lunes, 1 de mayo de 2017

LECTURA 16 "LOS MILAGROS TAMBIÉN EXISTEN"

Los milagros también existen. Paparruchadas de un viejo decrépito que llevaba más años que yo en aquel calabozo. 
En aquel cuarto oscuro y mugriento, donde me tragué quince años. Pero ya no valía la pena discutir con ese infeliz ni con nadie más en esa jaula de cemento. 
Lo único importante era tener presente que sólo veinte días me separaban de mi ansiada libertad. Las cuentas estaban saldadas con esa hipócrita sociedad que un día pronunció mi encierro. 
Había pasado una eternidad escuchando esas campanadas de la vieja capilla del pueblo. Siempre, a la misma hora, marcándome con sus tañidos monótonos y opacos el paso del tiempo. 
Pero ahora ya no me molestaban, al contrario las sentía cómplices de mis pensamientos. Si de algo estaba orgulloso, era de saber que nadie había podido quebrarme. Sólo el repicar de la campana compartía mi secreto. 
¿Quién iba a pensar que esa humilde construcción de madera y chapa, con una cruz y una campana en el frente, iba a ocultar, en su fondo baldío, el botín de este ingenioso hombre aún en cautiverio? 
Finalmente las puertas del infierno se cerraron a mis espaldas y mi corazón comenzó a latir alocadamente. Sentí que el aire oxigenaba mis pulmones y un soplo de libertad corría por mis venas. 
No había tiempo que perder, tomé mis pocas pertenencias y comencé a caminar con la vista fija en esa cruz que se asomaba tras el follaje de los altos y dorados álamos de la plaza. 
Pero a medida que me acercaba al lugar, mis pasos se hicieron más lentos. No sabía bien lo que estaba pasando. ¿O mi vista me traicionaba o mi razonamiento no podía entenderlo? 
¡La capilla ya no estaba! En su lugar yacía un templo imponente con una campana enorme y la misma cruz en el medio. 
Entré sin pensarlo, me dirigí hacia el altar y, detrás de él, encontré una puerta. Al abrirla, el viejo baldío ya no estaba, su lugar lo ocupaba una gran construcción con pequeñas ventanas a los costados y un portón en el centro. 
Abrí la puerta y al ingresar me encontré con unos tablones gigantes vestidos con manteles floreados y rodeados de sillas; detrás de ellos, yacían tres hileras de camas cubiertas con mantas tejidas a mano de diferentes colores. 
Pero lo que más me sorprendió fue la presencia de una gran salamandra asentada sobre una basa de cemento, justo en el centro, como separando y calentando a la vez ambos ambientes. 
Cuando salí de mi asombro, comprendí que justo ahí, debajo de ese gran escalón de material, estaba mi tesoro, mi botín, mi pasaporte a la felicidad quince años esperado. 
No sé cuánto tiempo pasé arrodillado junto a ella, sin que una sola lágrima me nublara la vista, sin que una sola parte de mi cuerpo se moviera. 
De pronto una mano templada y fuerte se apoyó en mi hombro ya entumecido. 
-Amigo, ¿se siente bien? ¿Puedo ayudarlo? –me interrogó una voz cálida y apacible. 
Como pude me di vuelta y, con su ayuda, logré incorporarme. 
-Soy el párroco de esta iglesia –me dijo y agregó – Si está sólo y sin trabajo ha venido al lugar indicado. En este templo, con la ayuda de los feligreses, hemos construido este albergue para aquellos que necesitan un plato de comida o un lugar para pasar la noche. 
Sin saber por qué aquel día decidí quedarme, fue como si mi destino se hubiese jugado en tan solo un instante. 
Con los años, descubrí que aquella libertad tan anhelada la había permutado por no sentir más la amargura de la soledad y el desamparo. 
Hoy, por primera vez, me siento satisfecho de ser un hombre confiable, tengo amigos y un trabajo digno: encargado del albergue. Me ocupo del jardín, de las luces, de la limpieza y sobre todo de que la salamandra no deje de brindarnos su calor en las frías noches de invierno. 
¿Será verdad que los milagros existen?
FIN.

sábado, 1 de abril de 2017

LECTURA 15 "MI ADOLESCENCIA"


