viernes, 29 de abril de 2016

Lectura 20

LIBERTAD Y LIBERTINAJE EN LA EDUCACIÓN.

Hay una clara diferencia entre libertad y libertinaje que, no obstante, es ignorada voluntariamente sobre todo por quienes practican de esto último, con el fin de adherirse al derecho universal de libertad, para justificar sus acciones. Todo ser humano es libre de pensar lo que quiera. “Somos libres de lo que pensamos y esclavos de lo que expresamos”. Todos somos libres de expresar nuestras opiniones, pero viene con la responsabilidad simultánea de las ideas que expresamos.
No existe libertad absoluta entre los seres humanos, nunca ha existido y tampoco existirá. Muchos confunden la libertad con el libre albedrío. “El libre albedrío se define positivamente por la simple posibilidad de elegir y, negativamente, por la ausencia de coacción interna”. La verdadera libertad es una relación entre libres, iguales y con respeto a su dignidad: la libertad de cada persona de expresarse o actuar tiene como límite la libertad de la otra persona, grupo, comunidad, nación, país y la humanidad.
Tiene máximo valor la expresión: “No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”.
Quien no es responsable por lo que dice o hace no practica la libertad, sino el libertinaje. Eso es simplemente tener licencia de decir o hacer lo que le dé la “regalada” gana, es extrema irresponsabilidad. Ninguna persona tiene la libertad y el derecho a denigrar la honra ajena. Quien no respeta la dignidad no es libre, es un libertino. El hombre que impone su voluntad a una mujer no es libre, es un machista. Ningún padre tiene la libertad de violar los derechos de los niños. Un niño, adolescente o joven no son libres para ser insolentes, son maleducados. El que tiene más dinero y humilla al que tiene menos no es libre, es un prepotente. Ninguna persona tiene la libertad de atentar contra la moral y buenas costumbres de una comunidad. Los medios, las cadenas y monopolios mundiales de comunicación en nombre de “su libertad” no tienen el derecho de mentir, deformar y alienar las conciencias y culturas. Nadie tiene la libertad de cometer crímenes de lesa humanidad. No es libertad de comercio imponer reglas a través de la fuerza y el miedo que conducen a la pobreza de pueblos y países.
En los que tienen poder político, militar, económico, empresarial, comunicacional, administrativo o personal, la “libertad” de ellos termina donde comienza la de otros que exigen mutuo respeto. Los que no respetan la justicia, la libertad y la honra creen que tienen la “libertad” de invadir, colonizar y humillar a los demás. Eso es libertinaje. Eso es abuso de poder.
De acuerdo al poder que se tenga, el hacer uso de la libertad es igual a la responsabilidad de responder ante los demás.
La libertad humana no es ilimitada. El hombre debe usar de su libertad dentro de los límites que imponen la moral y las leyes. Cuando sobrepasa esos límites, cuando abusa de la libertad, cae en la licencia, es decir, en el exceso de libertad.
La libertad tiene que estar unida al deber. La libertad sin freno, sin la conciencia del deber, sin el respeto de los derechos ajenos, produce la anarquía, el imperio de la fuerza bruta sobre la inteligencia y la moral.
En el orden individual la libertad verdadera y digna de ser deseada es la que no hace al hombre esclavo del error ni de la pasión. La única libertad que merece este nombre no es la que nos mueve a hacer todo cuanto se nos ocurre; sino la que nos ayuda a lograr nuestra propia perfección.
La libertad no consiste en hacer lo que se quiera; la libertad consiste en poder hacer lo que se debe, y en no ser obligado a hacer aquello que no se debe hacer.
En el orden social la libertad busca la dignidad de la persona humana y el bien común. Está limitada por la ley y se basa en la igualdad
El alcance y el ejercicio de la libertad en la sociedad están limitados por la dignidad esencial de la persona humana y por el bien común.
Hay ciertos derechos y libertades individuales o familiares que el Estado debe proteger, como el derecho al honor y la reputación, el derecho a la libertad religiosa, el derecho originario de los padres sobre sus hijos y su educación.
En cambio, otros derechos sólo son legítimos, en principio, si no perjudican al bien común. Como el derecho de propiedad, de libre expresión del pensamiento, de reunión, de asociación, etcétera.
La ley es la que determina el alcance y asegura el ejercicio de la libertad en la sociedad.
Cuando falta la ley o no se la aplica, las personas están sometidas a la fuerza de otras personas o de grupos más poderosos.
La ley suprime o limita el uso de la fuerza por los individuos y a cada persona le concede ciertos derechos y la protección necesaria para que pueda ejercitarlos sin intromisiones extrañas
La ley protege la libertad del hombre, no sólo contra los ataques exteriores, sino también contra los extravíos de la libertad misma. La ley limita y regula el ejercicio de los derechos, para que la libertad no degenere en licencia.
La libertad es, de forma general, la capacidad que tiene cualquier ser humano para obrar y pensar según su propia voluntad. La libertad entendida como un derecho único de la persona a lo largo de toda su vida, implica una obligación, que es la responsabilidad de las consecuencias derivadas de los actos que el implicado ha ejecutado en base a dicha libertad. Es decir, se debe hacer responsable de lo que hace.
Los conceptos que se abogan en relación a la libertad son los de justicia e igualdad. Si bien, en un concepto legal, la libertad queda limitada por aquellas leyes y normas que rigen la convivencia de una sociedad. El libertinaje, en cambio, es aquella actividad propia del libertino. Consiste en adoptar una conducta desenfadada y totalmente abocada a satisfacer el placer y los caprichos.
Con el libertinaje, la responsabilidad resultante de nuestros actos es totalmente ignorada, con frecuencia ocasionando un rechazo social y, en ocasiones, problemas con la ley.
Se suele asociar libertinaje a conductas inapropiadas según la moral imperante en relación al sexo, al propio cuerpo (hedonismo), al juego y al abuso de comida y bebida. No obstante, no se debe confundir el libertinaje con otros términos como el de don juan, al que la principal motivación es la seducción, no la promiscuidad depravada y sin control, ni con el alcoholismo, en el que la adicción a bebidas con alcohol cobra más protagonismo que el deseo de satisfacer los deseos corporales de la persona.
El libertinaje es como la enfermedad de la libertad, es el abuso de nuestra libertad no para hacernos crecer como personas sino para deteriorarnos.
Cuando libremente elegimos el mal no estamos siendo libres sino al contrario, estamos siendo esclavos. Por ejemplo: Si usamos nuestra libertad para escoger usar drogas nos estamos haciendo esclavos de ellas y alterando nuestras facultades mentales, nuestra propia libertad.
El escoger libremente implica aceptar las consecuencias de este escoger. Es un error exigir la libertad si no estamos dispuestos a aceptar las consecuencias.
Nada grande se ha hecho en el mundo sin un gran esfuerzo. Vivir con libertad implica un esfuerzo y un compromiso.
Libertad no es lo mismo que independencia o desarraigo. Creemos que ser libres quiere decir no depender de nadie ni de nada, pero nuestra condición humana necesita de los demás. Ser libres, por lo tanto, no significa desarraigarnos, sino comprometernos con los demás.
Quizá nunca en la historia de nuestro mundo se ha hablado tanto de libertad como en nuestros días. Tal vez porque nunca hubo tan poca. No me estoy refiriendo a los regímenes totalitarios ni dictatoriales, ni siquiera a las oposiciones económicas. Aludo a la continua mordaza que todos los días nos meten los medios de comunicación en nuestros hogares... Y todavía se sigue pensando que somos plenamente libres en nuestras ideas.
Existe entre los hombres un buen número de los que acogen a la libertad "en casa" como un huésped más; pero hay un número aún mayor que no sólo la acogen en casa, sino que la usan de tal forma que incluso llegan a meterla en una bolsa de basura y depositarla fuera -para que la recoja el camión del ayuntamiento- si no se acopla a su persona, si no se identifica íntimamente con su . Es así como la libertad personal se convierte en no pocos casos en libertinaje.
Hay que llegar a comprender que la libertad es un elemento constitutivo de la acción específicamente humana, en virtud de la cual la voluntad no elige necesariamente una de las varias opciones que le ofrece el entendimiento, sino que elige cualquiera de ellas o simplemente ninguna. Es decir se es libre en la elección.
Se pueden distinguir diversos tipos de libertad; la libertad física, que es la capacidad de actuar porque no existen impedimentos físicos. Se trata de la libertad que recobra el encarcelado cuando sale de su prisión, o la que recupera el enfermo que estaba por una dolencia que le ataba al lecho.
Me remito a lo que se ve en la televisión. El derecho de libre expresión se ha convertido en un argumento para sacar en televisión todo tipo de basura, violencia, malos tratos, escenas que sólo los muy mayores pueden resistir.
Es tal el influjo de los medios de comunicación que no sólo nos hacen la papilla del libertinaje, sino que incluso nos la ponen en la boca, quedando para nosotros el "fatigoso" trabajo de tragarla inconscientemente.
Creo que a estas alturas de la vida no hace falta refrescar mucho los atropellos de los que "poseen su poder personal" y "son libres y dueños de sus actos". El delito de privar al prójimo de su libertad injustamente -se entere o no- es suficiente.
Han habido luchas por la libertad bien entendidas como la de Juana de Arco; pero ha habido otras muchas no justificadas y que ni siquiera vale la pena enunciar.
La libertad no consiste en una total autonomía, sino que desde sus orígenes está asociada a un orden legal, bien sea natural o positivo.
Pero el conformismo actual se ha vuelto la gran ley del mundo y son cada vez más los seres que abdican de su libertad de pensar a cambio de que les garanticen la libertad de pensar igual que los demás y así, según ellos, "no hacer el ridículo".
PROPUESTAS DE SOLUCION

