domingo, 25 de junio de 2017

LECTURA 20 "EL CORAZÓN DELATOR" 



¡Es verdad! Soy nervioso, terriblemente nervioso. Siempre lo he sido y lo soy, pero, ¿podría decirse que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, no los había destruido ni apagado. Sobre todo, tenía el sentido del oído agudo. Oía todo sobre el cielo y la tierra. Oía muchas cosas del infierno. Entonces, ¿cómo voy a estar loco? Escuchen y observen con qué tranquilidad, con qué cordura puedo contarles toda la historia. 
Me resulta imposible decir cómo surgió en mi cabeza esa idea por primera vez; pero, una vez concebida, me persiguió día y noche. No perseguía ningún fin. No había pasión. Yo quería mucho al viejo. Nunca me había hecho nada malo. Nunca me había insultado. no deseaba su oro. Creo que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre. Era un ojo de un color azul pálido, con una fina película delante. Cada vez que posaba ese ojo en mí, se me enfriaba la sangre; y así, muy gradualmente, fui decidiendo quitarle la vida al viejo y quitarme así de encima ese ojo para siempre. 
Pues bien, así fue. Usted creerá que estoy loco. Los locos no saben nada. Pero debería haberme visto. Debería usted haber visto con qué sabiduría procedí, con qué cuidado, con qué previsión, con qué disimulo me puse a trabajar. Nunca había sido tan amable con el viejo como la semana antes de matarlo. Y cada noche, cerca de medianoche, yo hacía girar el picaporte de su puerta y la abría, con mucho cuidado. Y después, cuando la había abierto lo suficiente para pasar la cabeza, levantaba una linterna cerrada, completamente cerrada, de modo que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Cómo se habría reído usted si hubiera visto con qué astucia pasaba la cabeza! La movía muy despacio, muy lentamente, para no molestar el sueño del viejo. Me llevaba una hora meter toda la cabeza por esa abertura hasta donde podía verlo dormir sobre su cama. ¡Ja! ¿Podría un loco actuar con tanta prudencia? Y luego, cuando mi cabeza estaba bien dentro de la habitación, abría la linterna con cautela, con mucho cuidado (porque las bisagras hacían ruido), hasta que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Hice todo esto durante siete largas noches, cada noche cerca de las doce, pero siempre encontraba el ojo cerrado y era imposible hacer el trabajo, ya que no era el viejo quien me irritaba, sino su ojo. Y cada mañana, cuando amanecía, iba sin miedo a su habitación y le hablaba resueltamente, llamándole por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Por tanto verá usted que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que cada noche, a las doce, yo iba a mirarlo mientras dormía. 
La octava noche, fui más cuidadoso cuando abrí la puerta. El minutero de un reloj de pulsera se mueve más rápido de lo que se movía mi mano. Nunca antes había sentido el alcance de mi fuerza, de mi sagacidad. Casi no podía contener mis sentimientos de triunfo, al pensar que estaba abriendo la puerta poco a poco, y él ni soñaba con el secreto de mis acciones e ideas. Me reí entre dientes ante esa idea. Y tal vez me oyó porque se movió en la cama, de repente, como sobresaltado. 

