jueves, 29 de mayo de 2014

Lectura 23

SELFIEL



Un selfie es, en una palabra, un autorretrato. El término se usa por lo general en el mundo de Internet para referirse a una fotografía de autorretrato que se publica en línea. Es muy común encontrar selfies en blogs, redes sociales e Instagram. Para el viajero solitario, un selfie es un medio muy común para documentar los lugares que visita.
El selfie típico es una persona sosteniendo la cámara o dispositivo móvil a todo lo largo de su brazo, con el objetivo apuntando a sí mismo. La fotografía incluye parte del brazo, sin dejar duda de que se trata de un autorretrato.  También existe la modalidad de un autorretrato con la cámara apuntando hacia un espejo, incluso algunas versiones incluyen un reflejo de flash. Conforme se han popularizado más en el las redes sociales, los selfies se han ido sofisticando más, al punto de que algunos no incluyen la cámara o móvil que tomó la fotografía.
Los selfies típicamente incluyen únicamente al fotógrafo. Existe una nueva modalidad, en la que se incluye a un grupo de gente, conocido como “selfie de grupo”, aunque el término no ha sido aceptado formalmente aún.
El número de autorretratos en línea ha crecido proporcionalmente a la popularidad de las redes sociales en combinación con la popularidad y diseminación del uso de dispositivos móviles que cuentan con cámara fotográfica. Incluso dichos dispositivos ya tienen funciones que hacen más fácil el tomar selfies.
El término selfie no es exclusivo para referirse a autorretratos en Internet, pero sí se popularizó con la publicación de éstos en línea. Por supuesto, la regla 34 es aplicable en este caso, siendo el típico ejemplo el fenómeno conocido como sexting, así como páginas que promueven selfies con connotación sexual, donde es muy común la toma frente al espejo, con el dispositivo móvil tapando la cara y poca ropa en el resto del cuerpo.
La motivación detrás de un selfie es difícil de puntualizar. Las razones que se citan más comúnmente son las siguientes:
v  Llamar la atención de otras personas.
v  Levantar la autoestima.
v  Presumir logros o momentos.
v  Como un mensaje para una persona en específico.
v  Por diversión.
Es muy común encontrar el hashtag #me en conjunto con los selfies. A mediados del 2013, #me estuvo clasificado entre los cinco hashtags más populares en Instagram.
La palabra selfie ya está incluida como una palabra válida en inglés en el diccionario Oxford en línea.
¿Cómo tomar un buen selfie?
Las reglas comunes de fotografía son aplicables (la ilustración da un muy buen ejemplo):
Asegúrate de que hay suficiente luz. Si es luz natural, mejor, tratando de encontrar el ángulo e intensidad que más te favorezcan.
El brazo extendido ya no está en uso. El espejo o un trípode son mejores opciones.
Busca explotar tu “lado bueno”. Las reglas de fotografía típicamente indican que la cámara se coloque a la altura de los ojos y angulada, no de frente.
Si la foto es de cuerpo entero, trata de tomarla con la cámara a la altura de la cintura.
Si vas a tomar selfies durante un viaje, practica. Asegúrate que sabes qué distancia y qué ángulos son los que más te conviene usar.
¿Es una Enfermedad?
La Asociación Americana de Psiquiatría (APA) realizó una clasificación de los trastornos derivados de esta práctica. Más información:
¡Más de 200 selfies por día! Joven se declara adicto.
En una reunión en Chicago determinaron que en general el problema se concentra en el llamado selfitis. Este lo definen como, “el deseo compulsivo obsesivo para tomar fotos de uno mismo y publicarlos en los medios sociales como una forma de compensar la falta de autoestima y para llenar un vacío en la intimidad”.Incluso estos expertos clasificaron el trastorno en tres categorías.
·         Selfitis Borderline: tomar fotos de uno mismo por lo menos tres veces al día, pero no publicarlas en medios de comunicación social.
·         Selfitis aguda: tomar fotos de uno mismo por lo menos tres veces al día y la publicación de cada una de las fotos en las redes sociales.Notas relacionadas: Los selfie y las posibles secuelas mentales
·         Selfitis crónica: impulso incontrolable de tomar fotos de uno de uno mismo durante todo el día y la publicación de las fotos en las redes sociales más de seis veces al día.
¿Demasiada información?
La APA insistió que aún no existe un tratamiento para este problema, sin embargo podría pensarse en terapia cognitiva-conductual para tratar la enfermedad.
La moda de autorretratarse con el móvil ("selfie") y colgar el resultado en la red puede acarrear problemas mentales, como depresiones o paranoia, si no se obtiene el reconocimiento del público, advierte una doctora tailandesa. "Prestar demasiada atención a las fotografías publicadas, controlando quién las mira o a quién le agrada o quién comenta, con la esperanza de lograr la mayor cantidad posible de 'me gusta' es un síntoma de que las 'selfies' están causando un problema", declara la especialista Panpimol Wipulakorn, del departamento tailandés para salud mental. La experta señala que tales comportamientos podrían derivar en problemas cerebrales en un futuro, especialmente aquellos relacionados con la falta de confianza hacia uno mismo. "Las 'selfie' causan un impacto en la vida de cada individuo. Publicar fotos para buscar la aprobación de los colegas está en la naturaleza del hombre. Si la gente hace una cosa y logra una pequeña recompensa, volverán a repetir el acto", explica la doctora. Sin embargo, esta recompensa que es lograr la aceptación social tiene diferentes efectos dependiendo de la persona: algunos se contentan obteniendo unos pocos "me gusta", mientras otros "necesitan" lograr todos los que puedan y se vuelven "adictos" a este reconocimiento social, desgrana Panpimol .Aquellas personas que no logran la cantidad de apoyos esperados optarán por publicar una nueva instantánea, pero si la respuesta continúa siendo negativa podría dañar la confianza de la persona o crear pensamientos negativos hacia uno mismo. La seguridad y autoestima son cruciales en el desarrollo de las personas para alcanzar la felicidad y la satisfacción personal, apunta la doctora. Su carencia, no obstante, causa nervios, dudas y la infelicidad del individuo, que podrían desembocar en problemas mayores como la paranoia, depresión, comportamientos celosos y personalidad susceptible. "No creo que vaya a tener ningún problema en el futuro por compartir mis fotos con mis amigos. Siempre hace ilusión ver que a muchas personas les gusta lo que compartes en 'Facebook' o 'Instagram', pero a mi no me obsesiona", declara a Efe Sirirat Suakaewnoy, estudiante de comunicación en Bangkok.
El centro comercial "Siam Paragon", que a diario acoge a miles de locales y turista en Bangkok, se alzó este año con el galardón al lugar más popular entre los seguidores de la red social "Instagram", aplicación donde se cuelgan cada día más de 55 millones de fotos, por delante de Times Square, Disneylandia o la Torre Eiffel. "Me parece divertido publicar fotos sobre cosas que me gustan, lugares que visito, mis almuerzos o el humor con el que me levanto por las mañanas", indica Nink Manadamrongthan, quien asegura sube entre una o dos fotos a diario a las redes sociales.
La palabra "selfie", que designa a la foto que nos hacemos y que habitualmente colgamos en las redes sociales, fue elegida como "palabra del año 2013" por los diccionarios Oxford de lengua inglesa, tras extenderse significativamente su uso. Ya son célebres las "selfies" que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, junto a sus homólogos del Reino Unido, David Cameron, y Dinamarca, Helle Thorning, se tomaron durante el funeral del expresidente sudafricano y premio nobel de la paz, Nelson Mandela. Otras personalidades de distintos ámbitos, como el cantante canadiense Justin Bieber, el futbolista brasileño Neimar o el actor estadounidense Tom Hanks, han posado y publicado numerosas fotos en sus perfiles de las redes sociales.  La experta tailandesa sostiene que, además de daños personales, las "selfies" también pueden lastrar el crecimiento de los países en desarrollo, porque la falta de confianza de los jóvenes puede crear una generación "sin liderazgo", de personas "simples" sin "capacidad creativa e innovadora".      
Hábitos como atender a las personas u observar las cosas que nos rodean a diario, así como practicar deporte y actividades con familiares y amigos, como ir al cine o viajar, son algunas de las ideas aportadas por la doctora para combatir la adicción a las "selfies".