Libre albedrío
El libre albedrío es la capacidad que tiene cada individuo para tomar sus propias decisiones. Existen debates en cuanto a si las personas realmente poseen la capacidad para distinguir entre lo bueno y lo malo y aceptar sus consecuencias. Por ejemplo, sé que copiar en el examen es malo, y que si lo hago y me descubren tendrá sus consecuencias conforme a las reglas del colegio. De mí depende decidir; sé lo que es bueno y lo que es malo, y sus consecuencias.
La libertad
El concepto de libertad, por definición, está unido al concepto de justicia, pero a su vez, estos dos conceptos son genéricos; es decir, no estamos hablando de la libertad de una persona o de una sociedad en particular, sino de la libertad del ser humano. Libertad es poder hacer todo lo que uno desee, pero sin causar perjuicios o consecuencias a uno mismo o a los demás. Por ejemplo, sé que robar es malo y que haciéndolo no solo le perjudico a los demás, sino también a mí mismo, porque tendrá sus consecuencias.
La libertad se ve constantemente amenazada por dos vicios extremos: el autoritarismo —la falta de libertad—, y el libertinaje —mal uso o exceso de la libertad—; ambos iguales de perniciosos.
Libertinaje

La libertad es un arma de doble filo si no hacemos un buen uso ella. El libertinaje es hacer mal uso de la libertad, porque esta tiene sus límites; no debemos olvidar que donde comienzan los derechos del otro, terminan los míos. Libertinaje es hacer lo malo deliberadamente sin restricciones y sin pensar en las consecuencias. Por ejemplo, si un/a joven pide permiso a sus padres para ir a una fiesta, y ellos se lo conceden con la condición de que venga a determinada hora y que no beba, pero llega a una hora que no fue la convenida y en estado de ebriedad, entonces está haciendo un mal uso de la libertad y la confianza que le dieron sus padres.

jueves, 21 de abril de 2016

Lectura 19


¿Somos víctimas de un malentendido?

Antonio estaba preocupado. Advirtió que su buen amigo Leonardo, de pronto y sin motivo aparente, lo trataba con frialdad.  No le devolvía el saludo, y cuando estaban juntos, algo parecía distanciarlos. Antonio temía que su amigo hubiera malinterpretado algún comentario o acción de su parte. Pero ¿de qué se trataba?
Es común que se produzcan malentendidos. Muchos son triviales y fáciles de corregir. Otros pueden ser frustrantes, sobre todo cuando no conseguimos aclararlos de ningún modo. Ahora bien, ¿por qué surgen los malentendidos? ¿Cómo afectan a los implicados? ¿Qué hacer si se nos malinterpreta? ¿Importa realmente lo que otras personas piensen de nosotros?
Un hecho ineludible
Ya que nadie conoce nuestros pensamientos e intenciones, tarde o temprano alguien acabará malinterpretando lo que hagamos o digamos, y las posibilidades de que ello ocurra no son escasas. A veces sencillamente se trata de que no conseguimos comunicar las ideas con la claridad y la precisión deseadas. Los ruidos u otras distracciones quizá impidan a los demás dedicarnos toda su atención.
También existe la tendencia a malinterpretar ciertos comportamientos. Por ejemplo, alguien tímido puede causar la impresión equivocada de ser frío, distante u orgulloso. Ante determinadas circunstancias, las experiencias del pasado tal vez provoquen una reacción emocional en vez de una respuesta racional. No se debe dar por sentada una comprensión diáfana cuando existen diferencias culturales y lingüísticas. Añadamos a lo anterior una dosis de información inexacta y de chisme, y no nos debería extrañar que las palabras o acciones se tomen de un modo distinto al pretendido. Claro está, esto es un pobre consuelo para quienes creen que sus intenciones han sido malinterpretadas.
Por ejemplo, un comentario sin malicia que Anna hizo sobre la popularidad de una amiga ausente se repitió fuera de su contexto. Para sorpresa y consternación de Anna, su amiga la acusó encolerizada ante varias personas de estar celosa de las atenciones que cierto conocido le dispensaba. Lo que dijo Anna se había tergiversado por completo, y fue en vano todo el empeño que puso en demostrar a su amiga que no pretendía herirla. El malentendido ocasionó mucho sufrimiento, y pasó bastante tiempo hasta que Anna pudo aclararlo del todo.
El concepto que se tiene de nosotros a menudo depende de cómo se juzguen nuestras intenciones. Por tanto, es normal disgustarse cuando los demás confunden nuestros motivos. Quizá pensemos indignados que no hay razón para que nadie nos interprete mal. A nuestro parecer, una valoración así es parcial, crítica o totalmente errónea. Además, causa dolor profundo, en especial si tenemos en alta estima la opinión de quienes emiten tales apreciaciones injustas.
Aunque nos irrite el juicio que los demás se formen de nosotros, es prudente respetar las opiniones ajenas. Hacer caso omiso de ellas no es un proceder para querer, y herir al prójimo de palabra u obra es lo último que desearíamos. De modo que, a veces, se requerirá que hagamos un esfuerzo por rectificar conceptos erróneos sobre nosotros. 

Con todo, una preocupación excesiva por contar con la aprobación de los demás es contraproducente, pues conduce a la pérdida del amor propio o a un sentimiento de rechazo. Al fin y al cabo, nuestra verdadera valía no depende de las valoraciones de otras personas.

Por otro lado, quizá reconozcamos que la crítica está justificada. Y aunque eso también nos aflija, si admitimos nuestras imperfecciones de buen grado y con honradez, tales experiencias pueden ser positivas al servirnos de acicate para efectuar los cambios precios.


Consecuencias negativas

Los malentendidos pueden tener graves consecuencias. Por ejemplo, si oímos a un hombre elevar la voz en un restaurante, tal vez concluyamos que se trata o de alguien extrovertido o de un fanfarrón. No obstante, puede que padezca un trastorno auditivo. O quizá pensemos que una dependienta es desagradable, pero es posible que no se sienta bien. Aunque tales malentendidos producen impresiones negativas, lo más seguro es que no tengan consecuencias graves ni duraderas. Sin embargo, hay ocasiones en que los resultados pueden ser desastrosos. 

el lenguaje, herramienta defectuosa de la comunicación, es la fuente principal de los malentendidos. Sin duda alguna, esta constatación puede ser considerada como un truismo ya que cada uno de nosotros lo sabe o por lo menos lo tiene interiorizado. Así, este problema de comunicación, aunque presente, dentro de una cultura parece menos grave o incluso pasa desapercibido en el seno de una cultura dada, pero la situación se hace más interesante si entramos en el campo de la comunicación intercultural.

Así, tomemos como ejemplo dos amigos: un polaco, estudiante de español, que nació en Polonia y un latinoamericano que tiene raíces polacas, pero no sabe absolutamente nada de Polonia, de su historia, cultura, ni conoce el sistema lingüístico aunque se declara orgulloso de sus antecesores polacos cuyos apellidos no sabe pronunciar. En consecuencia, los dos amigos no se comunican en polaco, lo que es obvio, sino en el lenguaje común para los dos, el castellano. Resulta que estas dos personas se entienden perfectamente en lo que atañe a la cultura que podemos llamar global o general. Dicho de otro modo, el polaco y el latino tienen la facilidad de hablar de intereses y aficiones como motos, deporte internacional, líos de faldas, etc. No obstante, el problema aparece cuando nuestros amigos entran en el campo de la cultura autóctona de uno u del otro. El latinoamericano, cuando oye que su amigo polaco tiene una inclinación fuerte hacia su patria, lo que es nuestro vicio o virtud nacional (según el punto de vista), le llama “nacionalista” puesto que en castellano nacionalismo significa justamente esta “inclinación de los naturales de una nación hacia ella”. El amigo polaco entiende esta palabra que también existe en su lengua materna, pero se siente ofendido. ¿Por qué? La respuesta es fácil, se trata de la diferencia lingüístico-asociativa. Nacionalismo en polaco es un término que tiene connotación peyorativa y significa: “una postura socio-política y una ideología que supone superioridad de la nación propia, egoísmo nacional, falta de tolerancia y discriminación de otras naciones”.

