con mis amigos. Siempre hace ilusión ver que a muchas personas les gusta lo que compartes en 'Facebook' o 'Instagram', pero a mi no me obsesiona", declara a Efe Sirirat Suakaewnoy, estudiante de comunicación en Bangkok.
El centro comercial "Siam Paragon", que a diario acoge a miles de locales y turista en Bangkok, se alzó este año con el galardón al lugar más popular entre los seguidores de la red social "Instagram", aplicación donde se cuelgan cada día más de 55 millones de fotos, por delante de Times Square, Disneylandia o la Torre Eiffel. "Me parece divertido publicar fotos sobre cosas que me gustan, lugares que visito, mis almuerzos o el humor con el que me levanto por las mañanas", indica Nink Manadamrongthan, quien asegura sube entre una o dos fotos a diario a las redes sociales.
La palabra "selfie", que designa a la foto que nos hacemos y que habitualmente colgamos en las redes sociales, fue elegida como "palabra del año 2013" por los diccionarios Oxford de lengua inglesa, tras extenderse significativamente su uso. Ya son célebres las "selfies" que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, junto a sus homólogos del Reino Unido, David Cameron, y Dinamarca, Helle Thorning, se tomaron durante el funeral del expresidente sudafricano y premio nobel de la paz, Nelson Mandela. Otras personalidades de distintos ámbitos, como el cantante canadiense Justin Bieber, el futbolista brasileño Neimar o el actor estadounidense Tom Hanks, han posado y publicado numerosas fotos en sus perfiles de las redes sociales.  La experta tailandesa sostiene que, además de daños personales, las "selfies" también pueden lastrar el crecimiento de los países en desarrollo, porque la falta de confianza de los jóvenes puede crear una generación "sin liderazgo", de personas "simples" sin "capacidad creativa e innovadora".      
Hábitos como atender a las personas u observar las cosas que nos rodean a diario, así como practicar deporte y actividades con familiares y amigos, como ir al cine o viajar, son algunas de las ideas aportadas por la doctora para combatir la adicción a las "selfies".

lunes, 19 de mayo de 2014

Lectura 22

Las redes sociales,   ¿Acaban con los amigos reales?




Han servido para acercarnos a aquellos que están lejos, pero también han logrado alejarnos de quienes están más cerca
La tecnología ha logrado acercarnos a aquellos que están lejos, pero también nos aleja de los que están cerca
Sandra Erosa dice que ahora privilegiamos más a nuestras amistades virtuales
Reduce el tiempo que dedicas a estar en la computadora para hacer más amigos reales
La tecnología móvil ha provocado que privilegiemos más a los 'amigos' que hacemos por internet que a los reales 




¿Cuántos de tus amigos y seguidores en las redes sociales irían a visitarte si enfermaras? ¿A cuántos visitarías? ¿Cuántos no necesitan un mensaje cibernético para recordar tu cumpleaños?


Tomas Chamorro-Premuzic, profesor de Psicología empresarial en la University College de Londres y en la Universidad de Nueva York, dice que cuando hablamos de redes sociales solemos hacer referencia únicamente al internet, debido a que cada vez nos relacionamos menos con otras personas cara a cara.
Así lo demuestran unas estadísticas publicadas por el profesor del Wheaton College, Marc Cortez: 9 de cada 10 usuarios de internet son parte de una red social; cada minuto ocurren 694,980 actualizaciones de estado, suben 250 millones de fotos diarias, y 9 de cada 10 usuarios de las redes creen que los otros publican demasiadas cosas personales.
Actualmente, la tecnología inunda nuestra vida, a pesar de que no hace mucho solo había teléfonos y debíamos esperar a que las personas estuvieran en casa para localizarlas. De acuerdo con un artículo publicado en el Electronic Journal of Reaserch in Educational Psychology, a lo largo de la vida se desarrolla tanto la personalidad como los procesos cognitivos y psíquicos del ser humano. En ello desempeñan un papel importante las relaciones, que variarán según la etapa de vida en que nos encontremos.
Las relaciones interpersonales se ven afectadas de forma positiva y negativa por las redes sociales de internet. Hoy, gracias a la tecnología podemos estar más cerca de quienes se hallan lejos o que no vemos tan seguido como nos gustaría; no obstante, en algunos casos nos alejan de quienes tenemos cerca. Según los investigadores C.J. Inglés, B. Delgado y A. García Fernández, en un estudio publicado en el Diario Español de Psicología, los beneficios derivados de contar con amigos reales son abundantes: en general, es el mejor indicador de buenas habilidades interpersonales y un signo de buen estado psicológico.