 Pensará usted que retrocedí, pero no fue así. Su habitación estaba tan negra como la noche más cerrada, ya que él cerraba las persianas por miedo a que entraran ladrones; entonces, sabía que no me vería abrir la puerta y seguí empujando suavemente, suavemente. 
Ya había introducido la cabeza y estaba para abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló con el cierre metálico y el viejo se incorporó en la cama, gritando: 
-¿Quién anda ahí? 
Me quedé quieto y no dije nada. Durante una hora entera, no moví ni un músculo y mientras tanto no oí que volviera a acostarse en la cama. Aún estaba sentado, escuchando, como había hecho yo mismo, noche tras noche, escuchando los relojes de la muerte en la pared. 
Oí de pronto un quejido y supe que era el quejido del terror mortal, no era un quejido de dolor o tristeza. ¡No! Era el sonido ahogado que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Yo conocía perfectamente ese sonido. Muchas veces, justo a medianoche, cuando todo el mundo dormía, surgió de mi pecho, profundizando con su temible eco, los terrores que me enloquecían. Digo que lo conocía bien. Sabía lo que el viejo sentía y sentí lástima por él, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Sabía que él había estado despierto desde el primer débil sonido, cuando se había vuelto en la cama. Sus miedos habían crecido desde entonces. Había estado intentando imaginar que aquel ruido era inofensivo, pero no podía. Se había estado diciendo a sí mismo: "No es más que el viento en la chimenea, no es más que un ratón que camina sobre el suelo", o "No es más que un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de convencerse de estas suposiciones, pero era en vano. Todo en vano, ya que la muerte, al acercársele se había deslizado furtiva y envolvía a su víctima. Y era la fúnebre influencia de aquella imperceptible sombra la que le movía a sentir, aunque no veía ni oía, a sentir la presencia dentro de la habitación. 
Cuando hube esperado mucho tiempo, muy pacientemente, sin oír que se acostara, decidí abrir un poco, muy poco, una ranura en la linterna. Entonces la abrí -no sabe usted con qué suavidad- hasta que, por fin, su solo rayo, como el hilo de una telaraña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo del buitre. 
Estaba abierto, bien abierto y me enfurecí mientras lo miraba, lo veía con total claridad, de un azul apagado, con aquella terrible película que me helaba el alma. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo, ya que había dirigido el rayo, como por instinto, exactamente al punto maldito. 
¿No le he dicho que lo que usted cree locura es solo mayor agudeza de los sentidos? Luego llegó a mis oídos un suave, triste y rápido sonido como el que hace un reloj cuando está envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latido del corazón del viejo. Aumentó mi furia, como el redoblar de un tambor estimula al soldado en batalla. 
Sin embargo, incluso en ese momento me contuve y seguí callado. Apenas respiraba. Mantuve la linterna inmóvil. Intenté mantener con toda firmeza la luz sobre el ojo. Mientras tanto, el infernal latido del corazón iba en aumento. Crecía cada vez más rápido y más fuerte a cada instante. El terror del viejo debe haber sido espantoso. Era cada vez más fuerte, más fuerte... ¿Me entiende? Le he dicho que soy nervioso y así es. Pues bien, en la hora muerta de la noche, entre el atroz silencio de la antigua casa, un ruido tan extraño me excitaba con un terror incontrolable. Sin embargo, por unos minutos más me contuve y me quedé quieto. Pero el latido era cada vez más fuerte, más fuerte. Creí que aquel corazón iba a explotar. Y se apoderó de mí una nueva ansiedad: ¡Los vecinos podrían escuchar el latido del corazón! ¡Al viejo le había llegado la hora! Con un fuerte grito, abrí la linterna y me precipité en la habitación. 