Así, el chico polaco tiene todo el derecho de sentirse insultado, pero también debe tener en cuenta las diferencias socio-lingüísticas, culturales e históricas ya que es quien conoce la cultura polaca y tiene algunas nociones de la cultura hispanohablante como estudiante de español. Así, en vez de ofenderse mortalmente, mejor explicarle al amigo latino esta diferencia sutil. Además, hay que tener en cuenta que aunque el hispanohablante tenga sangre polaca, esto no significa necesariamente que conozca la cultura del país de sus padres o abuelos. Diría que es más probable que no la conozca bien puesto que su personalidad y su percepción del mundo se formaron básicamente en un país hispanohablante y fueron influenciadas por cultura, historia y lenguaje de este determinado país. En consecuencia, podemos constatar que aunque la palabra española “nacionalista” tiene su correspondiente polaca “nacjonalista”, el significado de las dos no es el mismo, ya que remiten a otras realidades y otras percepciones del mundo. Así, el problema de comunicación entre los dos amigos no consiste en no entender las palabras, sino en darles otro significado, otra asociación.

El caso presentado puede parecer trivial, pero es el ejemplo más frecuente de malentendidos entre polacos y sus amigos extranjeros. Obviamente, los polacos también cometemos este tipo de errores utilizando palabras o expresiones inocentes en nuestra lengua, pero que tienen su peso peyorativo en español, francés, finlandés, etc.

No obstante, la moraleja de esta fábula es simple y clara: entablando las amistades con los extranjeros a veces mejor preguntar o verificar el sentido de alguna frase y no ofenderse automáticamente. Asimismo, es gracias a esta investigación que se opera el enriquecimiento intercultural. Así, el amigo polaco puede explicárselo a su amigo latinoamericano y el hispanohablante puede, por su parte, aumentar sus conocimientos sobre el país de sus ancestros, si le importa hacerlo y si este elemento polaco en su vida no constituye sólo una marca de exotismo que le hace distinguir de los demás. E infelizmente a esta actitud me la he encontrado varias veces personalmente.

Para concluir, tengo que confesar que es justamente esta actitud de querer guardar ignorancia respecto al aspecto lingüístico-cultural del interlocutor que viene de otro ámbito cultural que me inspiró para escribir este texto. Hoy la técnica nos da tantas posibilidades de conocer otros países, su historia, su cultura. Además no tenemos que limitarnos a mirar las fotos ya que podemos hablar con la gente de diferentes zonas del mundo por Internet. Así, lo que importa es disfrutar de estos logros plenamente y no encerrarse en su propia cultura, afirmando por ejemplo: “sí, tengo ancestros de otras partes del mundo y me sirve para sacar provecho individual, pero me importa un pepino su historia o cultura”. Para mí es una actitud inaceptable.

domingo, 17 de abril de 2016

Felicitación

Por este medio, queremos felicitar a estos alumnos; por su destacada participación en el Concurso de Ajedrez, asintiendo a la Escuela Secundaria General Nº 1
quedando Victoriosos en su desempeño



viernes, 15 de abril de 2016

Lectura 18

  

  ¿SABES DECIR: NO?



    Sin el arte de decir “no”, es imposible que haya un joven de carácter. Cuando los deseos, las pasiones de los instintos se arremolinan en ti, cuando después de una ofensa la lava encendida de gases venenosos bulle en ti y se prepara a una erupción a través del cráter de tu boca, cuando la tentación del pecado te muestra sus alicientes, ¿sabes entonces con gesto enérgico pronunciar la breve y decisiva palabra. No? Entonces no habrá erupción. No habrá precipitación. No habrá golpes. No habrá disputa.
    César quiso acostumbrarse a no hablar precipitadamente. a pesar las palabras de antemano, contando hasta veinte en sus adentros antes dar una respuesta. Excelente medio. ¿Para qué sirve? Para que nuestro mejor “yo”, nuestra comprensión más equitativa, pueda hablar, después de sentirse abrasado un momento por la llamarada de los sentidos.
    Por un espléndido camino nevado íbase deslizando un joven en esquí. Al fin de una colina se abría un profundo precipicio. El joven iba volando hacia abajo, lanzado como una flecha; pero he aquí que delante del precipicio, con admirable técnica, se para de repente y se mantiene allí en el borde de la sima como una columna de granito. “-Bravo! ¡Estupendo! ¿Dónde lo has aprendido?” “-¡Ah!- contesta el muchacho-, no he empezado ahora. Al principio tuve que ensayarlo muchísimas veces, para poder parar, en las más suaves pendientes.”
    También el camino de la vida es una especie de carrera de esquí con innumerables precipicios. Y todos caen, y todos van al abismo, si no han hecho prácticas de pararse infinitas veces, plantados como columna de mármol, y responder un recio y rotundo “no” a las tempestades turbulentas de las pasiones.
    El ejercicio de la voluntad no es otra cosa que el prestar una ayuda sistemática al espíritu en la guerra de libertad que ha de sostener contra el dominio tiránico del cuerpo. Quien se incline, sin decir una palabra a cualquier deseo que se asome en su instinto, perderá el temple de su alma y su interior será la presa de fuerzas encontradas. Ahora comprenderás la palabra del Señor: “El reino de los cielos se logra a viva fuerza y los esforzados son quienes lo arrebatan” (San Mateo, XI,12).
    Es una suerte si puedes pronunciar -cuando es necesario- el “no” enérgico.
    ¡No! -has de decir a tus compañeros cuando ellos te incitan a cosas prohibidas.
    ¡No! -has de gritar a tus instintos cuando ciegamente te acucien.
    ¡No! -has de gritar a todas las tentaciones que, adulando, quieren envolverte en sus telarañas.
    Tihamer Toth. El joven de carácter.

SUGERENCIAS METODOLÓGICAS
            Objetivo.- Aprender a decir “no” a las cosas negativas y dañinas.
        Contenido.-
Autodominio

    Formar un carácter capaz de dominar la comodidad y los impulsos propios de su forma de ser para hacer la vida más amable a los demás.

    Es el valor que nos ayuda a controlar los impulsos de nuestro carácter y la tendencia a la comodidad mediante la voluntad. Nos estimula a afrontar con serenidad los contratiempos y a tener paciencia y comprensión en las relaciones personales.

    El autodominio debe comprenderse como una actitud que nos impulsa a cambiar positivamente nuestra personalidad. Cuando no existe esa fuerza interior, se realizan acciones poco adecuadas, generalmente como resultado de un estado de ánimo; la armonía que debe existir en toda convivencia se rompe; quedamos expuestos a caer en excesos de toda índole y entramos en un estado de comodidad que nos impide concretar propósitos.

    Cada día que buscamos ejercer ese señorío sobre nosotros mismos, automáticamente nuestro carácter comienza a madurar por la serenidad y paciencia que imprime este valor, la voluntad nos libera del desánimo, controlamos nuestros gustos y vivimos mejor la sobriedad, en pocas palabras, entramos en un proceso de superación constante.

    Algunas personas han opinado que la fuente para lograr el autodominio proviene de la aplicación de algunas técnicas para relajarse, y aunque efectivamente pueden ayudar, no debemos perder de vista que los valores se forman a través del ejercicio diario, con el esfuerzo por descubrir en nuestra personalidad aquellos rasgos poco favorables.

    Las costumbres y hábitos determinan en mucho la falta de autodominio. Debemos comenzar por analizar cuales de ellas nos condicionan e impiden vivir este valor.

    El autodominio nos ayuda a reconocer los distintos aspectos de nuestra personalidad y nuestra forma de reaccionar ante determinadas circunstancias. Debemos cambiar nuestras disposiciones en sentido positivo: “en lugar de molestarme por la lentitud de “x” empleado -cuyo ritmo de trabajo es así-, ahora no sólo evitaré el disgusto y llamada de atención, procuraré darle un buen consejo que le ayude a mejorar”. Lo mismo aplica para los hijos, el cónyuge y hasta con algunos amigos. Este cambio no es sencillo, requiere atención y esfuerzo para anticipar nuestras reacciones, lo cual significa remar contracorriente para corregir este mal hábito.

    Otras de las costumbres más arraigadas se encuentran en el terreno de los gustos y comodidades personales, en apariencia es poco significativo privarse de una golosina a media mañana, quedarse en cama más de lo debido, terminar de trabajar antes de la hora de salida, o buscar como perder el tiempo para llegar más tarde a casa y evadir alguna ocupación, pero cada una de estas cosas pequeñas constituye una excelente oportunidad para practicar el autodominio. Quien tiene la capacidad de privarse de un gusto, también tendrá la fortaleza para soportar situaciones desagradables.

    Para algunas personas, la falta de este valor se manifiesta por el deseo de convertirse en el centro de atención en todo lugar, acaparar las conversaciones, presumir de sus logros, compararse continuamente con los demás... El autodominio también ayuda a ser más sencillos, hombres y mujeres de acción y no de palabras inútiles.

    En familia este valor es indispensable para la sana convivencia, pues implica aprender a tolerar y pasar por alto las pequeñas fricciones cotidianas, no se tratar de desentenderse, sino de dar ejemplo de serenidad, comprensión y cariño, principalmente cuando se tiene la responsabilidad de educar a los hijos. También nos ayuda a estar pendientes de las necesidades de los demás y prestarles servicios, pues la comodidad nos hace esperar ser atendidos, mientras que el autodominio nos impulsa a ser más participativos en los quehaceres cotidianos.