A continuación te presento algunos consejos para hacer más amigos reales y menos virtuales.

Cuida tus amistades

Conocimiento. Revisa lo que sabes de tus amigos cercanos y proponte averiguar un poco más. A veces sin darnos cuenta sabemos menos de lo que creemos.

Tiempo. Las horas que pasas en el chat quizá son más que las que pasas físicamente con las personas; si es así, busca el equilibrio e incrementa la convivencia real.

Equilibrio. Si compartes con las personas más por las redes de lo que lo haces con amigos o familia, este puede ser un excelente momento para que mires a tu alrededor. Busca a aquellos que siempre te cuentan algo y comparte algo de ti.

Pasatiempos. Reducir el tiempo que pasas en la computadora puede darte espacio para realizar actividades con amigos o familia, jugar, asistir a una clase, hacer ejercicio o, simplemente, pasar el rato en compañía.
Ayuda. A menudo, lo que das suele ser la base de lo que recibes. Procura "estar" para tus amigos: escúchalos, regálales tiempo y espacio; recuerda que no se trata de cantidad sino de calidad.

Formar redes sociales positivas

Comunícate. Toma el teléfono para llamar a un amigo o amiga y vayan a tomar un café, dense un tiempo para ponerse al día. Imponte como reto no usar tu celular mientras estés ahí.

Conecta. Proponte no salir del gimnasio o la oficina sin buscar a alguien y platicar de una actividad en común. Ya verás cuánto puedes conocer de alguien con tan solo saludarlo.

Conoce. Cuando menos cada semana busca aprender algo nuevo de alguien; verás que no solo profundizarás en tus relaciones sino que además ejercitarás tu memoria.

Sonríe. Cuando vayas por la calle o estés en el tráfico o en la oficina, hazlo con la mirada al frente y sonríe a quien cruce la mirada contigo. Te sorprenderán los resultados.

Cambia tus hábitos

Así como siempre traes tu teléfono a la mano, ten un libro; puede ser una historieta, una novela, quizá sea de crucigramas o juegos mentales. Ponte una meta de cuánto tiempo quieres pasar en internet cada día; cuando hayas cubierto tu cuota, tendrás algo para leer o hacer y hasta para comentar con tus amigos. 


Este es un fragmento de un artículo publicado en la edición de febrero de 2014 de la revista QUO, que es parte de Grupo Expansión, una empresa de Time Inc. La firma edita en México 17 revistas y 11 sitios de internet, entre ellos CNNMéxico.