 
En mi adolescencia comprendía muy poco el arte de manejar las emociones no "deseadas" excepto conquistándolas. A menudo identificaba la capacidad de negar y rechazar con la "fortaleza". 
Recuerdo mis sentimientos de soledad, en ocasiones muy dolorosos, y de deseo de alguien con quien poder compartir ideas, intereses y sentimientos. A los dieciséis años acepté la idea de que la soledad era una debilidad y el deseo de intimidad con otra persona representaba un fracaso de la independencia. 
Esta idea no la tenía siempre, sino parte del tiempo, y cuando me venía a la mente no tenía respuesta al dolor, excepto poner en tensión mi cuerpo contra ella, limitar mi respiración, hacerme reproches a mí mismo y buscar distracciones. Intentaba convencerme a mí mismo de que no me importaba. De hecho, me recluí en la alienación como algo virtuoso. 
No daba muchas oportunidades a la gente. Me sentía diferente a todos y veía que esta diferencia era un abismo entre nosotros. Me decía a mí mismo que tenía mis ideas y mis libros, y que con eso era suficiente o debía serlo si confiaba lo suficiente en mí. 
Si hubiese aceptado el carácter natural de mi deseo de contacto humano, habría buscado puentes de entendimiento entre los demás y yo. 
Si me hubiese permitido sentir plenamente el dolor de mi aislamiento, sin reprochármelo, habría hecho amigos de ambos sexos; habría apreciado el interés y benevolencia que a menudo se me ofrecía.  
Si me hubiese dado la libertad de atravesar las etapas normales del desarrollo adolescente y salir de la prisión de mi aislamiento, no me habría preparado para un matrimonio desafortunado. No habría sido tan vulnerable a la primera muchacha que parecía compartir verdaderamente mis intereses. 
Sin duda existían "razones" que explicaban mis áreas de no aceptación de mí mismo, pero eso no importa ahora. Lo que sentía, era lo que sentía, tanto si lo aceptaba o no.  
En algún lugar de mi mente, sabía que estaba condenando y rechazando una parte de mí mismo, la parte que deseaba compañía de otras personas. Estaba en una relación de rechazo a una parte de quien yo era. Por muchas otras áreas de confianza y felicidad que pude disfrutar, me estaba infligiendo una herida a mi autoestima. 
Cuando más tarde aprendí a recuperar las partes de mí mismo negadas, aumentó mi autoestima. 
Como mantener tú autoestima en forma. 
·                Recuerda con frecuencia tus pequeños éxitos. 
·                Identifica tus puntos fuertes y piensa en ellos. 
·                Haz una lista de tus cualidades y recítalas en voz alta ante el espejo. 
·                Escribe en un papel tus propias etiquetas negativas y al lado de ellas escribe una afirmación más compasiva. 
·                Piensa que tú no eres la responsable de que los demás sean felices. Si se enfadan o se sienten mal, no es tu culpa. 
·                No aceptes por las buenas las opiniones de los demás sobre ti. Reflexiona y piensa si están basadas en hechos racionales. 
·                Acepta tus debilidades y errores como comportamientos. Los comportamientos son cosas que se pueden modificar. Los errores no afectan tu valor personal. Tú eres tú y tus errores son acciones que tú puedes corregir y aprender de ellos. 
·                No te compares con los demás. Tú no eres ni inferior ni superior. Tú eres tú misma y sigue por tu propio carril. 
·                No digas sí a todas las cosas que te pidan para que no se enfaden. Intenta comprometerte solo con las cosas que quieras hacer. 
·                Haz lo que tú quieras hacer y no lo que los demás creen que tú debes hacer. 
Una buena forma para mantener una autoestima buena es practicar una serie de dinámicas centradas en mejorar la percepción de nosotros mismos y la proyección que damos a las demás personas. Afecta a personas de todas las edades, Poseer una autoestima alta es fundamental para poder desarrollarnos en la sociedad y en el mundo de una forma sana, por ejemplo, una persona con una autoestima baja no querrá aprender y no aceptará los cambios, mientras que tener una buena autoestima contribuye a tomarnos mejor estas situaciones. 
1.                Cosas que puedo hacer bien: elabora una lista o repasa una serie de tareas donde esa persona ha de clasificar las aptitudes y capacidades que creen tener para realizarlas. El objetivo de este ejercicio es que se den cuenta que, aunque hay cosas que no saben hacer bien, hay otras tantas que se les dan de maravilla. Todos tenemos puntos fuertes y puntos no tan fuertes. 
2.                Como soy yo: haz que elaboren una lista con rasgos de su personalidad tanto positivos como negativos. De esta forma descubrirán que también tienen muchas cosas buenas que ofrecer. Por ejemplo, puede que sean un poco impuntual pero, en cambio, son amigos leales. ¿Y que significan 5 minutos de retraso cuando se puede tener un amigo de verdad? 
3.                Antes y ahora: aquí es necesario que tú les ayudes a resaltar los aspectos en los que ha mejorado con el paso del tiempo, sean grandes o pequeñas cosas. Así la persona con la baja autoestima percibirá que, con el tiempo, su situación ha mejorado aún sin proponerlo y que, si va con una actitud más positiva puede mejorar mucho más. 
4.                Manos, corazón y cabeza: es la forma de referirnos a las cualidades positivas de las habilidades manuales, los sentimientos y las habilidades intelectuales. En este ejercicio se deben resaltar las cosas buenas de la persona en estas tres áreas básicas. Puedes mostrarles trabajos que hayan hecho para ayudarles a valorarse más a sí mismos. 
5.                Recuerdos positivos: una buena forma de mejorar la autoestima de una persona que lo necesite es recordar junto a ella algún episodio positivo del que fueron objeto de reconocimiento social, académico o laboral. Valora su esfuerzo, su dedicación y recuérdale que otras tantas personas hicieron lo mismo. 
6.                Carta de deseos: la persona con baja autoestima debe escribir una carta pidiendo algunos cambios sobre su propia forma de ser. Es recomendable que se empiece por pequeñas cosas que puedan cambiar, de este modo, al percibir su mejora aumentará su autoestima. En cambio, si empiezan por tratar de cumplir grandes metas y no lo consiguen, puede ser peor. 
7.                ¡Sácame los colores!: Este es un ejercicio para hacer con varias personas, quizás los miembros de la familia o junto a algunos amigos. Se trata de hacer una recopilación de los puntos 1 a 5 y centrarlos todos en la misma persona. Una vez finalizado el ejercicio se leerá en voz alta lo que piensan los demás sobre esta persona con baja autoestima y esta persona. Si una persona puede querernos, las otras también podrán. 
8.                Te voy a sorprender: para cambiar la percepción que tienen las demás personas sobre la persona con baja autoestima, esta debe proponerse decirles tres cosas positivas a tres personas distintas. Es un ejercicio que tiene un doble beneficio ya que las personas halagadas se sentirán bien consigo mismas y la persona que lo diga también. 
9.                Nada de activos tóxicos: algunas veces la persona tiene una baja autoestima por su entorno, personas que lo desvalorizan y tratan de anularlo para reafirmarse ellos mismos. Esta es una situación común en adolescentes. Por ello es necesario hacer un paso hacia la madurez y entender que si una persona no nos trata bien no merece la pena que nos preocupemos por sus opiniones sobre nosotros. Solo quiere hacernos daño y recurrirá a mentiras para ello. 
Como último consejo, una buena forma de empezar el día es poner una canción alegre, que nos transmita energía positiva y mirarnos en el espejo durante un minuto repitiéndonos lo geniales que somos y lo bien que haremos nuestras tareas a lo largo del día. Si quieres saber más, te aconsejamos unlibro sobre mejorar la autoestima.¡Aprende a quererte a ti mismo! 