 El viejo clamó una vez, sólo una vez. En un momento, lo tiré al suelo y arrojé la pesada cama sobre él. Después sonreí alegremente al ver que el hecho estaba consumado. Pero, durante muchos minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Sin embargo, no me preocupaba, porque el latido no podría oírse a través de la pared. Finalmente, cesó. 
El viejo estaba muerto. Quité la cama y examiné el cuerpo. Sí, estaba duro, duro como una piedra. Pasé mi mano sobre el corazón y allí la dejé durante unos minutos. No había pulsaciones. Estaba muerto. Su ojo ya no me preocuparía más. 
Si aún me cree usted loco, no pensará lo mismo cuando describa las sabias precauciones que tomé para esconder el cadáver. La noche avanzaba y trabajé con rapidez, pero en silencio. En primer lugar descuarticé el cadáver. 
Le corté la cabeza, los brazos y las piernas. Después levanté tres planchas del suelo de la habitación y deposité los restos en el hueco. Luego coloqué las tablas con tanta inteligencia y astucia que ningún ojo humano, ni siquiera el suyo, podría haber detectado nada extraño. No había nada que limpiar; no había manchas de ningún tipo, ni siquiera de sangre. Había sido demasiado precavido para eso. Todo estaba recogido. ¡Ja, ja! 
Cuando terminé con estas tareas, eran las cuatro... Todavía oscuro como medianoche. Al sonar la campanada de la hora, golpearon la puerta de la calle. Bajé a abrir muy tranquilo, ya que no había anda que temer. Entraron tres hombres que se presentaron, muy cordialmente, como oficiales de la policía. Un vecino había oído un grito durante la noche, por lo cual había sospechas de algún atentado. Se había hecho una denuncia en la policía, y ellos, los oficiales, habían sido enviados a registrar el lugar. Sonreí, ya que no había nada que temer. Di la bienvenida a los caballeros. Dije que el alarido había sido producido por mí durante un sueño. Dije que el viejo estaba fuera, en el campo. Llevé a los visitantes por toda la casa. Les dije que registraran bien. Por fin los llevé a su habitación, les enseñé sus tesoros, seguros e intactos. En el entusiasmo de mi confianza, llevé sillas al cuarto y les dije que descansaran allí mientras yo, con la salvaje audacia que me daba mi triunfo perfecto, colocaba mi silla sobre el mismo lugar donde reposaba el cadáver de la víctima. 
Los oficiales se mostraron satisfechos. Mi forma de proceder los había convencido. Yo me sentía especialmente cómodo. Se sentaron y hablaron de cosas comunes mientras yo les contestaba muy animado. Pero, de repente, empecé a sentir que me ponía pálido y deseé que se fueran. Me dolía la cabeza y me pareció oír un sonido; pero se quedaron sentados y siguieron conversando. El ruido se hizo más claro, cada vez más claro. Hablé más como para olvidarme de esa sensación; pero cada vez se hacía más claro... hasta que por fin me di cuenta de que el ruido no estaba en mis oídos. 
Sin duda, me había puesto muy pálido, pero hablé con más fluidez y en voz más alta. Sin embargo, el ruido aumentaba. ¿Qué hacer? Era un sonido bajo, sordo, rápido... como el sonido de un reloj de pulsera envuelto en algodón. Traté de recuperar el aliento... pero los oficiales no lo oyeron. Hablé más rápido, con más vehemencia, pero el ruido seguía aumentando. Me puse de pie y empecé a discutir sobre cosas insignificantes en voz muy alta y con violentos gestos; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Caminé de un lado a otro con pasos fuerte, como furioso por las observaciones de aquellos hombres; pero el sonido seguía creciendo. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Me salía espuma de la rabia... maldije... juré balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del suelo, pero el ruido aumentaba su tono cada vez más. Crecía y crecía y era cada vez más fuerte. Y sin embargo los hombres seguían conversando tranquilamente y sonreían. ¿Era posible que no oyeran? ¡Dios Todopoderoso! ¡No, no! ¡Claro que oían! ¡Y sospechaban! ¡Lo sabían! ¡Se estaban burlando de mi horror! Esto es lo que pasaba y así lo pienso ahora. Todo era preferible a esta agonía. Cualquier cosa era más soportable que este espanto. ¡Ya no aguantaba más esas hipócritas sonrisas! Sentía que debía gritar o morir. Y entonces, otra vez, escuchen... ¡más fuerte..., más fuerte..., más fuerte! 
-¡No finjan más, malvados! -grité- . ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esas tablas!... ¡Aquí..., aquí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón! 



























domingo, 11 de junio de 2017

LECTURA 19 "LA HISTORIA DEL PEDRO EL PESCADOR"

Pedro era un muchacho noble y muy bueno, pero su tiempo de trabajo no le dejaba disfrutar a su padre, un anciano muy enfermo que su misma enfermedad lo hacia una persona insoportable – eso decía toda la gente-, hasta que un buen día Pedro con rabia y con ira, habló con él y le dijo: 

- Padre tengo muchos problemas; las cosas no me salen bien y estoy cansado de esta situación, ¿Qué debo hacer? 