lunes, 19 de mayo de 2014

Lectura 22

Las redes sociales,   ¿Acaban con los amigos reales?




Han servido para acercarnos a aquellos que están lejos, pero también han logrado alejarnos de quienes están más cerca
La tecnología ha logrado acercarnos a aquellos que están lejos, pero también nos aleja de los que están cerca
Sandra Erosa dice que ahora privilegiamos más a nuestras amistades virtuales
Reduce el tiempo que dedicas a estar en la computadora para hacer más amigos reales
La tecnología móvil ha provocado que privilegiemos más a los 'amigos' que hacemos por internet que a los reales 




¿Cuántos de tus amigos y seguidores en las redes sociales irían a visitarte si enfermaras? ¿A cuántos visitarías? ¿Cuántos no necesitan un mensaje cibernético para recordar tu cumpleaños?


Tomas Chamorro-Premuzic, profesor de Psicología empresarial en la University College de Londres y en la Universidad de Nueva York, dice que cuando hablamos de redes sociales solemos hacer referencia únicamente al internet, debido a que cada vez nos relacionamos menos con otras personas cara a cara.
Así lo demuestran unas estadísticas publicadas por el profesor del Wheaton College, Marc Cortez: 9 de cada 10 usuarios de internet son parte de una red social; cada minuto ocurren 694,980 actualizaciones de estado, suben 250 millones de fotos diarias, y 9 de cada 10 usuarios de las redes creen que los otros publican demasiadas cosas personales.
Actualmente, la tecnología inunda nuestra vida, a pesar de que no hace mucho solo había teléfonos y debíamos esperar a que las personas estuvieran en casa para localizarlas. De acuerdo con un artículo publicado en el Electronic Journal of Reaserch in Educational Psychology, a lo largo de la vida se desarrolla tanto la personalidad como los procesos cognitivos y psíquicos del ser humano. En ello desempeñan un papel importante las relaciones, que variarán según la etapa de vida en que nos encontremos.
Las relaciones interpersonales se ven afectadas de forma positiva y negativa por las redes sociales de internet. Hoy, gracias a la tecnología podemos estar más cerca de quienes se hallan lejos o que no vemos tan seguido como nos gustaría; no obstante, en algunos casos nos alejan de quienes tenemos cerca. Según los investigadores C.J. Inglés, B. Delgado y A. García Fernández, en un estudio publicado en el Diario Español de Psicología, los beneficios derivados de contar con amigos reales son abundantes: en general, es el mejor indicador de buenas habilidades interpersonales y un signo de buen estado psicológico.

A continuación te presento algunos consejos para hacer más amigos reales y menos virtuales.

Cuida tus amistades

Conocimiento. Revisa lo que sabes de tus amigos cercanos y proponte averiguar un poco más. A veces sin darnos cuenta sabemos menos de lo que creemos.

Tiempo. Las horas que pasas en el chat quizá son más que las que pasas físicamente con las personas; si es así, busca el equilibrio e incrementa la convivencia real.

Equilibrio. Si compartes con las personas más por las redes de lo que lo haces con amigos o familia, este puede ser un excelente momento para que mires a tu alrededor. Busca a aquellos que siempre te cuentan algo y comparte algo de ti.

Pasatiempos. Reducir el tiempo que pasas en la computadora puede darte espacio para realizar actividades con amigos o familia, jugar, asistir a una clase, hacer ejercicio o, simplemente, pasar el rato en compañía.
Ayuda. A menudo, lo que das suele ser la base de lo que recibes. Procura "estar" para tus amigos: escúchalos, regálales tiempo y espacio; recuerda que no se trata de cantidad sino de calidad.

Formar redes sociales positivas

Comunícate. Toma el teléfono para llamar a un amigo o amiga y vayan a tomar un café, dense un tiempo para ponerse al día. Imponte como reto no usar tu celular mientras estés ahí.