viernes, 4 de abril de 2014

Lectura 21


EL LUGAR DEL CORAZÓN
Aquel día les dejó un trabajo aún más laborioso que de costumbre, las regañó por platicar en clase, hizo sarcasmos a costa de un maestro admirado por ellas —cualquiera de estas cosas o todas juntas. (‘Fue hace mucho’ dice Neli), el caso es que la reunión para hacer la tarea estuvo dedicada a planear venganzas. Podían hundir clavos en las llantas de su coche, pero sería necesario conseguir permiso para salir a la calle durante el recreo y eso las haría las primeras sospechosas. Podían ir a romper los vidrios de su casa: —Yo sé dónde vive —dijo Aurora—, vamos ahorita —pero a Cecilia y Neli les daba miedo y no sabían tirar piedras. Se pusieron a resolver ecuaciones. Cecilia salió; al regresar traía un folleto sacado de la biblioteca de su padre.
            —Miren.
            Vieron: el título Hechicería y unas manos clavando alfileres larguísimos en un muñeco de trapo con ojos humanos. Y Neli vio en esos ojos los de Guillermo Suárez Esponda.
            Era el maestro de literatura: un hombre de estatura mediana, cincuentón, robusto pero pálido; usaba trajes con chaleco, corbata de moño y zapatos enormes. Se había educado en Alemania y sólo faltaba que nos hiciera marchar a paso de ganso —ése era su apodo, a causa de su teutonismo y de sus pies grandes. Se le hacía fácil decir: para la semana entrante leen Fausto y me traen un trabajo sobre él, diez páginas mínimo. Se indignaba cuando le pedían repetir, explicar con más detalle o traducir una cita; también si algún muchacho se atrevía a despatarrarse en el pupitre o si un cuchicheo mellaba el silencio absoluto que debía servir de fondo a su voz seca y precisa. Su arma era la humillación, esgrimida con profesionalismo.
            —¿No sabe usted quién escribió Los Bandidos, señor Villalobos? Pero hombre, sólo un perfecto imbécil sería capaz de ignorarlo, ¿no cree usted? Responda. Sí ¿verdad? Sólo un perfecto imbécil. ¿Qué es usted entonces? Más fuerte, que lo oigan todos sus compañeros. Eso. Y para que no se le olvide, va a traerme cie frases: soy un perfecto imbécil. Es mi destino, estar en un país de imbéciles tratando de educar imbéciles.
            El folleto sobre hechicería se vende aún en las librerías de barato, entre consejos del enamorado y colecciones de chistes. Es sólo una revisión apresurada de sistemas y propósitos a través de los tiempos, pero en la página 38 Aurora, Cecilia y Neli deben de haber descubierto un párrafo clave. Sobre una estatuita de cera confeccionada lo mejor posible, de modo que recuerde a la persona a quien se quiere hacer daño, se fijan cabellos, un diente de la víctima, o raspaduras de sus uñas, después cada día y a hora determinada se traspasa la efigie con un alfiler en el lugar del corazón, pronunciando palabras para multiplicar la intención de hacer mal, incluso hasta determinar la muerte. Neli quedó en buscar más informes: su nana decía ser de un pueblo de brujos y la muchacha le hizo repetir la historia de un alcalde impopular muerto a los seis meses de haber ocupado su cargo sin que ningún médico pudiera definir la enfermedad que lo desgastaba.
            —¿Y qué tenía, nana?
            —Qué iba a tener. Chico trabajote que le hicieron.
            —¿Y cómo?
            —Pues como los hacen, niña.
            —¿Cómo?
            —Uh, hay tantos modos.
            —¿Tú sabes algunos?
            —De saber sí, pero con eso mejor ni meterse. Luego viene el coletazo. Los espíritus te ayudan pero te cobran.
            —Se hacen cosas con muñecos ¿verdad?
            —Sí, muñecos o retratos.
            —Uñas o cabellos.
            —Mjú. O así, cualquier cosa de la persona. Ropa sin lavar, algo de su puño y letra.
            —¿Y alfileres?
            —Alfileres donde se le quiere meter la dolencia.
            —¿Y qué más?
            —Agua serenada. Tierra. Luego entierran todo para fijar el trabajo. ¿Pero por qué quieres saber?
            —No, por nada.
            Cecilia encontró entre los libros de su padre Las Raíces Medievales del Romanticismo Alemán por Suárez Esponda, con retrato del autor como frontispicio, y Aurora, no tuvo que seguir batallando con el trozo de cera que consiguió. El poder usar una muestra de escritura en vez de uñas, dientes o cabellos también facilitó las cosas. Después de una clase las muchachas se acercaron al maestro para pedirle un autógrafo en sus Raíces.
            —¿Piensan leer esto? —sonrió Esponda—. No creo que le entiendan mucho.
            —Haremos lo posible, maestro.
            —Deberían decir más bien lo imposible, si sus posibilidades son las que demuestran en clase —Esponda se caló los anteojos y probó su pluma fuente—. ¿La dedicatoria es para tres?
            —Sí maestro.
            Esponda escribió con letra recta de trazos gruesos: ‘A mis estimadas alumnas (aquí los tres nombres completos sin que preguntara ninguno)  esperando que el camino del saber sea para ellas un sendero de rosas’. A continuación una cita en latín y la firma garigoleada. Le dieron las gracias luchando por asimilar la reacción provocada por la frase cursi: Sentí no sé qué; se me hizo feo pensar en lo que íbamos a hacer con su libro. Pero Esponda deshizo la pugna:
            —No crean que por comprar mis libros voy a pasarlas de año. Si lo hicieron con ese fin, considérenlo una inversión perdida.
            Cerca de la casa de Aurora había una zona poco poblada: lotes baldíos, construcciones y una construcción abandonada que fue el lugar elegido. Cada una, apoyada por las otras, dijo a sus padres que en la escuela iba a ponerse una obra de teatro (era cierto pero ellas no participaban) y que los ensayos eran nocturnos. La primera reunión fue bajo la luna llena a eso de las nueve. Neli llevaba una pala de jardinería y Cecilia una cantimplora de plástico llena de agua serenada; en el camino compraron un peso de alfileres. A la luz de la luna recorrieron con leve pavor la estructura frustrada por si algún limosnero estaba instalado allí. Olía a excremento —la noche siguiente Cecilia llevó un desodorante con aroma de pino. Despejaron un sector en el espacio que habría sido la estancia. Cavaron una fosa pequeña para la dedicatoria y el retrato. Cecilia jugueteaba con los alfileres.
            —¿Dónde los clavamos?
            —En las piernas —dijo Aurora—; que le den reumas.