Y el anciano le respondió: 

- Busca en el fondo de ti mismo y encontrarás tu verdad. 

A lo que Pedro respondió: 

- Tú eres igual a todos. No sabes escuchar y con tus palabras me lastimas. 

Enfurecido salió corriendo sin rumbo fijo. 

Ya en su soledad reflexionó y se echó a la mar, buscó en el fondo y encontró las perlas más hermosas jamás vistas y dijo: “Con estas perlas que brillan tanto soy el hombre más rico del mundo”. 

Y sus ansias de riqueza y su egoísmo hicieron que no pensara que cuando se marchó de su hogar dejó postrado a un anciano enfermo, y cuando su bondad lo invadió recordó: “Mi  padre”. 


Ansioso volvió a su casa. Ya adentro vio con tristeza que la perla más hermosa que él tenía y con la cual él había discutido y enfurecido ya se había apagado. Lloró como nunca lo había hecho porque vio que su padre murió solo y sin que él le dijera cuánto lo amaba. Su arrepentimiento lo echó a la mar dónde con tristeza por no haber estado con su padre en sus últimos momentos y no haberle dicho cuánto lo quería, lo dañó tanto que hizo de Pedro un anciano solo y enfermo. Y Pedro que encontró la muerte muy joven, murió sin que su padre escuchara las palabras. ¡Te quiero mucho papá! 

domingo, 28 de mayo de 2017

LECTURA 18 "EL VERDADERO VALOR DEL ANILLO "

Hace mucho tiempo, un joven discípulo acudió a su maestro en busca de ayuda. 

Su gran preocupación era que sentía que no valía para nada y que no hacía nada bien. Quería que los demás le valorasen más. 

El maestro sin mirarlo, le replicó: “Me encantaría poder ayudarte pero en estos momentos estoy ocupado con mis propios quehaceres. Quizás si me ayudes a solucionarlos podría acabarlos antes y ayudarte”. 

El discípulo aceptó a regañadientes ya que de nuevo sintió que sus preocupaciones eran poco valoradas. 

El maestro le entregó un anillo que llevaba en el dedo y le dijo: “Coge un caballo y cabalga hasta el mercado más cercano. Necesito que vendas este anillo para pagar una deuda. Y lo más importante es que trates de conseguir la mayor suma posible pero no aceptes menos de una moneda de oro por él”. 

Y así el discípulo cabalgó hasta el mercado más cercano para vender el anillo. 

Empezó a ofrecer el anillo a diferentes mercaderes que mostraban interés en él hasta que les decía el precio: una moneda de oro. 

La mayor parte de los mercaderes se reían al escuchar la suma, salvo uno de ellos que amablemente le indicó que una moneda de oro era muy valiosa para darla a cambio del anillo. 

Frustrado y cansado, el discípulo cabalgó de nuevo a casa del maestro sabiendo que no había podido cumplir con el encargo que le había hecho. 

“Maestro, no he podido vender tu anillo por una moneda de oro”, le dijo cabizbajo. “Como mucho ofrecían un par de monedas de plata, pero no he podido convencer a nadie sobre el verdadero valor del anillo”. 

“Tienes razón en algo”, le contestó el maestro. “Necesitamos conocer el verdadero valor del anillo”. “Coge de nuevo el caballo y ve a visitar al joyero del pueblo. Pregúntale por el verdadero valor del anillo. Y sobre todo no se lo vendas”. 

Y así cabalgó de nuevo hasta el joyero del pueblo quien, tras examinar detenidamente el anillo, dictaminó que éste valía ¡58 monedas de oro!. 

“¿58 monedas de oro?” replicó el joven asombrado. 
Y con esa buena noticia cabalgó de nuevo a devolverle el anillo a su maestro. 
El maestro, le pidió que se sentase y que escuchase lo que tenía que decirle: 
“Tú eres como este anillo: una joya única y valiosa. Y como tal sólo puede evaluarte un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu valor?”  