    En el contexto de las relaciones personales, el autodominio nos impulsa a ser discretos y maduros para evitar la murmuración, la crítica y la difamación de los demás por cualquier situación que es incompatible con nuestra forma de pensar.

    La práctica del autodominio también nos induce a perfeccionar nuestros hábitos de trabajo, aprovechar más el tiempo, tener más cuidado en lo que hacemos, “dar el extra” cuando se necesite. En el campo escolar y profesional siempre es necesario el perfeccionamiento, que sólo se alcanza con esfuerzo, alejando la pereza y la mentalidad conformista.

    Para iniciar y desarrollar el autodominio, considera como importante:

    - Aprende a escuchar. De lo contrario, se convierte en la muestra más clara de la falta de autodominio.

    - Procura no distinguirte por comer abundantemente, decir disparates, vestir de forma estrafalaria, mostrar poca educación o malos modales.

    - Evita el deseo de enterarte de lo que no te incumbe, hacer comentarios imprudentes y dar consejos no solicitados, eso es ser entrometido.

    - Cuida especialmente tus relaciones personales, evita suponer las palabras y actitudes que los demás tienen y que “motivan” tu enojo. Lo más importante es que tu cambies de actitud, que hasta ahora también es predecible.

    - Dedica unos minutos cada día para reflexionar y elaborar una pequeña lista sobre las situaciones cotidianas que normalmente te disgustan, provocan pereza, caes en excesos y aquellas en las que evades tus responsabilidades. No te preocupes si en un principio son pocas, más adelante seguirás descubriendo otras no menos importantes.

    - De la lista obtenida, selecciona dos de todas ellas (puedes elegir entre las interrupciones en el trabajo, comprar los víveres para el hogar, desvelarte con frecuencia, dedicar el tiempo necesario al estudio, por ejemplo), reflexiona sobre la actitud correcta que debes adoptar y llévalas a la práctica por una o dos semanas, después de ese período elige otras y así sucesivamente.

    La persona que aprende a controlarse interiormente tiene el privilegio de vivir una alegría auténtica, pues jamás se deja llevar por los disgustos y contratiempos; además, tiene la tranquilidad del deber cumplido, pues por el control que tiene sobre la comodidad, es capaz de cumplir con sus deberes oportunamente. Consecuentemente, todo esto le ayuda a tener excelentes relaciones personales, por la cordialidad y delicadeza que mantiene en su trato.

sábado, 9 de abril de 2016

Lectura 17

EL NÚMERO CERO
Carlos Peüalver Hernánde

Como siempre digo cuando voy a contarle a alguien la historia de mi vida... “Escuchadla con mucha atención, porque, la creáis o no, eso es lo de menos, creo que disfrutaréis oyéndola, es realmente fantástica”.
Solo me gusta contarlo en ocasiones especiales, como ahora, ante unas pocas personas que me escuchen de verdad, y así evitar las reacciones lógicas, en cierto modo, de los más incrédulos.
Antes de nada, para situaros, deciros que soy un número cero; digo un número porque hay otros muchos como yo, en mi mundo; soy gordito, simpático y tengo muchos amigos.
Mis padres siempre me dicen que soy un inútil, pero no es verdad. Yo soy un poco especial.
Mis padres no son malos; lo que pasa es que en mi mundo todo es muy exacto, muy estricto y no hay segundas lecturas: las cosas son como son... Aquí es mejor no equivocarse.
Ellos son dos vectores perpendiculares; son un producto desde hace mucho tiempo, y por eso nací solo, sin hermanos, nací número cero.
Mi familia es muy antigua y de una gran relevancia social. Formamos un problema de más de dos caras de hoja, y siempre se nos ha tenido un gran respeto aquí, en el cuaderno de Maribel García García , 2.° C.
Es muy dura la vida, en el miserable mundo de los cuadernos: es un mundo sucio Y peligroso que no pega mucho con nuestra naturaleza exacta y perfecta. Por eso, mi aspiración, como la del resto de mis amigos v de todos los habitantes de los cuadernos en general, sería, algún día, poder llegar a los libros, Eso es lo más grande que hay- para nosotros; son ciudades perfectas, exclusivas para números sin errores, donde todo es orden y limpieza v donde a todos nos hubiera gustado nacer...
Eso lo saben nuestros creadores, especialmente Maribel, que es muy aplicada y cuida mucho de nosotros aquí en el cuaderno, aunque todos andamos un poco alborotados desde que, hace unos días, se dice que un determinante de Van Der Monde vio cómo borraba, justo al lado suyo, a todo un logaritmo resuelto y todo, sin dar explicación.
Son cosas que tenemos que aceptar: tenemos que vivir con ellas y resignarnos, porque, al fin y al cabo, todo se lo debemos a ella
Mis padres tampoco me dejan pensar de este modo, tener creencias, hablar de Maribel
concretamente... Les molesta que hable de ella con tanta seguridad en su existencia. Porque aquí, en los cuadernos, no todos piensan como yo, no todos creen en Maribel, y aún en estos tiempos, algunos analfabetos piensan que las equis de las ecuaciones se despejan solas, por pura lógica, sin darse cuenta de que antes ha estado Maribel pensando en ello durante un rato, y de que ella es la causa de todo lo que ocurre aquí, de que estamos en forma vectorial y no en
paramétrica , por ejemplo, porque ella así lo ha querido.
Ahora viene lo más fantástico de mi historia, lo que cambió por completo mi aburrida vida de número.
Yo detestaba la vida de los cuadernos, sentía vergüenza de mí mismo al compararme con los robustos y perfectos números en negrita de los libros, y, como cualquier otro de mis compañeros, habría dado hasta mi potencia cúbica para salir de aquí si me fuera posible...
Pues bien, este que era mi sueño iba a cumplirse en unas horas; así fue como ocurrió.
Ese día me había despertado muy tarde, debajo de la diagonal principal. Estábamos donde siempre, cerca de las anillas dentro de la matriz transpuesta de A, con mis amigos y 2 algunos parámetros, cuando , sin más, ocurrió.
Maribel abrió el cuaderno por nuestra página; el número nueve enmudeció. Cuando esto ocurre, suele ser un acontecimiento, Ella no es muy estudiosa, y todos nos callamos y la observamos expectantes. Todos juraríamos que nos estaba mirando a nosotros, con sus azules ojos brillantes, esa niña rubia de casi 17 años... No lo podíamos creer... Alargó su dedo índice oteando nuestras cabezas y con una precisión aterradora lo dirigió justo hacia mí, me iba a tocar a mí, me iba a tocar, me iba...
Ya no pude pensar nada más. Cuando me quise dar cuanta de qué había pasado, de dónde estaba, no daba crédito.
Estaba en su dedo: toda la tinta de mi pequeño cuerpecito redondo y- gordito había ido a parar allí, a la punta de su dedo índice.
Me fui alejando de mis amigos más y más, de la matriz, de la hoja, de la libreta, del pupitre... Había salido de los cuadernos y lo estaba viendo todo: estaba, estaba viendo que había algo más allá, el mundo real, un mundo que en mi interior siempre supe que existía.
Pero muy lejos de las maravillas que esperaba encontrar, mi decepción fue inmensa cuando vi lo triste y caótica que era la vida fuera de las matemáticas, Decenas de hombres como Maribel andaban sin orden ni control en este nuevo mundo, destrozando todo cuanto encontraban a su paso. No pude reprimir mis lágrimas cuando vi el maltrato al que estos sometían a los números.
Vi los cuadernos tirados por el suelo, abiertos de cualquier manera, viejos y descuidados y amontonados en grandes pilas. Vi a un niño que borraba sin parar, vi a otro que escribía algo y, furioso, arrugaba el papel estampándolo con fuerza contra el suelo..., vi cosas dantescas. También vi cómo un hombre, de un solo golpe, tachaba con una línea roja todo un sistema de tres incógnitas con parámetros al cubo, perfectamente clasificado y resuelto por el viejo Cramer (era un tipo larguirucho y muy pesado, pero que siempre se había llevado bien con los nuestros).
También había una pared donde colgaba un extraño aparato, como una cárcel de cristal, donde un puñado de números asustados estaban encerrados dentro, tratando de pedirme ayuda golpeando el cristal, al tiempo que esquivaban tres peligrosas agujas de diferentes tamaños que se dirigían a todas partes.
Había visto muchas cosas horribles, pero aún no había visto lo peor... Solo os puedo asegurar que es cierto esto que os digo. Un niño se levantó de repente y, alzando al aire un libro abierto, cogió fuertemente una de sus páginas v..., antes de que me diera tiempo a girar la vista, por desgracia pude ver cómo la... cómo la arrancaba de cuajo.
No quise ver nada más. Todo para mí había perdido el sentido, así que decidí volver a mi viejo mundo de los cuadernos, que, aunque imperfecto, era mi mundo y el de los míos, y era allí donde quería estar, fuera o no este mundo mío de las matemáticas el mundo real.