            Faltaba la invocación: Neli decidió improvisarla. Sin duda la importante eran la intención y la intensidad —ella misma nunca se sentía tan cerca de Dios repitiendo padrenuestros como hablándole directamente en una combinación de fórmulas respetuosas y súplicas amplificadas por la repetición: Dios omnipotente, haz que pase la prueba de álgebra, tú que todo lo puedes haz que pase, haz que pase la prueba de álgebra, la prueba de álgebra, Dios misericordioso. Aquí era algo como: llévale, llévale, llévale este daño, espíritu grande y fuerte, te invocamos, te rogamos, espíritu poderoso, llévale este daño —una y otra vez todas juntas, el sonsonete triple acumulándose hasta que la materialización de la energía multiplicada parecía inminente: Neli abrió de pronto los ojos al sentir (“Te juro”) que algo, una forma basta hecha de luz de luna, un gigante sin facciones estaba allí entre ellas con u pie a cada lado de la fosa. Y su mirada encontró la de Aurora, fija en el mismo punto: golpe de terror casi placentero porque también  era conciencia de poder. Neli bajo la cara y abrió los brazos en forma de cruz y alzó la voz y las otras la imitaron —tres muchachas de quince o dieciséis años arrodilladas alrededor de un hoyo donde Guillermo Suarez Esponda, en una biblioteca con chimenea, miraba sereno hacia las estrellas. Ya no había necesidad de consultar nada, de ponerse de acuerdo: estaban de acuerdo, cumplían un ritual bien aprendido. Cecilia tomó sus alfileres y pasó los demás. Los clavaron por turno en las pantorrillas de retrato. Neli roció el agua serenada, Aurora empezó a tapar la fosa. Cuando el retrato quedó cubierto Neli dijo: amén, dijeron Aurora y Cecilia y después silencio, acaso chirriar de grillos. Las tres aún de rodillas alrededor del pequeño montículo. Lo apisonaron un poco. Pusieron encima una piedra grande. Dejaron la pala y la cantimplora tras unos yerbajos junto al muro de ladrillo y salieron: en silencio.
            —Mañana hay que traer una lámpara —dijo Cecilia.
            Pasaron los días sin que Esponda se desmejorara: el ritual nocturno se repetía con insistencia algo desesperada, con rabia de posible inutilidad, con anhelo sórdido. Una de las últimas noches se frotaron tierra en la cara, en el pecho rasgando las blusas, en las piernas, invocando siempre. A la mañana siguiente Neri lloró mirando un arañazo que se había hecho al prender con alfileres la blusa —lloró sin saber por qué, con deploración demasiado grande para venir de remordimiento. ‘Como que ya no era juego’ dice ‘era —no sé, como masturbarse, no sé si me entiendas’. Invocar impulsos vergonzantes, dejarnos poseer por ellos y cuando la posesión termina el monstruo sigue allí, tarda en regresar al centro oscuro donde habita y uno lo mira y dice: ¿este soy yo? Pero además era masturbarse en complicidad, frente a espejos. Cecilia fue la primera en ceder a la tensión: faltó una noche y sus compañeras la esperaron un rato y luego volvieron a sus casas sin quedar en verse otro día. Poco después hubo vacaciones de semana santa; todas salieron de la ciudad con sus familias. Y de regreso en la escuela, la presencia de un nuevo maestro de literatura: Suarez Esponda estaba enfermo. Ulceras en las piernas. No comentaron nada entre sí, se hicieron desentendidas. De hecho, ya casi ni me hablaban; a la salida cada quien se iba por su lado y las reuniones para hacer la tarea eran con otras amigas.
Tras una de esas reuniones, Neli pasó cierta noche frente a la casa que Aurora había identificado una vez como la de Esponda: grande, gris y vieja, con señales de descuido ausentes sólo del jardín. Miró un rato las ventanas iluminadas antes de cruzar la calle y llamar. Acudió una mujer rubia y gruesa, la esposa alemana del maestro.
            —Ah, viene viene ver profesor, él dará gusto. Pase. favor.
            Esponda estaba en la biblioteca, tras su escritorio. La saludó por apellido, la invitó a sentarse e hizo una seña a su mujer, quien empujó la silla de ruedas hasta dejarla, obedeciendo otro ademán, delante de la chimenea que aparecía en el retrato sepultado. Esponda miró a Neli y alzó levemente las cejas como si estuviese en clase y acabara de hacerle una pregunta.
            —Vine a ver cómo seguía, maestro.
            —Te lo agradezco mucho, aunque habrías podido venir a mejor hora.
            —Es que estaba por aquí.
            —Sí, sí, te lo agradezco. ¿Qué dice la escuela?
            —Pues… como siempre. ¿Va a regresar pronto?
            —No lo creo. Esto no cicatriza.
            Esponda señaló despectivo la manta a cuadros que cubría sus piernas. Luego suspiró. Luego miró a Neli con sorna.
            —Les dará mucho gusto ¿verdad?
            —No maestro —protestó ella débilmente—, cómo cree.
            —¿Cómo? Fácil: me doy cuenta de las cosas. Los imagino a todos felices: el Paso del Ganso está fuera de combate.
            Neli se ruborizó. De pie junto a su marido, la alemana escuchaba con sonrisa afable, mirando de uno a otro.
            —Así me dicen ¿no?
            —Algunos… pero.
            —Tendrán que buscarme un apodo más coherente. No les será difícil. El Tullido. El Ganso Tullido. El… pero ustedes tienen más inventiva que yo para esas cuestiones.
            —Maestro, no es cierto.
            —¿Qué? ¿No es cierto qué?
            Esponda golpeó los brazos de la silla y adelantó bruscamente el cuerpo como para levantarse. Hizo una mueca de dolor y se echó para atrás con un gemido atorado en la garganta. Su esposa gritó: —¡Willi! y se inclinó sobre él hablándole aprisa en alemán. Él contestó algo, rechazándola. Su cara brillaba de sudor.
            —Mira hija, yo sé cómo son las cosas —dijo con voz cansada—. Pero ni modo. O se es un maestro popular o se es un buen maestro. Yo soy, creo ser un buen maestro. No en balde.
            Hizo un ademán incompleto y dejó que su esposa le enjugara la frente. Neli miró los diplomas sobre la chimenea, los estantes llenos de libros, el busto de Goethe sobre el escritorio y de nuevo a Esponda y su mujer.
            —En Europa pude lograr 100 veces más de lo que es posible aquí —dijo él—. Y sin embargo aquí estoy. Idealismo estúpido, patrioterismo, llámalo como quieras. Pero no hay por qué hablar de eso. Tú viniste a saludarme y te lo agradezco mucho. De veras. Y perdóname que te despida ahora, pero es tarde y tengo trabajo.
            Neli caminó largo rato, con una urgencia indefinida que se aclaró frente a la construcción abandonada. Todo estaba en su sitio. Neli apartó la piedra y empezó a cavar con rapidez. La dedicatoria deslavada, el retrato carcomido por manchas negras —Esponda de pie en su biblioteca, mirando al frente con un alfiler clavado en el corazón. Neli lo vio con espanto incrédulo, lo arrancó cautamente como una astilla encajada en carne viva. Quitó los alfileres de las piernas. Recogió la foto húmeda y alzó al cielo los ojos cerrados. Dios, haz que sane, Dios de bondad, haz que sane. Pero no era Dios quien escuchaba sino la forma sin rostros y el retrato era un trozo de carne amputada en las manos de Neli. Lo dejó caer y huyó.