FIN… 

miércoles, 17 de mayo de 2017

AVISO

AVISO:

CON EL OBJETO DE APOYAR A LA POBLACIÓN QUE NO HIZO PROCESO PARA PREINSCRIPCIÓN A PRIMER GRADO EN EL MES DE FEBRERO, SE INFORMA QUE SE HARÁ  EL REGISTRO Y APLICACIÓN DE  EXAMEN DE UBICACIÓN, EL DÍA 19 DE MAYO DEL PRESENTE AÑO A LAS 07:00 A.M. EL CENTRO CULTURAL "MANUEL GÓMEZ MORÍN", EN EL ACCESO "B" PLANTA ALTA.
FAVOR DE PRESENTARSE CON LA SIGUIENTE DOCUMENTACION.
* CURP DEL ALUMNO (A)
* ACTA DE NACIMIENTO DEL ALUMNO (A)
*BOLETA DE SEXTO GRADO DE PRIMARIA CON REPORTE HASTA EL CUARTO BIMESTRE
*COMPROBANTE DE DOMICILIO
*LÁPIZ Y GOMA
*TODO EN ORIGINAL

sábado, 13 de mayo de 2017

LECTURA 17 "ZAPATILLAS"



 Durante 14 años el Centro de medicina deportiva de Lyon (Francia) ha estado estudiando las lesiones de los jóvenes deportistas y de los deportistas profesionales. El estudio ha establecido que la mejor medida a tomar es la prevención... y unas buenas zapatillas deportivas. 

Golpes, caídas, desgastes y desgarros. 

El 18 por ciento de los deportistas de entre 8 y 12 años ya tiene lesiones de talón. El cartílago del tobillo de los futbolistas no responde bien a los golpes y el 25 por ciento de los profesionales han descubierto ellos mismos que es un punto especialmente débil. También el cartílago de la delicada articulación de la rodilla puede resultar dañado de forma irreparable y si no se toman las precauciones adecuadas desde la infancia (10-12 años), esto puede causar una artritis ósea prematura. Tampoco la cadera escapa a estos daños y en especial cuando está cansado, el jugador corre el riesgo de sufrir fracturas como resultado de las caídas o colisiones .De acuerdo con el estudio, los futbolistas que llevan jugando más de diez años experimentan un crecimiento irregular de los huesos de la tibia o del talón. 
Esto es lo que se conoce como “pie de futbolista”, una deformación causada por los zapatos con suelas y hormas demasiado flexibles. 

Proteger, sujetar, estabilizar, absorber. 

Si una zapatilla es demasiado rígida, dificulta el movimiento. 
Si es demasiado flexible, incrementa el riesgo de lesiones y esguinces. Un buen calzado deportivo debe cumplir cuatro requisitos: 
En primer lugar, debe proporcionar protección contra factores externos: resistir los impactos del balón o de otro jugador, defender de la irregularidad del terreno y mantener el pie caliente y seco, incluso con lluvia y frío intenso. Debe dar sujeción al pie, y en especial a la articulación del tobillo, para evitar esguinces, hinchazón y otros problemas que pueden incluso afectar a la rodilla. 

También debe proporcionar una buena estabilidad al jugador, de modo que no resbale en suelo mojado o no tropiece en superficies demasiado secas. 

Finalmente, debe amortiguar los golpes, especialmente los que sufren los jugadores de voleibol y baloncesto que continuamente están saltando. 
Pies secos Para evitar molestias menores, pero dolorosas, como ampollas, grietas o “pie de atleta” (infección por hongos), el calzado debe permitir la evaporación del sudor y evitar que penetre la humedad exterior.  