Aproveché que Maribel iba a escribir algo y me colé por un pequeño orificio que separa el exterior del boli con el tubo de la tinta negra; me mezclé entre la tinta y. cuando recobré el sentido, ya estaba allí de nuevo, dispuesto, como buen número que soy, a decir únicamente la verdad y a contarles a todos que no se estaban perdiendo nada ahí fuera...

sábado, 12 de marzo de 2016

Lectura 16

¿Y si quedamos como amigos?


CAPÍTULO DIEZ

Qué distintas son las cosas cuando tu mejor amiga es una chica. Si empiezas a lamentarte delante de tus amigos de que todas tus novias te ponen el cuerno o de que besas fatal, ellos te molestarán, cambiarán de tema o te darán un zape. En cambio, si te pones insistente con tu mejor amiga, te besa para hacerte callar. Cuando sucedió, me quedé alucinando durante, digamos, 1.3 segundos. Y luego decidí participar. Macallan besa de maravilla. Me sentí algo decepcionado cuando se apartó y empezó a comportarse como si nada. Para que luego digan que nosotros no nos clavamos cuando media el contacto físico. Como es lógico, intenté que volviera a besarme, pero no funcionó. Le daba la lata adrede y luego le decía: “Ay, será mejor que alguien me haga callar”. A continuación fingía que iba a llorar. Macallan me ignoraba y seguía con lo que estaba haciendo. Qué coraje.
Por fin llegó la primavera y con ella el buen tiempo. Y las carreras. Aunque ya estábamos a mitad de temporada, yo aún me ponía nervioso antes de cada competición. Para mí, eran muy importantes. Constantemente tenía que recordarme a mí mismo que debía respirar. Luego sacudía las piernas. Oía las instrucciones y los gritos de ánimo del público, pero yo mantenía la mirada al frente. Sólo pensaba en los cuatrocientos metros que tenía por delante. Oí el aviso y me coloqué en la línea de salida, listo para salir volando en cuanto sonara el disparo. Me sumergí en esa zona que se crea justo antes de empezar una carrera. Adquieres “visión de túnel” y todo lo demás se desvanece. Te invade la calma mientras tu cuerpo se prepara para echar a correr. Oí el disparo y salí como una exhalación. Mis músculos reaccionaron de inmediato después de tanto entrenamiento. Respiraba en ráfagas muy breves a la vez que empujaba a mi cuerpo a avanzar cada vez más deprisa. Tomé la primera curva de la pista y vi que seguíamos corriendo en grupo, pero cuando llegué a la mitad del trayecto sólo quedábamos dos o tres. Utilicé hasta la última gota de mis energías para recorrer el tramo restante. Estaba dispuesto a darlo todo. Sabía que debía de estar cerca de la meta, porque sólo oía la voz de Macallan, que gritaba más que de costumbre. Cuando crucé la línea, tardé varios metros en aminorar el paso. Miré a mi alrededor y vi a Ian corriendo a mi lado. —Por poco, hermano —resolló casi sin aliento. Yo sólo pude asentir. Aún no me había recuperado.
Me palmeó la espalda. Ian y yo nos habíamos declarado una especie de tregua tras el incidente del semiengaño. Yo estaba más molesto con él por lo que le había hecho a Macallan que por mí, aunque ella no parecía tan enojada como lo habría estado yo en su lugar. No obstante, supongo que cuando has pasado por cosas tan terribles como ella, cortar con tu novio de la secundaria no te parece una tragedia. —¡Branigan, Rodgers, buen trabajo! —nos gritó el entrenador Scharfenberg cuando nos dirigimos despacio adonde estaba el resto del equipo. Los entrenadores y los jueces pasaron unos minutos revisando los tiempos oficiales. —Oye, ¿vienes cuando acabemos? —me preguntó Ian. —Claro. Los chicos del equipo de atletismo siempre salían después de las competiciones. La fiesta solía incluir mucha comida y bebida energizante. —¡Estuviste brutal! —Andy me tendió una botella de agua. —Gracias, tú corriste muy bien los doscientos. —Ya lo creo —Tim se acercó y le dio unas palmadas a Andy en la espalda—. Aunque, digámoslo claro, yo brillé en los relevos. Como siempre. Por fin tenía amigos. O sea, camaradas, colegas de verdad. En cuanto me admitieron en el equipo de atletismo (fui el único de segundo que lo consiguió), empecé a congeniar con Tim y Andy, ambos de tercero. Eran buenos tipos, de ésos que te apoyan en todo. Sólo tenía que tomármelo con calma y procurar no dar saltos de alegría cuando me invitaban a salir con ellos. Había tenido que cancelar los planes con Macallan unas cuantas veces, pero sabía que ella se alegraba por mí. Además, Macallan siempre lo planea todo con mucha antelación, mientras que los chicos tienden a improvisar. Me quedé mirando el marcador, ansioso por ver los tiempos. Y sí, había ido de pelos. Ian me había ganado por una décima de segundo. Una décima. En cierto sentido, preferiría haber perdido por un segundo. Cuando perdía por tan poco, empezaba a obsesionarme. No creía que pudiera hacerlo mejor, pero, por otra parte, no podía evitar pensar que, si me esforzaba un poco más, si corría sólo dos décimas más deprisa, ganaría. —¡Bien hecho, hermano! —Ian me palmeó la espalda. —Felicidades… te lo mereces. Me acerqué al lugar donde Macallan y Danielle me estaban esperando. —¡Eh! —intenté sonreír. —¡Estuviste genial! —exclamó Macallan, y me dio un gran abrazo.
Me agobié cuando lo hizo, no sólo porque había perdido sino también porque estaba empapado en sudor. Me encogí de hombros, poco dispuesto a aceptar el cumplido. Sobre todo porque era injustificado. —Vamos… Eres el más joven —me recordó—. Un segundo puesto es increíble. La próxima vez lo conseguirás, estoy segura. Sí, cuando Ian ya no estuviera en el equipo. Macallan me agarró por los hombros y empezó a sacudirme. —¡Tierra a Levi! Estuviste increíble. Nos vamos a Culver’s. ¡La crema corre por mi cuenta! —Aunque me encantaría verte abrir la cartera aunque sea una vez, hoy saldré con el equipo —la despeiné con ademán cariñoso. Ella me apartó la mano de un manotazo. —Ah, está bien, sólo chicos. Tarde de chicos. Fiesta de amigos. Eh, espera, ¿es una sonrisa eso que veo ahí? —frunció el ceño y fingió escudriñar mi expresión—. Sí, definitivamente es una sonrisita. Claro, para sonreír como Dios manda necesitas tiempo de calidad con los cuates. Sí, para eso tienes que salir con los amigotes y hacer cosas de machotes. —Tú te lo pierdes —intervino Danielle—. Macallan y yo teníamos pensado hacer una guerra de almohadas en ropa interior. —Desde luego —Macallan hizo un movimiento travieso con las cejas—. Y ahora que lo pienso, tenía planeado algo más. No sé, lo tengo en la punta de la lengua — frunció los labios con ademán juguetón y se dio unos golpecitos—. Mm… No sé qué será. —Son malvadas. Traté desesperadamente de arrancar de mi mente la imagen de Macallan y Danielle en ropa interior. Aquello era una crueldad lo mires por donde lo mires. Creo que a veces Macallan se olvidaba de que soy hombre. Y de que los hombres experimentamos ciertas reacciones difíciles de controlar. —Te estoy tomando el pelo —me dio un toque de cadera. Yo más bien diría que me estaba torturando. —Tengo que ir a bañarme. A darme un baño muy muy frío. —Que se diviertan. En serio —volvió a abrazarme con fuerza. Lo cual no me ayudó a recuperarme—. Estoy orgullosa de ti. Nos vemos mañana. Pásala bien con los del equipo. —Sí, pórtate como un machote —se burló Danielle. Ambas se echaron a reír y se alejaron.
—Oye —Andy me siguió a los vestidores—, ¿seguro que no puedo llevarla al baile de fin de curso, ni aunque te prometa portarme como un caballero? Negué con la cabeza. Ni en sueños. —Es una crueldad que me la restriegues onda “se mira pero no se toca”. “Bienvenido al club”, pensé.
Tim y Andy me habían estado ayudando a practicar con el balón. Incluso Keith se había unido a nosotros unas cuantas veces y afirmaba que, el año que viene, me dejarían jugar, salir al campo y eso. Aquella era la vida que había soñado cuando llegué a Wisconsin hacía cuatro años. Tener amigos, ser popular. Me da igual si parezco superficial. Es la verdad. Íbamos a clase en grupo. Salíamos en grupo. Con mi grupo. Las chicas me prestaban más atención. Habían pasado dos semanas desde el día que Macallan y yo habíamos compartido aquel abrazo sudoroso y estaba con mis amigos celebrando la típica cena después de la competencia. —¡California! —Andy se puso a dar palmadas en la mesa. Tim se le unió a golpes de puño. —¡California campeón! Pronto, la mesa entera estaba entonando mi nombre. Agarré el licuado y me lo bebí de un trago. Ni siquiera noté el sabor y el frío me destrozó la garganta, pero no me importó. Los chicos me estaban vitoreando. —¡Hermano! —se rio Andy—. Qué fuerte. Veintiséis segundos. Machacaste el récord de Tim. —No será la última vez —alardeé sin hacer caso del fuerte dolor de cabeza que me había provocado la bebida fría. Andy se irguió una pizca y se pasó las manos rápidamente por el pelo. Luego sacó la barbilla. —¿Qué tal, Macallan? Me di la vuelta y vi que Macallan acababa de entrar con Danielle. Se sentaron en una mesa de la esquina. —Ándale —me suplicó Andy—. Dile que se siente con nosotros. No sabría decir si la punzada que sentí fue porque aplasté el envase del licuado de un puñetazo o por la insistencia de Andy para que le facilitara el camino con Macallan. Andy interpretó mi silencio como una negativa. Pensé que se había conformado… pero de repente se levantó de la silla y se acercó a su mesa. Sólo veía la mitad del rostro de Macallan mientras Andy se acercaba. Al principio pareció confusa y luego le dedicó una gran sonrisa. Andy le dijo algo que la hizo reír y yo me puse