viernes, 17 de marzo de 2017

LECTURA 14 " LA MAMÁ MÁS MALA DEL MUNDO "

Nosotros tuvimos la mamá más mala del mundo, mientras otros niños comían lo que querían, nosotros teníamos que desayunar cereal, huevos, leche y pan tostado. Cuando otros niños tomaban muchos refrescos y comían sin cesar dulces, pasteles y muchas botanas, nosotros teníamos que comer frijoles, aguas frescas, verduras, carne y pescado.  
Cuando fuimos creciendo se hizo más mala, nuestra madre insistía en saber dónde estábamos, parecía que estábamos encarcelados. Tenía que saber quiénes eran nuestros amigos o con quien andábamos y lo que estábamos haciendo a cada instante. Nos insistía mucho en que si decíamos que nos íbamos a tardar una hora en algo o en algún lugar, debíamos tardarnos solamente una hora.  
Pero siguió siendo cada vez más mala. Me da vergüenza admitirlo, pero hasta tuvo el descaro de romper la ley federal del trabajo de los niños. Nos enseñó a lavar nuestros trastes, tendíamos nuestras camas, barríamos y trapeábamos nuestra recamara, lavábamos nuestra ropa, nos mandaba a la tienda de la esquina a que le hiciéramos mandados y aprendimos cosas muy crueles como cocinar y otras que de plano no queremos recordar. Nos parece que se quedaba despierta toda la noche pensando que podía hacernos al día siguiente para molestarnos.  
Cuando llegamos a la adolescencia fue más sabia y nuestras vidas se hicieron más terribles. Siempre insistía en que dijéramos la verdad y que le tuviéramos confianza. Nadie nos podía chiflar o tocar el claxon para que nosotros saliéramos corriendo, pues nuestros amigos tenían que tocar la puerta de nuestra casa y preguntar por nosotros. Se convirtió en una metiche total; quería que le informáramos el nombre de cada amigo; quienes eran sus padres, a que se dedicaba nuestro amigo y sus padres donde vivían; a que escuela asistía nuestro amigo y que estudios cursaba y muchas cosas más, sobre todo cuando queríamos ir a alguna fiesta, ya ustedes se han de imaginar. Por eso digo que nuestra madre fue un fracaso completo.  
Sin embargo ha pasado el tiempo y ninguno de nosotros ha sido arrestado por vago, ebrio o por tener problemas con drogas. No hemos participado en actos de violencia.  
Cada uno de nosotros estamos trabajando para lograr un mejor futuro y solo nuestro esfuerzo será lo que nos haga cada día mejor. A nadie podemos culpar de nuestro futuro, cualquiera que sea, nuestra madre hizo que nos convirtiéramos en adultos educados, respetuosos, honestos y trabajadores.  