El material ideal es el cuero, que puede haber sido impermeabilizado para evitar que se empape en cuanto llueva. FIN…  

lunes, 1 de mayo de 2017

LECTURA 16 "LOS MILAGROS TAMBIÉN EXISTEN"

Los milagros también existen. Paparruchadas de un viejo decrépito que llevaba más años que yo en aquel calabozo. 
En aquel cuarto oscuro y mugriento, donde me tragué quince años. Pero ya no valía la pena discutir con ese infeliz ni con nadie más en esa jaula de cemento. 
Lo único importante era tener presente que sólo veinte días me separaban de mi ansiada libertad. Las cuentas estaban saldadas con esa hipócrita sociedad que un día pronunció mi encierro. 
Había pasado una eternidad escuchando esas campanadas de la vieja capilla del pueblo. Siempre, a la misma hora, marcándome con sus tañidos monótonos y opacos el paso del tiempo. 
Pero ahora ya no me molestaban, al contrario las sentía cómplices de mis pensamientos. Si de algo estaba orgulloso, era de saber que nadie había podido quebrarme. Sólo el repicar de la campana compartía mi secreto. 
¿Quién iba a pensar que esa humilde construcción de madera y chapa, con una cruz y una campana en el frente, iba a ocultar, en su fondo baldío, el botín de este ingenioso hombre aún en cautiverio? 
Finalmente las puertas del infierno se cerraron a mis espaldas y mi corazón comenzó a latir alocadamente. Sentí que el aire oxigenaba mis pulmones y un soplo de libertad corría por mis venas. 
No había tiempo que perder, tomé mis pocas pertenencias y comencé a caminar con la vista fija en esa cruz que se asomaba tras el follaje de los altos y dorados álamos de la plaza. 
Pero a medida que me acercaba al lugar, mis pasos se hicieron más lentos. No sabía bien lo que estaba pasando. ¿O mi vista me traicionaba o mi razonamiento no podía entenderlo? 
¡La capilla ya no estaba! En su lugar yacía un templo imponente con una campana enorme y la misma cruz en el medio. 
Entré sin pensarlo, me dirigí hacia el altar y, detrás de él, encontré una puerta. Al abrirla, el viejo baldío ya no estaba, su lugar lo ocupaba una gran construcción con pequeñas ventanas a los costados y un portón en el centro. 
Abrí la puerta y al ingresar me encontré con unos tablones gigantes vestidos con manteles floreados y rodeados de sillas; detrás de ellos, yacían tres hileras de camas cubiertas con mantas tejidas a mano de diferentes colores. 
Pero lo que más me sorprendió fue la presencia de una gran salamandra asentada sobre una basa de cemento, justo en el centro, como separando y calentando a la vez ambos ambientes. 
Cuando salí de mi asombro, comprendí que justo ahí, debajo de ese gran escalón de material, estaba mi tesoro, mi botín, mi pasaporte a la felicidad quince años esperado. 
No sé cuánto tiempo pasé arrodillado junto a ella, sin que una sola lágrima me nublara la vista, sin que una sola parte de mi cuerpo se moviera. 
De pronto una mano templada y fuerte se apoyó en mi hombro ya entumecido. 
-Amigo, ¿se siente bien? ¿Puedo ayudarlo? –me interrogó una voz cálida y apacible. 
Como pude me di vuelta y, con su ayuda, logré incorporarme. 
-Soy el párroco de esta iglesia –me dijo y agregó – Si está sólo y sin trabajo ha venido al lugar indicado. En este templo, con la ayuda de los feligreses, hemos construido este albergue para aquellos que necesitan un plato de comida o un lugar para pasar la noche. 
Sin saber por qué aquel día decidí quedarme, fue como si mi destino se hubiese jugado en tan solo un instante. 
Con los años, descubrí que aquella libertad tan anhelada la había permutado por no sentir más la amargura de la soledad y el desamparo. 
Hoy, por primera vez, me siento satisfecho de ser un hombre confiable, tengo amigos y un trabajo digno: encargado del albergue. Me ocupo del jardín, de las luces, de la limpieza y sobre todo de que la salamandra no deje de brindarnos su calor en las frías noches de invierno. 
¿Será verdad que los milagros existen?
FIN.