en pie a toda prisa. —¿Qué pasa aquí? —rodeé a Andy con el brazo y le pedí perdón a Macallan con la mirada—. ¿Te está molestando? —Estoy invitando a estas preciosas señoritas a sentarse con nosotros. Andy inclinó la cabeza con gesto de caballero. Danielle agarró la carta y se negó a alzar la vista. Su nivel de tolerancia hacia las “estúpidas payasadas de los chicos” no era mucho mayor que el de Macallan. Yo sabía que el único modo de alejar a Andy de allí era ponerlo celoso. —Eh, tú —empujé a Andy a un lado y me senté junto a Macallan—. ¿Qué vas a comer? —le apoyé la barbilla en el hombro para aumentar el efecto—. A ver si lo adivino. ¿Atún con queso? —Puede… —la vi lanzarle una mirada a Danielle que se convirtió en una sonrisita conspiratoria. El silencio se apoderó de la mesa. Andy se disculpó, pero yo quería quedarme allí unos minutos más para dejar bien claro que aquella mesa me pertenecía. —Me voy a lavar las manos —Danielle se levantó y se marchó. Yo ocupé su sitio frente a Macallan. —¿Cómo va todo? Macallan se encogió de hombros. —Bien. ¿Vas a venir a cenar el domingo por la noche? —No puedo… Quedamos en casa de Keith. Pero mis papás sí irán. Ella volvió a mirar la carta. En aquel restaurante sólo había dos o tres cosas que le gustaban, así que no entendía qué miraba con tanto interés. —Ah, y el miércoles tampoco podré. Quedé… —Con los chicos —me cortó Macallan con un atisbo de resentimiento en la voz. —Sí, claro —le quité la carta—. Mira, siento haber estado tan ocupado. —Lo entiendo —comprendí que estaba dolida conmigo. No estaba acostumbrada a que yo tuviera mis propios planes. ¿Qué podía hacer yo si los chicos del equipo me acaparaban? Era un hombre muy solicitado—. ¿Y crees que podrás venir a la fiesta de Adam? —¿No faltan aún varios meses? —Sí, pero así vas reservando la fecha. Aunque seguramente lo cancelarás en el último minuto. Decidí pasar por alto aquel comentario pasivo-agresivo. Macallan agarró su refresco y dio un gran trago. Guardó silencio un instante. Luego dejó el refresco en la mesa y dijo: —Pues Keith me volvió a pedir que salga con él. —¿Que hizo qué? —le espeté.
—Sí, me abordó ayer después de clase —encorvó el cuerpo como si fuera un cavernícola—. “Tú. Yo. Salir. Gruñido.” Le dije que no, claro. —¿Por qué no me lo contaste? Me miró fijamente. —Te envié un mensaje pidiéndote que me llamaras, pero, por desgracia, no me contestaste. Qué raro —hizo un mohín. Yo recordaba haber recibido su mensaje, pero estaba entrenando. Y si bien es verdad que debería haberla llamado más tarde, también es cierto que últimamente me enviaba mensajes todo el rato. Su actitud rozaba la dependencia—. Además, pensaba que él ya te lo habría comentado. —No, no me dijo nada. Sabe que me habría molestado. Le dejé muy claro que ni se acercara a ti. —¿Qué ni se acercara a mí? —replicó—. ¿Y eso qué significa? —Sólo que… ya sabes… —No, no lo sé. Se arrancó la liga del pelo y se hizo la cola de caballo otra vez, con movimientos rápidos. Saltaba a la vista que estaba enojada. Intentaba ganar tiempo para pensar qué decir a continuación. —Eres un hipócrita. No me lo esperaba. Apenas pude contener la indignación. —Tú te buscas un montón de amigos y te quedas muy contento, pero pones el grito en el cielo si uno de ellos quiere salir conmigo. Yo no entendía nada. —¿Quieres salir con Keith? —¡No! Esto no tiene nada que ver con Keith —bajó la vista—. Bueno, como mínimo hay alguien que aprecia mi compañía. Aquello no era propio de Macallan. No es de esas personas que se compadecen de sí mismas. —¿Quieres que vaya allí —señalé mi mesa— y les diga que no volveré a quedar con ellos? ¿Es eso lo que quieres? Una expresión gélida que yo conocía bien se adueñó de su semblante. —Ya sabes que no quiero eso. Y si te molesta que quiera pasar más tiempo contigo, lo lamento. —Bueno, tenemos todo el verano. —Faltan siglos para eso. Vi que Danielle se acercaba y me levanté. —Pero, en serio, si quieres salir con Keith… Adoptó una expresión de dolor.
—¡Uy! —exclamé para aligerar el ambiente—. Que me cuelguen si no se cree un cielo. Antes de que te des cuenta, te estará trayendo rosas a ti y a tu tía. Aguardé su respuesta. Permaneció unos instantes enfurruñada, antes de responder con voz apagada: —Pero, Buggy, yo no tengo tía. Me di media vuelta rápidamente. Me pareció más inteligente dejarla con una cita de Buggy y Floyd que quedarme allí discutiendo. En realidad, Macallan y yo no nos peleábamos. Nosotros no teníamos ese tipo de relación. Pero me marché con la sensación de que acababa de pelearme con ella.
Cuando el segundo curso llegó a su fin, yo estaba ocupadísimo con el atletismo, el futbol y los exámenes finales, pero me prometí a mí mismo que, en cuanto acabaran las clases, le dedicaría un día entero a Macallan, como mínimo. Un día más y seríamos libres. Por mucho que me hubiera encariñado de mis amigos, empezaba a echar de menos a Macallan. Cuando estaba con ella, podía relajarme. Es verdad que éramos un poco ácidos, pero era la única persona con la que podía mantener una conversación de verdad. Pensaba que si me ponía demasiado trascendente con los hombres, dirían que me estaba volviendo un chilletas. —¡Eh, tú! —Macallan se acercó a mí después de clase. Danielle no andaba muy lejos—. Llevo toda la semana enviándote mensajes. —¡Hola! —empecé a guardar los libros en la mochila. —¿Vas a…? —¡Rodgers! —bramó Tim—. ¡Me las vas a pagar! ¡Qué gran exhibición diste en gimnasia! —¡Lo tienes claro! —le grité. Me volví hacia Macallan—. Perdona. ¿Qué decías? Parecía agobiada. —Me preguntaba si… —¡ALLÁ VA! —oí gritar a Keith. Me di media vuelta y cacé el balón al vuelo. —Señor Simon, las pelotas están prohibidas en los pasillos —lo regañó un profesor. —¡Perdón! ¡Perdón! —Keith se hizo el arrepentido hasta que el profesor le dio la espalda—. ¡Bien hecho, California! ¡Tenemos todo el verano para practicar! —¡Claro! Entrechocamos las palmas. Por fin recordé que Macallan intentaba decirme algo. Miré a mi alrededor pero no la vi por ninguna parte. Divisé a Danielle alejándose por el pasillo y la seguí. —¡Eh, tú! —le grité.
Se dio media vuelta y me asesinó con la mirada. —¿Tú? Debes de estar de broma —siguió andando. —¿Dónde está Macallan? —Ah, ¿por fin reparaste en su existencia? —me espetó con brusquedad. —Vamos, yo… Me interrumpió. —No, en serio, Levi. Lo capto. Tienes a tus amigos. Relájate, güey. Vaya. Alguien estaba haciendo drama. Llamando al capitán Cliché. —Mira en su casillero —me dijo por encima del hombro. Corrí al casillero de Macallan. Y sentí un gran alivio al verla allí, hasta que se dio media vuelta y advertí que estaba a punto de echarse a llorar. Sólo la había visto llorar por su madre. Afrontaba todo lo demás —el fin de su amistad con Emily, la ruptura con Ian, el estrés académico— con serena fortaleza. —¡Eh, eh! —corrí hacia ella, pero Macallan echó a andar en dirección contraria—. ¿Estás enojada conmigo? Cuando se dio media vuelta, no le hizo falta contestar. Su expresión hablaba por ella. Por desgracia, respondió: —¿Tú qué crees? —Perdona. Sin embargo, no tenía ni idea de por qué estaba tan disgustada. Si sólo había hecho un poco el tonto con mis amigos en los casilleros. ¿No podía esperar un par de minutos a que estuviera con ella? Claro que no. Estaba acostumbrada a tenerme en exclusiva. Ahora, no obstante, yo tenía otros amigos, otros compromisos. Si no podía aceptarlo, era su problema. Se rio. —¿Sabes? Normalmente te creo cuando te disculpas, pero ahora tengo la sensación de que no tienes ni idea de lo que me pasa. —La verdad es que sí. —¿Ah, sí? ¿Y te importaría explicármelo? Se puso tan impertinente que me enojé aún más. —Te molesta que tu chico de los mandados no esté a tu entera disposición. Ella me miró fijamente. Había dado en el clavo. —No —dijo con un hilo de voz—. Lo que me pasa es que tengo la sensación de que estoy perdiendo a mi mejor amigo. Espera, no, no sólo a mi mejor amigo sino a parte de mi familia. Tú sabes mejor que nadie lo mucho que mi familia significa para mí, y te dejé formar parte de ella. Me prometiste, Levi, le prometiste a mi mamá que siempre podría contar contigo. Vaya promesa. Se me partió el corazón.
Ella se enjugó una lágrima y continuó. —Entiendo que para ti sea muy importante pasar tiempo con tus amigos, de verdad que sí, pero puedo contar con los dedos de una mano las veces que nos vimos el mes pasado. El mes pasado, Levi. Y una de esas veces sólo querías que te acompañara a comprarte un traje para llevar al baile a aquella chica de primero. Sí, Macallan había sido tan amable de ayudarme a escoger el ramillete que le regalé a Jill. —Renuncié a una de mis mejores amigas por ti, Levi. Porque pensé que nuestra amistad valía la pena. Pero a los dos segundos de tener cuates, me apartaste. ¿Tienes idea de lo insignificante que me siento? ¿Alguna vez te has parado a pensar en mis sentimientos cuando me llamabas para cancelar una cita? Keith, siempre tan inoportuno, se acercó en aquel momento por el pasillo. —¡Ándale, California! ¿Vienes o no? —me gritó. Macallan lo fulminó con la mirada antes de voltear hacia mí. —Ve, por favor. No prives a tus amigos de tu preciosa compañía por mí —puso los ojos en blanco. Fue entonces cuando exploté. Ya no me daba ninguna lástima. Estaba harto de que me hiciera sentir como si sólo me preocupara por tonterías. Como si su tiempo fuera más importante que el mío. De que hiciera cosas como besarme y luego quedarse tan fresca. De que pudiera hacer lo que le viniera en gana sin afrontar las consecuencias. —Para ti todo esto es una broma, ¿verdad? —le escupí. Palideció. —Yo nunca pensé… La interrumpí. —Exacto, tú nunca piensas. Y me marché. Ya no tenía ganas de oír lo que quería decirme. Odiaba que me acusara de ignorarla. Que se comportara como si la hubiera decepcionado. Como si yo fuera el único responsable de su felicidad. Como si yo fuera la causa de que Emily y ella ya no fueran amigas. Fue Macallan quien tomó la decisión. Y yo tampoco tenía la culpa de que hubiera cortado con Ian. Tenía que dejar de poner tanta carga en nuestra amistad. Yo era un chico de quince años. ¿Qué tenía de malo que quisiera salir con mis cuates? Con mis verdaderos amigos.