Ahora que soy madre, estoy educando a mis hijos con las mismas enseñanzas y de la misma manera que mi madre nos educó. Me siento muy orgullosa cuando mis hijos me dicen que soy mala, muy mala madre. Verán, les digo, con el tiempo ustedes le darán gracias a Dios por haber tenido, como yo la tuve, la mamá más mala del mundo.  

viernes, 3 de marzo de 2017

LECTURA 13 LA SOMBRA

Lisandro era el único hijo de una familia muy humilde. Sus padres trabajaban en el campo y si bien no habían pasado hambre jamás, el dinero únicamente había alcanzado con lo justo durante toda su vida. 
Al joven no lo entristecía demasiado esa situación pues pensaba que habría un futuro diferente para sus padres, a quienes amaba profundamente y por supuesto para él también. 
Desde pequeño se había acostumbrado a ir solo al colegio, realizar los quehaceres del hogar y  hacer la comida.  No había podido jugar demasiado, había que ayudar en la casa, mientras los padres trabajaban. 
Lisandro ansiaba llegar pronto a los quince años, pues sabía que  a esa edad podría ir él a  trabajar la tierra y su madre podría quedarse  en la casa y descansar como tan merecido lo tenía. El hecho de que su madre pudiese tener otra vida, por humilde que siguiera siendo, lo obsesionaba. 
Sin embargo, cuando finalmente cumplió sus esperados quince años, no pudo hacer realidad su sueño. Su madre enfermó gravemente. Consultaron al médico del pueblo, quien les dijo que mucho no había para hacer allí con los pocos recursos que contaban e indicó que viajaran a la ciudad. 
Tanto Lisandro como su padre se desesperaron. No contaban con el dinero necesario para trasladar a la madre y menos aún para pagar el tratamiento necesario. 
– ¡Algo hay que hacer! Trabajaré doble turno, las veinticuatro horas si es necesario para conseguir el dinero – Dijo el padre con lágrimas en los ojos. 
– No seas ingenuo padre – Contestó Lisandro- Ni trabajando dos meses reuniríamos el dinero suficiente para el viaje y el tratamiento, hay que hacer otra cosa. 
Dicho esto, el joven se calló, miró un largo rato a su madre delirando de fiebre, miró a su padre en cuyo rostro ya no cabía más dolor ni más miedo y tomó una decisión. 
– Prepara todo lo necesario para el viaje, vuelvo lo antes que puedo con el dinero. 
– ¿De dónde lo sacarás hijo? – Preguntó su padre. 
– Algo se me ocurrirá – Contestó Lisandro y partió, no sin antes buscar una gorra y ropas que disimularan su aspecto. 
Siempre había sido una persona de bien, de principios. Así lo habían criado sus padres, pobre, pero honrado. Sin embargo, ante esta situación límite y no encontrando otra salida, Lisandro tomó un camino que jamás debería haber tomado. 
Salió de su casa corriendo como un loco, pensando en que sus vidas eran muy injustas, que no había derecho a que su madre enfermase y menos aún que no pudieran costear el viaje a la ciudad. Se enojó mucho, con la vida, con el destino, con Dios mismo. 
Sabía que no tenía tiempo de juntar el dinero necesario trabajando, pues sus estudios eran básicos y no sería fácil conseguir un trabajo bien pago. 
La desesperación y el enojo no son buenos consejeros y menos aún si van de la mano. Lisandro tenía decidido obtener el dinero a toda costa y cómo única salida pensó en el robo. 
No bien llegó al pueblo cobró su primera víctima, un señor bien vestido a quien llevó por delante y despojó de todo su dinero. Salió corriendo tan rápido que el hombre no pudo reaccionar, quedó tendido en el piso pidiendo ayuda. 
Mientras se escapaba, Lisandro creyó ver una sombra. Se distrajo por un momento, pero siguió corriendo. 
En el camino pasó por un comercio. Entró, maniató a su dueño y se llevó el contenido de la caja. 
Una vez más, mientras corría creyó ver la sombra. En realidad esta vez estaba seguro, detrás de él había una sombra. Se asustó y mucho, pero no tenía tiempo de pensar en que alguien lo hubiese visto y siguió su camino. 