sábado, 1 de abril de 2017

LECTURA 15 "MI ADOLESCENCIA"


 
En mi adolescencia comprendía muy poco el arte de manejar las emociones no "deseadas" excepto conquistándolas. A menudo identificaba la capacidad de negar y rechazar con la "fortaleza". 
Recuerdo mis sentimientos de soledad, en ocasiones muy dolorosos, y de deseo de alguien con quien poder compartir ideas, intereses y sentimientos. A los dieciséis años acepté la idea de que la soledad era una debilidad y el deseo de intimidad con otra persona representaba un fracaso de la independencia. 
Esta idea no la tenía siempre, sino parte del tiempo, y cuando me venía a la mente no tenía respuesta al dolor, excepto poner en tensión mi cuerpo contra ella, limitar mi respiración, hacerme reproches a mí mismo y buscar distracciones. Intentaba convencerme a mí mismo de que no me importaba. De hecho, me recluí en la alienación como algo virtuoso. 
No daba muchas oportunidades a la gente. Me sentía diferente a todos y veía que esta diferencia era un abismo entre nosotros. Me decía a mí mismo que tenía mis ideas y mis libros, y que con eso era suficiente o debía serlo si confiaba lo suficiente en mí. 
Si hubiese aceptado el carácter natural de mi deseo de contacto humano, habría buscado puentes de entendimiento entre los demás y yo. 
Si me hubiese permitido sentir plenamente el dolor de mi aislamiento, sin reprochármelo, habría hecho amigos de ambos sexos; habría apreciado el interés y benevolencia que a menudo se me ofrecía.  
Si me hubiese dado la libertad de atravesar las etapas normales del desarrollo adolescente y salir de la prisión de mi aislamiento, no me habría preparado para un matrimonio desafortunado. No habría sido tan vulnerable a la primera muchacha que parecía compartir verdaderamente mis intereses. 
Sin duda existían "razones" que explicaban mis áreas de no aceptación de mí mismo, pero eso no importa ahora. Lo que sentía, era lo que sentía, tanto si lo aceptaba o no.  
En algún lugar de mi mente, sabía que estaba condenando y rechazando una parte de mí mismo, la parte que deseaba compañía de otras personas. Estaba en una relación de rechazo a una parte de quien yo era. Por muchas otras áreas de confianza y felicidad que pude disfrutar, me estaba infligiendo una herida a mi autoestima. 
Cuando más tarde aprendí a recuperar las partes de mí mismo negadas, aumentó mi autoestima. 
Como mantener tú autoestima en forma. 
·                Recuerda con frecuencia tus pequeños éxitos. 
·                Identifica tus puntos fuertes y piensa en ellos. 
·                Haz una lista de tus cualidades y recítalas en voz alta ante el espejo. 
·                Escribe en un papel tus propias etiquetas negativas y al lado de ellas escribe una afirmación más compasiva. 
·                Piensa que tú no eres la responsable de que los demás sean felices. Si se enfadan o se sienten mal, no es tu culpa. 
·                No aceptes por las buenas las opiniones de los demás sobre ti. Reflexiona y piensa si están basadas en hechos racionales. 
·                Acepta tus debilidades y errores como comportamientos. Los comportamientos son cosas que se pueden modificar. Los errores no afectan tu valor personal. Tú eres tú y tus errores son acciones que tú puedes corregir y aprender de ellos. 
·                No te compares con los demás. Tú no eres ni inferior ni superior. Tú eres tú misma y sigue por tu propio carril. 
·                No digas sí a todas las cosas que te pidan para que no se enfaden. Intenta comprometerte solo con las cosas que quieras hacer. 
·                Haz lo que tú quieras hacer y no lo que los demás creen que tú debes hacer. 
Una buena forma para mantener una autoestima buena es practicar una serie de dinámicas centradas en mejorar la percepción de nosotros mismos y la proyección que damos a las demás personas. Afecta a personas de todas las edades, Poseer una autoestima alta es fundamental para poder desarrollarnos en la sociedad y en el mundo de una forma sana, por ejemplo, una persona con una autoestima baja no querrá aprender y no aceptará los cambios, mientras que tener una buena autoestima contribuye a tomarnos mejor estas situaciones. 