Me fui con Keith, pero tenía la cabeza en otra parte. Atrapaba el balón porque era lo que tocaba. Eso es todo. Mi pensamiento seguía en el pasillo de la escuela. Mi mente no se había movido. No me sentía orgulloso de haber hecho llorar a Macallan. Ni de saber que ahora mismo seguiría llorando, sin que yo pudiera consolarla. Es que me había sacado de mis casillas. Detestaba que me hiciera sentir culpable, cuando en realidad era ella la que debería… O sea, era ella la que, bueno, quería… Estaba tan enojado que no podía ni pensar fríamente. Odiaba sentirme así. Me daba muchísimo coraje pensar que antes se lo contaba todo a Macallan y que ahora ya no podía. Me volvía loco. A veces hacía cosas que, sólo de pensar en ellas, me enfurecían. Su manera de tomarme el pelo. Su manía de dar por supuesto que yo debía estar a su entera disposición. Su costumbre de apoyar la cabeza en mi hombro cuando veíamos una película. Su forma de despeinarme para molestarme. Su manera de besarme y luego alejarse. Pensándolo bien, todo empezó en aquel momento. Después de aquel beso, empecé a sentir algo distinto por ella. Para Macallan, en cambio, no significó nada. ¿Por qué no significó nada para ella? ¿Por qué no pudo significar algo? ¿Por qué ella no…? Y entonces lo comprendí. Sé que a veces soy un poco lento, pero ¿por qué diablos me había costado tanto entender lo que pasaba en realidad? Cuáles eran mis verdaderos sentimientos. Por qué estaba tan ofendido con ella. Por qué quería alejarme de Macallan. Por qué tenerla cerca se me hacía más y más difícil. Por qué me ponía nervioso cada vez que algún chico la mencionaba. En cuanto lo reconocí, supe que esta situación se remontaba a muchísimo tiempo atrás. Estaba enamorado de Macallan. Dejé caer el balón y lo dejé allí, en el suelo. Keith me preguntó qué me pasaba. Farfullé algo de que tenía que hablar con Macallan y eché a correr. Sabía que amor era una palabra muy fuerte para alguien de mi edad, pero era eso, ni más ni menos, lo que sentía. Lo que había entre nosotros. Y no quería echarlo a perder. Habíamos tocado fondo, y allí, en lo más profundo, yo había descubierto algo. La verdad. Corrí como alma que lleva el diablo. Aquel día no pensaba perder por una décima de segundo. Aquel día, habría dejado atrás al más rápido de los corredores. Porque en la línea de meta no me aguardaba un trofeo… sino Macallan. Me faltaba el aliento cuando llamé a su puerta. Me daba igual apestar a sudor o que me tomaran por loco. Lo que estaba a punto de hacer era una locura. Lo que estaba a punto de hacer lo cambiaría todo. Sin embargo, no podía seguir callado. La verdad que llevaba dentro la estaba alejando de mí. Había llegado la hora de dejarme de tonterías y dar la cara. —Oh, hola, Levi —me recibió el señor Dietz en la puerta. No parecía muy contento de verme. —Hola, señor Dietz. ¿Puedo hablar con Macallan, por favor? —apenas reconocía mi propia voz, de tan suplicante como sonaba. Él suspiró, pero abrió la puerta. —Está en la parte de atrás. Crucé la casa y saludé a Adam, que me miró sin inmutarse. Jamás lo había visto tan serio. En aquel momento, comprendí que había metido la pata hasta el fondo. Me dirigí hacia la puerta de la terraza. Macallan estaba sentada en los escalones que conducían al jardín trasero. Casi se me rompe el corazón cuando vi un montón de pañuelos arrugados a su lado. Empujé la puerta de vidrio. Su padre me indicó que no la cerrara. —Levi está aquí —anunció. Ella se dio la vuelta y vi sus ojos enrojecidos—. ¿Te parece bien, Calley? Nunca había oído a su padre llamarla de un modo que no fuera Macallan. Aquello era peor de lo que pensaba. Ella asintió con un cabeceo casi imperceptible. Entonces oí la voz de Adam. —Me voy a quedar aquí de pie por si necesitas algo. Lo que sea. Asintió en mi dirección con gravedad, como informándome de que me derribaría sin dudarlo si le daba motivos. La lealtad de Adam aún dejaba más en evidencia mi traición. Jamás me había sentido tan avergonzado de mí mismo. —Hola —dije acomodándome a su lado con suavidad—. Sé que te he dicho esto muy a menudo últimamente, pero lo siento. Me he portado como un idiota integral. Estaba muy confundido respecto a muchas cosas y quería sentirme uno más, pero ahora me doy cuenta de que nada de eso importa, nada de todo eso es importante. O sea, sólo me importas tú. Nunca me había declarado a nadie, pero comprendí que lo estaba haciendo fatal. —Estaba muy enojado porque, creo, o sea, sé, bueno, que estoy sintiendo algo. O sea, sabes, no sólo sintiendo algo sino… Deja que vuelva a empezar.
—Me hiciste una promesa, Levi. Me prometiste que estarías ahí siempre que te necesitara. Y la rompiste. Y nunca jamás te he considerado mi “chico de los mandados a mi entera disposición”. Aquellas palabras, las palabras que yo había pronunciado hacía sólo unas horas, me escocieron. Apenas podía imaginar lo mucho que la habían lastimado. Siguió hablando sin soltar el pañuelo de papel que aferraba entre los dedos. —No me había dado cuenta de que se te hiciera tan difícil quedar conmigo. —No —dije con vehemencia. No podía creer que hubiera llegado a pensar eso, lo mirara por donde lo mirara. También es verdad que yo la había ignorado bastante. Así que entendía en parte que se hubiera llevado esa impresión. No hizo caso de mi respuesta. —Me parece genial que tengas tus propios amigos. Sería egoísta por mi parte pedirte que renuncies a ellos. No era mi intención. —No, no es eso. Me horroriza que hayas pensado algo así —le tomé la mano—. He sido un completo idiota. Y ahora sé por qué me sentía tan confuso. Supongo que me cuesta expresarme y, este… Macallan ni siquiera se volteó hacia mí. Le tomé la otra mano y, con cuidado, la obligué a mirarme a los ojos. Se le saltaban las lágrimas. —Macallan, te amo. Al pronunciar aquellas palabras, sentí que me había quitado un enorme peso de encima. —Yo también te amo. Eres mi mejor amigo —esbozó una sombra de sonrisa. No hablábamos de lo mismo. —No, Macallan —le acaricié la cara con el pulgar, con delicadeza—, no me refiero a eso. La atraje hacia mí y me incliné hacia ella. Sólo nos separaban unos centímetros. Noté en el cuerpo el cosquilleo que precede a un beso. Uno que no iba a finalizar de manera tan abrupta. Cuando comprendió lo que yo estaba a punto de hacer, Macallan abrió los ojos como platos. Se puso en pie de un salto. —Me voy a Irlanda —me espetó con voz chillona. —¿Que te vas? ¿Cuándo? —Voy a pasar el verano en Irlanda con la familia de mi mamá. Me marcho dentro de una semana. Lo aclaró en un tono tan inexpresivo que apenas le creí. —Macallan, por favor —tenía la sensación de que yo era el culpable de aquella fuga precipitada—. ¿Cuándo lo decidiste? —Hace… poco —mentía fatal—. Ya sabes que me invitan cada verano.
—¿Y por qué ahora? —¿Por qué no? “¿POR QUÉ NO? ¿POR QUÉ NO ?”, quise gritar. “PORQUE ACABO DE CONFESARTE QUE TE AMO. POR ESO.” Retrocedió un paso. —Mira, Levi, ya sé que todo… cambió. Y ahora tienes todo el verano para divertirte con tus amigos. Ya retomaremos las cosas cuando regrese. —¿Retomar qué exactamente? Le estaba echando la mano. Acababa de decirle que no la amaba sólo como amiga. ¿No pensaba darse por aludida? Parecía desorientada. —¡Esto! Nuestra amistad —la palabra me dolió—. Está claro que necesitamos separarnos un tiempo. Tú quieres pasar más rato con los cuates y yo quiero ver a mi familia. Buscaremos la manera de que esto funcione. No voy a interponerme en tu camino. Eres libre, tal como querías. —Macallan —le supliqué. Intenté agarrarle la mano pero ella se alejó aún más. —Todo irá bien —me aseguró, pero yo no le creí—. Ya va siendo hora de que vaya a visitarlos. De verdad, llevaba un tiempo pensándolo. Pregúntale a Danielle. Me maldije a mí mismo por no haber contestado al estúpido teléfono cuando me llamaba. ¿Y si una de esas veces quería pedirme mi opinión al respecto? Ojalá hubiera respondido. Trató de fingir que todo era normal. —No es para tanto. Nos enviaremos correos y chatearemos mientras esté allí y, si tienes suerte, a lo mejor te traigo un leprechaun. No sabía si respirar aliviado al comprobar que aún era capaz de bromear o hundirme del todo al comprender que no iba a responder a mi declaración diciendo que ella sentía lo mismo. Habíamos llegado a un punto muerto. Sólo tenía dos opciones: volver a declararle mi amor y hacerle entender que podíamos ser algo más que amigos, o tragarme el orgullo y mantener intacto lo poco que quedaba de nuestra amistad. —Un leprechaun, ¿eh? Apuesto a que cabe en el compartimiento superior del avión. Me odié a mí mismo por ello, pero no quería presionarla más. Quién sabe a dónde sería capaz de marcharse con tal de evitarme. Irlanda ya estaba bastante lejos.