            Esponda murió unos días más tarde: falla cardiaca. El intento salvador de Neli no dio resultado —o bien Aurora o Cecilia, la que clavó el alfiler en el corazón, volvió más tarde a proseguir el rito. ‘O a lo mejor todo fue casualidad’. Si es cierto algo tiene que ser cierto todo ¿no? Y no hubo coletazo; que yo sepa, a ninguna de nosotras le ocurrió nada. El año pasado vi a Aurora y Cecilia en una reunión de exalumnas; están bien, están contentas, se casaron también. Claro que a lo mejor más adelante, Dios no lo quiera. ‘Te juro, no sé todavía qué pensar de todo eso’. Yo tampoco, pero creo saber cómo terminar esta transcripción: con la imagen de una muchacha sola ante la fosa del ritual en el centro de aquel edificio inconcluso, dilapidado, apestoso a excremento; en el lugar oscuro de la pasión a la que algo en ella ha cedido —una sola voz pronunciando plegarias ominosas, una sola posesión realizando los gestos frenéticos que ya ninguna otra refleja, una entrega libre a una vergüenza solitaria. Casi no importa cómo llegó allí esa muchacha —si obsesionada largamente por el regusto de un poder ejercido, de un abandono violento, o si inspirada por la idea de reparar los efectos de haber cedido a la tentación que la aguardaba, que la avasalló de nuevo al contacto con los instrumentos de poderío y entrega. No sé por qué siempre me imagino esta escena veo a Neli con su cabello corto, con su cara dulce mirar la foto del maestro y quitarle de las piernas (despacio, casi con ternura) un alfiler oxidado y luego hundírselo en el lado izquierdo del pecho. No sé por qué la veo a ella. Sin duda porque no conozco a las otras dos.