Conecta. Proponte no salir del gimnasio o la oficina sin buscar a alguien y platicar de una actividad en común. Ya verás cuánto puedes conocer de alguien con tan solo saludarlo.

Conoce. Cuando menos cada semana busca aprender algo nuevo de alguien; verás que no solo profundizarás en tus relaciones sino que además ejercitarás tu memoria.

Sonríe. Cuando vayas por la calle o estés en el tráfico o en la oficina, hazlo con la mirada al frente y sonríe a quien cruce la mirada contigo. Te sorprenderán los resultados.

Cambia tus hábitos

Así como siempre traes tu teléfono a la mano, ten un libro; puede ser una historieta, una novela, quizá sea de crucigramas o juegos mentales. Ponte una meta de cuánto tiempo quieres pasar en internet cada día; cuando hayas cubierto tu cuota, tendrás algo para leer o hacer y hasta para comentar con tus amigos. 


Este es un fragmento de un artículo publicado en la edición de febrero de 2014 de la revista QUO, que es parte de Grupo Expansión, una empresa de Time Inc. La firma edita en México 17 revistas y 11 sitios de internet, entre ellos CNNMéxico.


viernes, 4 de abril de 2014

Lectura 21


EL LUGAR DEL CORAZÓN
Aquel día les dejó un trabajo aún más laborioso que de costumbre, las regañó por platicar en clase, hizo sarcasmos a costa de un maestro admirado por ellas —cualquiera de estas cosas o todas juntas. (‘Fue hace mucho’ dice Neli), el caso es que la reunión para hacer la tarea estuvo dedicada a planear venganzas. Podían hundir clavos en las llantas de su coche, pero sería necesario conseguir permiso para salir a la calle durante el recreo y eso las haría las primeras sospechosas. Podían ir a romper los vidrios de su casa: —Yo sé dónde vive —dijo Aurora—, vamos ahorita —pero a Cecilia y Neli les daba miedo y no sabían tirar piedras. Se pusieron a resolver ecuaciones. Cecilia salió; al regresar traía un folleto sacado de la biblioteca de su padre.
            —Miren.
            Vieron: el título Hechicería y unas manos clavando alfileres larguísimos en un muñeco de trapo con ojos humanos. Y Neli vio en esos ojos los de Guillermo Suárez Esponda.
            Era el maestro de literatura: un hombre de estatura mediana, cincuentón, robusto pero pálido; usaba trajes con chaleco, corbata de moño y zapatos enormes. Se había educado en Alemania y sólo faltaba que nos hiciera marchar a paso de ganso —ése era su apodo, a causa de su teutonismo y de sus pies grandes. Se le hacía fácil decir: para la semana entrante leen Fausto y me traen un trabajo sobre él, diez páginas mínimo. Se indignaba cuando le pedían repetir, explicar con más detalle o traducir una cita; también si algún muchacho se atrevía a despatarrarse en el pupitre o si un cuchicheo mellaba el silencio absoluto que debía servir de fondo a su voz seca y precisa. Su arma era la humillación, esgrimida con profesionalismo.
            —¿No sabe usted quién escribió Los Bandidos, señor Villalobos? Pero hombre, sólo un perfecto imbécil sería capaz de ignorarlo, ¿no cree usted? Responda. Sí ¿verdad? Sólo un perfecto imbécil. ¿Qué es usted entonces? Más fuerte, que lo oigan todos sus compañeros. Eso. Y para que no se le olvide, va a traerme cie frases: soy un perfecto imbécil. Es mi destino, estar en un país de imbéciles tratando de educar imbéciles.
            El folleto sobre hechicería se vende aún en las librerías de barato, entre consejos del enamorado y colecciones de chistes. Es sólo una revisión apresurada de sistemas y propósitos a través de los tiempos, pero en la página 38 Aurora, Cecilia y Neli deben de haber descubierto un párrafo clave. Sobre una estatuita de cera confeccionada lo mejor posible, de modo que recuerde a la persona a quien se quiere hacer daño, se fijan cabellos, un diente de la víctima, o raspaduras de sus uñas, después cada día y a hora determinada se traspasa la efigie con un alfiler en el lugar del corazón, pronunciando palabras para multiplicar la intención de hacer mal, incluso hasta determinar la muerte. Neli quedó en buscar más informes: su nana decía ser de un pueblo de brujos y la muchacha le hizo repetir la historia de un alcalde impopular muerto a los seis meses de haber ocupado su cargo sin que ningún médico pudiera definir la enfermedad que lo desgastaba.
            —¿Y qué tenía, nana?
            —Qué iba a tener. Chico trabajote que le hicieron.
            —¿Y cómo?
            —Pues como los hacen, niña.
            —¿Cómo?
            —Uh, hay tantos modos.
            —¿Tú sabes algunos?
            —De saber sí, pero con eso mejor ni meterse. Luego viene el coletazo. Los espíritus te ayudan pero te cobran.
            —Se hacen cosas con muñecos ¿verdad?
            —Sí, muñecos o retratos.
            —Uñas o cabellos.
            —Mjú. O así, cualquier cosa de la persona. Ropa sin lavar, algo de su puño y letra.
            —¿Y alfileres?
            —Alfileres donde se le quiere meter la dolencia.
            —¿Y qué más?
            —Agua serenada. Tierra. Luego entierran todo para fijar el trabajo. ¿Pero por qué quieres saber?
            —No, por nada.
            Cecilia encontró entre los libros de su padre Las Raíces Medievales del Romanticismo Alemán por Suárez Esponda, con retrato del autor como frontispicio, y Aurora, no tuvo que seguir batallando con el trozo de cera que consiguió. El poder usar una muestra de escritura en vez de uñas, dientes o cabellos también facilitó las cosas. Después de una clase las muchachas se acercaron al maestro para pedirle un autógrafo en sus Raíces.
            —¿Piensan leer esto? —sonrió Esponda—. No creo que le entiendan mucho.
            —Haremos lo posible, maestro.
            —Deberían decir más bien lo imposible, si sus posibilidades son las que demuestran en clase —Esponda se caló los anteojos y probó su pluma fuente—. ¿La dedicatoria es para tres?
            —Sí maestro.
            Esponda escribió con letra recta de trazos gruesos: ‘A mis estimadas alumnas (aquí los tres nombres completos sin que preguntara ninguno)  esperando que el camino del saber sea para ellas un sendero de rosas’. A continuación una cita en latín y la firma garigoleada. Le dieron las gracias luchando por asimilar la reacción provocada por la frase cursi: Sentí no sé qué; se me hizo feo pensar en lo que íbamos a hacer con su libro. Pero Esponda deshizo la pugna:
            —No crean que por comprar mis libros voy a pasarlas de año. Si lo hicieron con ese fin, considérenlo una inversión perdida.
            Cerca de la casa de Aurora había una zona poco poblada: lotes baldíos, construcciones y una construcción abandonada que fue el lugar elegido. Cada una, apoyada por las otras, dijo a sus padres que en la escuela iba a ponerse una obra de teatro (era cierto pero ellas no participaban) y que los ensayos eran nocturnos. La primera reunión fue bajo la luna llena a eso de las nueve. Neli llevaba una pala de jardinería y Cecilia una cantimplora de plástico llena de agua serenada; en el camino compraron un peso de alfileres. A la luz de la luna recorrieron con leve pavor la estructura frustrada por si algún limosnero estaba instalado allí. Olía a excremento —la noche siguiente Cecilia llevó un desodorante con aroma de pino. Despejaron un sector en el espacio que habría sido la estancia. Cavaron una fosa pequeña para la dedicatoria y el retrato. Cecilia jugueteaba con los alfileres.