1.                Cosas que puedo hacer bien: elabora una lista o repasa una serie de tareas donde esa persona ha de clasificar las aptitudes y capacidades que creen tener para realizarlas. El objetivo de este ejercicio es que se den cuenta que, aunque hay cosas que no saben hacer bien, hay otras tantas que se les dan de maravilla. Todos tenemos puntos fuertes y puntos no tan fuertes. 
2.                Como soy yo: haz que elaboren una lista con rasgos de su personalidad tanto positivos como negativos. De esta forma descubrirán que también tienen muchas cosas buenas que ofrecer. Por ejemplo, puede que sean un poco impuntual pero, en cambio, son amigos leales. ¿Y que significan 5 minutos de retraso cuando se puede tener un amigo de verdad? 
3.                Antes y ahora: aquí es necesario que tú les ayudes a resaltar los aspectos en los que ha mejorado con el paso del tiempo, sean grandes o pequeñas cosas. Así la persona con la baja autoestima percibirá que, con el tiempo, su situación ha mejorado aún sin proponerlo y que, si va con una actitud más positiva puede mejorar mucho más. 
4.                Manos, corazón y cabeza: es la forma de referirnos a las cualidades positivas de las habilidades manuales, los sentimientos y las habilidades intelectuales. En este ejercicio se deben resaltar las cosas buenas de la persona en estas tres áreas básicas. Puedes mostrarles trabajos que hayan hecho para ayudarles a valorarse más a sí mismos. 
5.                Recuerdos positivos: una buena forma de mejorar la autoestima de una persona que lo necesite es recordar junto a ella algún episodio positivo del que fueron objeto de reconocimiento social, académico o laboral. Valora su esfuerzo, su dedicación y recuérdale que otras tantas personas hicieron lo mismo. 
6.                Carta de deseos: la persona con baja autoestima debe escribir una carta pidiendo algunos cambios sobre su propia forma de ser. Es recomendable que se empiece por pequeñas cosas que puedan cambiar, de este modo, al percibir su mejora aumentará su autoestima. En cambio, si empiezan por tratar de cumplir grandes metas y no lo consiguen, puede ser peor. 
7.                ¡Sácame los colores!: Este es un ejercicio para hacer con varias personas, quizás los miembros de la familia o junto a algunos amigos. Se trata de hacer una recopilación de los puntos 1 a 5 y centrarlos todos en la misma persona. Una vez finalizado el ejercicio se leerá en voz alta lo que piensan los demás sobre esta persona con baja autoestima y esta persona. Si una persona puede querernos, las otras también podrán. 
8.                Te voy a sorprender: para cambiar la percepción que tienen las demás personas sobre la persona con baja autoestima, esta debe proponerse decirles tres cosas positivas a tres personas distintas. Es un ejercicio que tiene un doble beneficio ya que las personas halagadas se sentirán bien consigo mismas y la persona que lo diga también. 
9.                Nada de activos tóxicos: algunas veces la persona tiene una baja autoestima por su entorno, personas que lo desvalorizan y tratan de anularlo para reafirmarse ellos mismos. Esta es una situación común en adolescentes. Por ello es necesario hacer un paso hacia la madurez y entender que si una persona no nos trata bien no merece la pena que nos preocupemos por sus opiniones sobre nosotros. Solo quiere hacernos daño y recurrirá a mentiras para ello. 
Como último consejo, una buena forma de empezar el día es poner una canción alegre, que nos transmita energía positiva y mirarnos en el espejo durante un minuto repitiéndonos lo geniales que somos y lo bien que haremos nuestras tareas a lo largo del día. Si quieres saber más, te aconsejamos unlibro sobre mejorar la autoestima.¡Aprende a quererte a ti mismo!