Se topó con una anciana. No, no podía robarle a una pobre e indefensa señora mayor… no, no podía. Sin embargo, la desesperación pudo más y lo hizo. Nuevamente la sobra lo siguió. 
Así pasó dos días, robando, huyendo y sintiéndose la peor de las personas. 
Durante esos dos días la sombra lo acompañó, como si estuviese adherida a su persona, no le dejaba ni libre, ni solo. 
Estaba seguro que alguien lo estaba siguiendo y esperando el momento justo para apresarlo y que esa persona era la dueña de la sombra que no lo dejaba en paz. 
Buscó un escondite para contar el dinero. 
Agitado, desprolijo y humillado por su propio comportamiento, se tomó la cabeza sin poder creer lo que había hecho. Con la respiración entrecortada y un cansancio que parecía de años, contó el dinero obtenido, más de lo que pensaba realmente. 
Fue a su casa. Entró con mucho miedo de aquello que pudiera encontrar. 
Su madre seguía con fiebre y su padre le ponía paños fríos. 
– Aquí tienes, el dinero necesario para llevar a mamá a la cuidad. Apresúrate, no hay mucho tiempo – Dijo Lisandro evitando mirar a lo ojos. 
– ¿De dónde y cómo has obtenido semejante suma de dinero? – preguntó sorprendido el padre. 
– Luego te lo explico, ahora lleva a mamá a la ciudad, yo los espero aquí, vete rápido. 
Hicieron los arreglos necesarios y sus padres partieron.  Una vez solo en su casa, el joven se sintió más seguro, por poco tiempo. 
De repente, se dio cuenta que una vez más tenía la sombra detrás de si. Era imposible, no había visto a nadie seguirlo, sin embargo allí estaba, casi acariciándolo. 
Se sintió amenazado, supuso que el final estaba cerca. Apagó la luz y sin explicación lógica, seguía viendo la sombra. En la más absoluta oscuridad, era tangible su presencia. No había explicación posible. 
Hay cosas que sólo desde el alma se entienden. 
Resignado a su suerte, Lisandro prendió la luz, la sombra detrás de sí seguía casi adherida a su cuerpo y su destino. 
Recapituló una y otra vez todo lo que había hecho y si bien era cierto que había robado para salvar la vida de su madre, eso no lo eximía de sentirse sucio por dentro. 
Supo en ese momento que hay caminos que son difíciles de desandar y que no siempre el fin justifica los medios. Cerró los ojos y pensó en sus padres y en cómo, a pesar de sus necesidades y angustias, jamás habían traicionado sus principios, como él lo había hecho. 
Cuánto más pensaba en todo esto y más arrepentido se sentía, la sobra más lo abrazaba con un peso difícil de soportar. 
Abrió los ojos y una vez más no vio a nadie. Recién en ese momento comprendió que la sombra tan temida no era más que su conciencia. No era  alguien que venía a apresarlo, era él mismo que no podía con la culpa y la vergüenza. No se sintió aliviado. Ya no importaba si lo habían descubierto o no, él sabía lo que había hecho y no podía borrar el pasado. La sombra seguiría allí por siempre adherida a su vida como la más pesada de las pieles. 
Sin embargo, el joven no quiso quedarse con esa pesada carga, espero a que su madre sanara, contó toda la verdad a sus padres y decidió hacer algo para revertir, en la medida de lo posible, lo que había hecho. Comenzó a trabajar prácticamente las veinticuatro horas, de sol a sol, de domingo a domingo. 
Al tiempo, volvió al pueblo, buscó a cada persona que le había robado, le explicó porque lo había hecho y devolvió la mayor parte del dinero robado, el restó lo devolvió con más trabajo. 
Saldar sus deudas le llevó a Lisandro un tiempo considerable, no tanto como sentirme mejor con él mismo. 
Se dio una nueva oportunidad, era joven y estaba arrepentido de los errores cometidos. 
¿La sombra? Jamás se pudo desprender del todo de ella, pero ya no la sentía como una pesada carga, sino como un llamado de alerta para no olvidar cuáles son los caminos que se deben tomar y cuáles no.    Fin