            —¿Dónde los clavamos?
            —En las piernas —dijo Aurora—; que le den reumas.
            Faltaba la invocación: Neli decidió improvisarla. Sin duda la importante eran la intención y la intensidad —ella misma nunca se sentía tan cerca de Dios repitiendo padrenuestros como hablándole directamente en una combinación de fórmulas respetuosas y súplicas amplificadas por la repetición: Dios omnipotente, haz que pase la prueba de álgebra, tú que todo lo puedes haz que pase, haz que pase la prueba de álgebra, la prueba de álgebra, Dios misericordioso. Aquí era algo como: llévale, llévale, llévale este daño, espíritu grande y fuerte, te invocamos, te rogamos, espíritu poderoso, llévale este daño —una y otra vez todas juntas, el sonsonete triple acumulándose hasta que la materialización de la energía multiplicada parecía inminente: Neli abrió de pronto los ojos al sentir (“Te juro”) que algo, una forma basta hecha de luz de luna, un gigante sin facciones estaba allí entre ellas con u pie a cada lado de la fosa. Y su mirada encontró la de Aurora, fija en el mismo punto: golpe de terror casi placentero porque también  era conciencia de poder. Neli bajo la cara y abrió los brazos en forma de cruz y alzó la voz y las otras la imitaron —tres muchachas de quince o dieciséis años arrodilladas alrededor de un hoyo donde Guillermo Suarez Esponda, en una biblioteca con chimenea, miraba sereno hacia las estrellas. Ya no había necesidad de consultar nada, de ponerse de acuerdo: estaban de acuerdo, cumplían un ritual bien aprendido. Cecilia tomó sus alfileres y pasó los demás. Los clavaron por turno en las pantorrillas de retrato. Neli roció el agua serenada, Aurora empezó a tapar la fosa. Cuando el retrato quedó cubierto Neli dijo: amén, dijeron Aurora y Cecilia y después silencio, acaso chirriar de grillos. Las tres aún de rodillas alrededor del pequeño montículo. Lo apisonaron un poco. Pusieron encima una piedra grande. Dejaron la pala y la cantimplora tras unos yerbajos junto al muro de ladrillo y salieron: en silencio.
            —Mañana hay que traer una lámpara —dijo Cecilia.
            Pasaron los días sin que Esponda se desmejorara: el ritual nocturno se repetía con insistencia algo desesperada, con rabia de posible inutilidad, con anhelo sórdido. Una de las últimas noches se frotaron tierra en la cara, en el pecho rasgando las blusas, en las piernas, invocando siempre. A la mañana siguiente Neri lloró mirando un arañazo que se había hecho al prender con alfileres la blusa —lloró sin saber por qué, con deploración demasiado grande para venir de remordimiento. ‘Como que ya no era juego’ dice ‘era —no sé, como masturbarse, no sé si me entiendas’. Invocar impulsos vergonzantes, dejarnos poseer por ellos y cuando la posesión termina el monstruo sigue allí, tarda en regresar al centro oscuro donde habita y uno lo mira y dice: ¿este soy yo? Pero además era masturbarse en complicidad, frente a espejos. Cecilia fue la primera en ceder a la tensión: faltó una noche y sus compañeras la esperaron un rato y luego volvieron a sus casas sin quedar en verse otro día. Poco después hubo vacaciones de semana santa; todas salieron de la ciudad con sus familias. Y de regreso en la escuela, la presencia de un nuevo maestro de literatura: Suarez Esponda estaba enfermo. Ulceras en las piernas. No comentaron nada entre sí, se hicieron desentendidas. De hecho, ya casi ni me hablaban; a la salida cada quien se iba por su lado y las reuniones para hacer la tarea eran con otras amigas.
Tras una de esas reuniones, Neli pasó cierta noche frente a la casa que Aurora había identificado una vez como la de Esponda: grande, gris y vieja, con señales de descuido ausentes sólo del jardín. Miró un rato las ventanas iluminadas antes de cruzar la calle y llamar. Acudió una mujer rubia y gruesa, la esposa alemana del maestro.
            —Ah, viene viene ver profesor, él dará gusto. Pase. favor.
            Esponda estaba en la biblioteca, tras su escritorio. La saludó por apellido, la invitó a sentarse e hizo una seña a su mujer, quien empujó la silla de ruedas hasta dejarla, obedeciendo otro ademán, delante de la chimenea que aparecía en el retrato sepultado. Esponda miró a Neli y alzó levemente las cejas como si estuviese en clase y acabara de hacerle una pregunta.
            —Vine a ver cómo seguía, maestro.
            —Te lo agradezco mucho, aunque habrías podido venir a mejor hora.
            —Es que estaba por aquí.
            —Sí, sí, te lo agradezco. ¿Qué dice la escuela?
            —Pues… como siempre. ¿Va a regresar pronto?
            —No lo creo. Esto no cicatriza.
            Esponda señaló despectivo la manta a cuadros que cubría sus piernas. Luego suspiró. Luego miró a Neli con sorna.
            —Les dará mucho gusto ¿verdad?
            —No maestro —protestó ella débilmente—, cómo cree.
            —¿Cómo? Fácil: me doy cuenta de las cosas. Los imagino a todos felices: el Paso del Ganso está fuera de combate.
            Neli se ruborizó. De pie junto a su marido, la alemana escuchaba con sonrisa afable, mirando de uno a otro.
            —Así me dicen ¿no?
            —Algunos… pero.
            —Tendrán que buscarme un apodo más coherente. No les será difícil. El Tullido. El Ganso Tullido. El… pero ustedes tienen más inventiva que yo para esas cuestiones.
            —Maestro, no es cierto.
            —¿Qué? ¿No es cierto qué?
            Esponda golpeó los brazos de la silla y adelantó bruscamente el cuerpo como para levantarse. Hizo una mueca de dolor y se echó para atrás con un gemido atorado en la garganta. Su esposa gritó: —¡Willi! y se inclinó sobre él hablándole aprisa en alemán. Él contestó algo, rechazándola. Su cara brillaba de sudor.
            —Mira hija, yo sé cómo son las cosas —dijo con voz cansada—. Pero ni modo. O se es un maestro popular o se es un buen maestro. Yo soy, creo ser un buen maestro. No en balde.
            Hizo un ademán incompleto y dejó que su esposa le enjugara la frente. Neli miró los diplomas sobre la chimenea, los estantes llenos de libros, el busto de Goethe sobre el escritorio y de nuevo a Esponda y su mujer.
            —En Europa pude lograr 100 veces más de lo que es posible aquí —dijo él—. Y sin embargo aquí estoy. Idealismo estúpido, patrioterismo, llámalo como quieras. Pero no hay por qué hablar de eso. Tú viniste a saludarme y te lo agradezco mucho. De veras. Y perdóname que te despida ahora, pero es tarde y tengo trabajo.
            Neli caminó largo rato, con una urgencia indefinida que se aclaró frente a la construcción abandonada. Todo estaba en su sitio. Neli apartó la piedra y empezó a cavar con rapidez. La dedicatoria deslavada, el retrato carcomido por manchas negras —Esponda de pie en su biblioteca, mirando al frente con un alfiler clavado en el corazón. Neli lo vio con espanto incrédulo, lo arrancó cautamente como una astilla encajada en carne viva. Quitó los alfileres de las piernas. Recogió la foto húmeda y alzó al cielo los ojos cerrados. Dios, haz que sane, Dios de bondad, haz que sane. Pero no era Dios quien escuchaba sino la forma sin rostros y el retrato era un trozo de carne amputada en las manos de Neli. Lo dejó caer y huyó.

            Esponda murió unos días más tarde: falla cardiaca. El intento salvador de Neli no dio resultado —o bien Aurora o Cecilia, la que clavó el alfiler en el corazón, volvió más tarde a proseguir el rito. ‘O a lo mejor todo fue casualidad’. Si es cierto algo tiene que ser cierto todo ¿no? Y no hubo coletazo; que yo sepa, a ninguna de nosotras le ocurrió nada. El año pasado vi a Aurora y Cecilia en una reunión de exalumnas; están bien, están contentas, se casaron también. Claro que a lo mejor más adelante, Dios no lo quiera. ‘Te juro, no sé todavía qué pensar de todo eso’. Yo tampoco, pero creo saber cómo terminar esta transcripción: con la imagen de una muchacha sola ante la fosa del ritual en el centro de aquel edificio inconcluso, dilapidado, apestoso a excremento; en el lugar oscuro de la pasión a la que algo en ella ha cedido —una sola voz pronunciando plegarias ominosas, una sola posesión realizando los gestos frenéticos que ya ninguna otra refleja, una entrega libre a una vergüenza solitaria. Casi no importa cómo llegó allí esa muchacha —si obsesionada largamente por el regusto de un poder ejercido, de un abandono violento, o si inspirada por la idea de reparar los efectos de haber cedido a la tentación que la aguardaba, que la avasalló de nuevo al contacto con los instrumentos de poderío y entrega. No sé por qué siempre me imagino esta escena veo a Neli con su cabello corto, con su cara dulce mirar la foto del maestro y quitarle de las piernas (despacio, casi con ternura) un alfiler oxidado y luego hundírselo en el lado izquierdo del pecho. No sé por qué la veo a ella. Sin duda porque no conozco a las otras dos.

jueves, 20 de marzo de 2014

Lec 20

Importancia de las redes Sociales para los Jóvenes

Profra. Alegría Fernández Gutiérrez                                                                                                     Lectura 20





Internet se ha vuelto parte esencial de nuestra vida, pero para estudiantes y jóvenes profesionales el impacto es aún mayor, veamos a continuación un estudio sobre la importancia que tiene Internet para los usuarios.
A pesar que todavía existe una brecha digital contundente, Internet para quienes pueden acceder a ella se ha convertido en el medio más importante de información y comunicación, incluso con el uso creciente de smartphones los dispositivos móviles podrían desplazar a las laptops, como el aparato predilecto de los usuarios.




Definitivamente las redes sociales son parte también de la creciente importancia de Internet para estudiantes y jóvenes profesionales, por la información a la que pueden acceder y por los contactos que hacen. 



jueves, 6 de marzo de 2014

Lectura 19


Eclipse

PROFRA. ALEGRÍA FERNÁNDEZ                                                            STEPHENIE MEYER


FUEGO Y HIELO
Unos dicen que el mundo sucumbirá en el fuego,
otros dicen que en hielo.
Por lo que yo he probado del deseo
estoy con los que apuestan por el fuego.
Pero si por dos veces el mundo pereciera
creo que conozco lo bastante el odio
para decir que, en cuanto a destrucción,
también el hielo es grande
y suficiente.
Robert Frost


Ultimátum
Bella:
No sé por qué te empeñas en enviarle notas a Billy por medio de Charlie como  si  estuviéramos  en  el  colegio.  Si  quisiera  hablar  contigo,  habría contestado la 
Ya tomaste tu decisión, ¿verdad? No puedes tenerlo todo cuando
¿Qué parte de “enemigos mortales” es la que te resulta tan complicada de mira, ya sé que me estoy comportando como un estúpido, pero es que no veo otra forma. No podemos ser amigos cuando te pasas todo el tiempo con esa pan de …
Simplemente, lo paso peor cuando pienso en ti demasiado, Así que no me escribas más
Bueno,  yo  también  te  echo  de  menos.  Mucho.  Aunque  eso  no  cambia nada. Lo siento.
Jacob

Deslicé los dedos por la página y sentí las marcas donde él había apretado con tanta fuerza el bolígrafo contra el papel que casi había llegado a romperlo. Podía imaginármelo mientras escribía, le veía garabateando aquellas palabras llenas de ira con su tosca letra, acuchillando una línea tras otra cuando sentía que las palabras empleadas no reflejaban su  voluntad,  quizá  hasta  partir  el  bolígrafo  con  esa  manaza  suya;  esto  explicaría  las manchas de tinta. Me imaginaba su frustración, lo veía fruncir las cejas negras y arrugar el ceño. Si hubiera estado allí, casi me hubiera echado a reír. Te va a dar una hemorragia cerebral, Jacob, le habría dicho. Simplemente, escúpelo.
Aunque lo último que  me apetecía en esos  momentos, al releer las palabras que  ya casi había memorizado, era echarme a reír. No me sorprendió su respuesta a mi nota de súplica,  que le  había  enviado con Billy,  a través  de  Charlie,  justo como hacíamos  en  el instituto, tal como él había señalado. Conocía en esencia el contenido de su réplica antes incluso de abrirla.
Lo  que  resultaba  sorprendente  era  lo  mucho  que  me  hería  cada  una  de  las  líneas tachadas,  como  si  los  extremos  de  las  letras  estuvieran  rematados  con  cuchillos.  Más aún, detrás de cada violento comienzo, se arrastraba un inmenso pozo de sufrimiento; la pena de Jacob me dolía más que la mía propia.
Mientras reflexionaba acerca de todo aquello, capté el olor inconfundible de algo que se quemaba en la cocina. En cualquier otro hogar no hubiera resultado preocupante que cocinase alguien que no fuera yo.
Metí  el  papel  arrugado  en  el  bolsillo  trasero  de  mis  pantalones  y  eché  a  correr, bajando las escaleras en un tiempo récord.
El  bote  de  salsa  de  espaguetis  que  Charlie  había  metido  en  el  microondas  apenas había dado una vuelta cuando tiré de la puerta y lo saqué.
—¿Qué es lo que he hecho mal? —inquirió Charlie.
—Se  supone  que  debes  quitarle  la  tapa  primero,  papá.  El  metal  no  va  bien  en  los microondas.
La retiré precipitadamente mientras hablaba; vertí la mitad de la salsa en un cuenco para luego introducirlo en el microondas y devolví el bote al frigorífico; ajusté el tiempo y apreté el botón del encendido.
Charlie observó mis arreglos con los labios fruncidos.
—¿Puse bien los espaguetis, al menos?
Miré la cacerola en el fogón, el origen del olor que me había alertado.
—Estarían mejor si los hubieras movido —repuse con dulzura.
Encontré  una  cuchara  e  intenté  despegar  el  pegote  blandengue  y  chamuscado  del fondo.
Charlie suspiró.
—Bueno, ¿se puede saber qué intentas? —le pregunté.
Cruzó los brazos sobre el pecho y miró la lluvia que caía a cántaros a través de las ventanas traseras.
—No sé de qué me hablas —gruñó.
Estaba perpleja. ¿Cómo era que papá se había puesto a cocinar? ¿Y a qué se debía esa actitud hosca? Edward todavía no había llegado. Por lo general, mi padre reservaba
este  tipo  de  actitud  a  beneficio  de  mi  novio,  haciendo  cuanto  estaba  a  su  alcance  para evidenciar con claridad la acusación de persona no grata con cada una de sus posturas y palabras. Los esfuerzos de Charlie eran del todo innecesarios, ya que Edward sabía con exactitud lo que mi padre pensaba sin necesidad de la puesta en escena.
Seguí  rumiando  el  término  «novio»  con  esa  tensión  habitual  mientras  removía  la comida.  No  era  la  palabra  correcta,  en  absoluto.  Se  necesitaba  un  término  mucho  más
expresivo  para  el  compromiso  eterno,  pero  palabras  como  «destino»  y  «sino»  sonaban muy mal cuando las introducías en una conversación corriente.
Edward tenía otra palabra en mente y ese vocablo era el origen de la tensión que yo sentía. Sólo pensarla me daba dentera.
Prometida. Ag. La simple idea me hacía estremecer.
—¿Me he perdido algo? ¿Desde cuándo eres tú el que hace la cena? —le pregunté a
Charlie. El grumo de pasta burbujeaba en el agua hirviendo mientras intentaba desleírlo—
. O más bien habría que decir, «intentar» hacer la cena.
Charlie se encogió de hombros.
—No hay ninguna ley que me prohiba cocinar en mi propia casa.
—Tú sabrás —le repliqué, haciendo una mueca mientras miraba la insignia prendida en su chaqueta de cuero.
—Ja. Esa ha sido buena.
Se desprendió de la chaqueta con un encogimiento de hombros porque mi mirada le había recordado que aún la llevaba puesta, y la colgó del perchero donde guardaba sus bártulos.  El  cinturón  del  arma  ya  estaba  en  su  sitio,  pues  hacía  unas  cuantas  semanas que  no  había  tenido  necesidad  de  llevarlo  a  comisaría.  No  se  habían  dado  más desapariciones inquietantes que preocuparan a la pequeña ciudad de Forks, Washington,
ni  más  avistamientos  de  esos  gigantescos  y  misteriosos  lobos  en  los  bosques  siempre húmedos a causa de la pertinaz lluvia...
Pinché  los  espaguetis  en  silencio,  suponiendo  que  Charlie  andaría  de  un  lado  para otro  hasta  que  hablara,  cuando  le  pareciera  oportuno,  de  aquello  que  le  tenía  tan nervioso. Mi padre no era un hombre de muchas palabras y el esfuerzo de organizar una cena, con los manteles puestos y todo, me dejó bien claro que le rondaba por la cabeza un número poco frecuente de palabras.
Miré el reloj de forma rutinaria, algo que solía hacer a esas horas cada pocos minutos.
Me quedaba menos de media hora para irme.
Las tardes eran la peor parte del día para mí. Desde que mi antiguo mejor amigo, y
hombre  lobo, Jacob  Black,  se  había  chivado  de  que  había  estado  montando  en moto  a escondidas -una traición que había ideado para conseguir que mi padre no me dejara salir y no pudiera estar con mi novio, y vampiro, Edward Cullen-, sólo me permitían ver a este último desde las siete hasta las nueve y media de la noche, siempre dentro de los límites de  las  paredes  de  mi  casa  y  bajo  la  supervisión  de  la  mirada  indefectiblemente refunfuñona de mi padre.
En  realidad,  Charlie  se  había  limitado  a  aumentar  un  castigo  previo,  algo  menos estricto,  que  me  había  ganado  por  una  desaparición  sin  explicación  de  tres  días  y  un episodio de salto de acantilado. De todos modos, seguía viendo a Edward en el instituto, porque no había nada que mi progenitor pudiera hacer al respecto. Y además, Edward pasaba casi todas las noches en mi  habitación,  aunque  Charlie  no  tuviera  conocimiento  del  hecho.  Su  habilidad  para escalar con facilidad y silenciosamente hasta mi ventana en el segundo piso era casi tan útil como su capacidad de leer la mente de mi padre.
Por  ello,  sólo  podía  estar  con  mi  novio  por  las  tardes,  y  eso  bastaba  para  tenerme inquieta y para que las horas pasaran despacio. Aguantaba mi castigo sin una sola queja, ya que, por una parte, me lo había ganado, y  por otra, no soportaba la idea  de  hacerle daño  a  mi  padre  marchándome  ahora  que  se  avecinaba  una  separación  mucho  más permanente, de la que él no sabía nada, pero que estaba tan cercana en mi horizonte.
Mi  padre  se  sentó  en  la  mesa  con  un  gruñido  y  desplegó  el  periódico  húmedo  que había allí; a los pocos segundos estaba chasqueando la lengua, disgustado.
—No sé para qué lees las noticias, papá. Lo único que consigues es fastidiarte.
Me ignoró, refunfuñándole al papel que sostenía en las manos.
—Éste es el motivo por el que todo el mundo quiere vivir en una ciudad pequeña. ¡Es temible!
—¿Y qué tienen ahora de malo las ciudades grandes?
—Seattle está echando una carrera a ver si se convierte en la capital del crimen del país.  En  las  últimas  dos  semanas  ha  habido  cinco  homicidios  sin  resolver.  ¿Te  puedes imaginar lo que es vivir con eso? - 8 -
—Creo  que  Phoenix  se  encuentra  bastante  más  arriba  en  cuanto  a  listas  de
homicidios,  papá,  y  yo  sí  he  vivido  con  eso  —y  nunca  había  estado  más  cerca  de convertirme en víctima de uno que cuando me mudé a esta pequeña ciudad, tan segura.
De hecho, todavía tenía bastantes peligros acechándome a cada momento... La cuchara me tembló en las manos, agitando el agua.
—Bueno, pues no hay dinero que pague eso —comentó Charlie.
Dejé de intentar salvar la cena y me senté para servirla; tuve que usar el cuchillo de la carne para poder cortar una ración de espaguetis para Charlie y otra para mí, mientras él me miraba con expresión avergonzada. Mi padre cubrió su porción con salsa y comenzó a comer.  Yo  también  disimulé  aquel  engrudo  como  pude  y  seguí  su  ejemplo  sin  mucho entusiasmo. Comimos en silencio unos instantes. Charlie todavía revisaba las noticias, así que tomé mi manoseado ejemplar de Cumbres borrascosas de donde lo había dejado en el  desayuno  e  intenté  perderme  a  mi  vez  en  la  Inglaterra  del  cambio  de  siglo,  mientras esperaba que en algún momento él empezara a hablar.
Estaba justo en la parte del regreso de Heathcliff cuando Charlie se aclaró la garganta y arrojó el periódico al suelo.
—Tienes razón —admitió—. Tenía un motivo para hacer esto —movió su tenedor de un lado para otro entre la pasta gomosa—. Quería hablar contigo.
Deje el libro a un lado. Tenía las cubiertas tan vencidas que se quedó abierto sobre la mesa.
—Bastaba con que lo hubieras hecho.
El asintió y frunció las cejas.
—Si lo recordaré para la próxima vez. Creía que haciendo la cena por ti te ablandaría un poco.
Me eche a reír.
—Pues  ha  funcionado.  Tus  habilidades  culinarias  me  han  dejado  como  la  seda.
¿Qué quieres, papá? 
—Bueno, tiene que ver con Jacob.
Sentí cómo se endurecía la expresión de mi rostro.
—¿Qué es lo que pasa con él? —pregunté entre los labios apretados.
—Sé  que  aún  estáis  enfadados  por  lo  que  te  hizo,  pero  actuó  de  modo  correcto.
Estaba siendo responsable.
—Responsable —repetí con tono mordaz mientras ponía los ojos en blanco—. Vale, bien, y ¿qué pasa con él?
Esa pregunta que había formulado de modo casual se repetía dentro de mi mente de forma menos trivial. ¿Qué pasaba con Jacob? ¿Qué iba a hacer con él? Mi antiguo mejor amigo que ahora era... ¿qué? ¿Mi enemigo? Me iba a dar algo.
El rostro de Charlie se volvió súbitamente precavido.
—No te pongas furiosa conmigo, ¿de acuerdo?
—¿Furiosa?
—Bueno, también tiene que ver con Edward. Se me empequeñecieron los ojos. La voz de Charlie se volvió brusca.
—Le he dejado entrar en casa, ¿no?
—Lo  has  hecho  —admití—,  pero  por  periodos  de  tiempo  muy  pequeños.  Claro,
también  me  has  dejado  salir  a  ratos  de  vez  en  cuando  —continué,  aunque  en  plan  de broma; sabía que estaba encerrada hasta que se acabara el curso—. La verdad es que me he portado bastante bien últimamente.
—Bueno, pues ahí quería yo llegar, más o menos...
Y  entonces  la  cara  de  Charlie  se  frunció  con  una  sonrisa  y  un  guiño  de  ojos inesperado; por unos instantes pareció veinte años más joven. Entreví una oscura y lejana posibilidad en aquella sonrisa, pero opté por no precipitarme.
—Me estoy liando, papá. ¿Estamos hablando de Jacob, de Edward o de mi encierro?
La sonrisa flameó de nuevo.
—Un poco de las tres cosas.
—¿Y cómo se relacionan entre sí? —pregunté con cautela.
—Vale —suspiró mientras alzaba las manos simulando una rendición—. Creo que te mereces la libertad condicional por buen comportamiento. Te quejas sorprendentemente poco para ser una adolescente.
Alcé las cejas y el tono de voz al mismo tiempo.
—¿De verdad? ¿Puedo salir?
¿A qué  venía  todo  esto?  Me  había  resignado  a  estar  bajo arresto domiciliario  hasta que  me mudara de forma  definitiva  y Edward no había  detectado  ningún  cambio  en  los pensamientos de Charlie...
Mi padre levantó un dedo.
—Pero con una condición.
Mi entusiasmo se desvaneció.
—Fantástico —gruñí.
—Bella, esto es más una petición que una orden, ¿vale? Eres libre, pero espero que uses esta libertad de forma... juiciosa.
—¿Y qué significa eso?
Suspiró de nuevo.
—Sé que te basta con pasar todo tu tiempo en compañía de Edward...
—También  veo  a  Alice —le interrumpí. La hermana de Edward  no tenía  unas  horas limitadas de visita, ya que iba y venía a su antojo. Charlie hacía lo que a ella le daba la gana.
—Es  cierto  —asintió—,  pero  tú  también  tienes  otros  amigos  además  de  los  Cullen,
Bella. O al menos los tenías.
Nos miramos fijamente el uno al otro durante un largo intervalo de tiempo.
—¿Cuándo fue la última vez que viste a Angela Weber? —me increpó.
—El viernes a la hora de comer —le contesté de forma instantanea.

Antes del regreso de Edward, mis amigos se habían dividido en dos grupos. A mí me gustaba pensar en ello en términos de los buenos contra los malos. También en plan de «nosotros»  y  «ellos».  Los  buenos  eran  Angela,  su  novio  Ben  Cheney  y  Mike  Newton; Todos  me  habían  perdonado  generosamente  por  haber  enloquecido  después  de  la marcha de Edward. Lauren Mallory era el núcleo de los malos, de «ellos», y casi todos los demás, incluyendo mi primera amiga en Forks, Jessica Stanley, parecían felices de llevar al día su agenda anti-Bella.
La línea divisoria se había vuelto incluso más nítida una vez  que Edward regresó al instituto,  un  retorno  que  se  había  cobrado  su  tributo  en  la  amistad  de  Mike,  aunque Angela continuaba inquebrantablemente leal y Ben seguía su estela.
A pesar de la aversión natural que la mayoría de los humanos sentía hacia los Cullen, Angela se sentaba de manera diligente al lado de Alice todos los días a la hora de comer.
Después de unas cuantas semanas, Angela incluso parecía encontrarse cómoda allí. Era difícil no caer bajo el embrujo de los Cullen, una vez que alguien les daba la oportunidad de ser encantadores.
—¿Fuera del colegio? —me preguntó Charlie, atrayendo de nuevo mi atención.
—No he podido ver a nadie fuera del colegio, papá. Estoy castigada, ¿te acuerdas? Y Angela  también  tiene  novio,  siempre  está  con  Ben.  Si  realmente  llego  a  estar  libre  — añadí, acentuando mi escepticismo—, quizás podamos salir los cuatro.
—Vale, pero entonces... —dudó—. Jake y tú parecíais muy unidos, y ahora...
Le corté.
—¿Quieres ir al meollo de la cuestión, papá? ¿Cuál es tu condición, en realidad?
—No creo que debas deshacerte de todos tus amigos por tu novio, Bella —espetó con dureza—. No está bien y me da la impresión de que tu vida estaría mejor equilibrada si hubiera más gente en ella. Lo que ocurrió el pasado septiembre... —me estremecí—. Bien
—continuó,  a  la  defensiva—,  aquello  no  habría  sucedido  si  hubieras  tenido  una  vida aparte de Edward Cullen.
—No fue exactamente así —murmuré.
—Quizá, a lo mejor no.
—¿Cuál es la condición? —le recordé.
—Que uses tu nueva libertad para verte también con otros amigos. Que mantengas el equilibrio.
Asentí con lentitud.
—El  equilibrio  es  bueno,  pero,  entonces,  ¿debo  cubrir  alguna  cuota  específica  de tiempo con ellos?
Hizo una mueca, pero sacudió la cabeza.
—No quiero que esto se complique de modo innecesario. Simplemente, no olvides a tus amigos...

Éste era un dilema con el que yo ya había comenzado a luchar. Mis amigos. Gente a la que, por su propia seguridad, tendría que no volver a ver después de la graduación.