jueves, 3 de marzo de 2016

Lectura 14

¿Lealtad?

Comencemos por definir qué es lealtad:

Es una virtud que se desarrolla principalmente en nuestra conciencia, el compromiso de defender lo que creemos y en quien creemos, esto supone hacer aquello con lo que una persona se ha comprometido aun cuando las circunstancias cambien, dicho de otra manera, es cumplir con la palabra que ha dado.  Alguien que es leal responde a una obligación que tiene con los demás.
Todos tenemos amigos superficiales o conocemos a alguien que trabaja únicamente por le pagan pero una persona que es leal va más allá porque su compromiso es más profundo: está con un amigo en las buenas y en las malas, trabaja no solo porque le pagan, sino también porque adquiere un compromiso con la empresa en la que trabaja e incluso con la sociedad.
No hay que decir que la lealtad es esencial en la amistad y que es obvio que se relaciona estrechamente con otros valores como son el respeto, la responsabilidad, la sinceridad, la dignidad y la honestidad entre otros.
No se puede justificar, el ser leal solamente con uno mismo y creerse con el derecho de criticar o menospreciar a los demás y exigir a los que nos rodean, que sean leales. Esta virtud y valor humano, debe vivirse y practicarse primeramente, con uno mismo antes que nadie. No se puede ser leal con el prójimo, si antes no se ha practicado con uno mismo.
Eso sí, es muy difícil de ganar, muy fácil de perder y casi imposible de recuperar. Lo contrario a la lealtad es el engaño, la traición, no se es leal, independientemente de las disculpas que se tengan, si no se dice la verdad o se dicen medias verdades, o lo que al líder agrada, o lo que éste desea oír, o si se esconden  expresamente situaciones y hechos reales.
Con la pérdida de la lealtad, las personas se quedan solas y sin amigos, ni familiares, como los traidores que han sido descubiertos.
Cómo enseñar la lealtad a nuestros hijos:
·         Demostrando comprensión cuando alguien de la familia, escuela o trabajo, reconoce sus propias culpas para no incrimina a los demás.
·         Demostrando confianza a nuestros hijas, familiares, amigos y compañeros para que consulten sus dudas, sin temor a represalias.
·         Demostrando el cumplimiento de los acuerdos tácitos o explícitos en la familia, trabajo, estudios o sociedad.
·         Enseñando de forma práctica a los hijos que se puede confiar en ellos y pueden ser confidentes y colaboradores.
·         Demostrando lealtad a los principios religiosos, sociales y económicos.
·         Demostrando lealtad entre los hijo/as, familiares y amigos.
·         Demostrando lealtad y voluntarismo, para ayudar en las tareas de la casa, aportando cada uno sus máximas posibilidades, incluso antes de que los demás lo necesiten.
·         Demostrando que cuando alguien ha dado algo bueno, la familia le debe mucho más que agradecimiento.
·         Enseñar que se defiende lo que se cree y en quien se cree.
·         Demostrando que se puede ser leal, aunque se denuncie lo que está mal, a pesar de poder perder un amigo.
Es entonces cuando… Una persona leal es aquella que apoya a otra, le es fiel y nunca le da la espalda. Los verdaderos amigos son leales porque se ayudan mutuamente cuando tienen problemas. Un ejemplo de ellos seria…. Los camaradas de Ana Luisa deciden cortarse el pelo como una muestra de aprecio y solidaridad. Mediante este gesto quieren que ella se dé cuenta de que no está sola, de que los cuatro se encuentran a su lado para enfrentar no sólo la enfermedad que padece, sino también las burlas de sus compañeros.
Pero la lealtad no se relaciona únicamente con los amigos. También podemos ser leales a una comunidad con la que nos sentimos identificados: nuestra escuela, la gente del barrio, una congregación religiosa, un club deportivo, etcétera. Asimismo, este valor puede relacionarse con alguna causa que nos parezca valiosa. Tal es el caso de aquellas personas que creen en la igualdad humana, la ecología o la defensa de los animales, y luchan en favor de dichos ideales. Muchos consideran que la lealtad tiene que ver también con el nacionalismo. Amar a tu país, defenderlo de quienes lo denigran, respetar sus símbolos patrios, conservar sus riquezas naturales o históricas, trabajar para que sea un lugar mejor para vivir… Todas estas son maneras de expresar lealtad a la patria.
Finalmente, existe también la lealtad hacia uno mismo. Ésta consiste en mantenerse fiel a lo que consideramos justo, bueno y correcto sin importar las circunstancias ni los fracasos. También se trata de creer en uno mismo y en la vocación. Un caso de lealtad vocacional… es el de Walt Disney, cuyo enorme éxito no debe hacernos olvidar que, cuando comenzó su carrera como dibujante y caricaturista, tuvo que enfrentar numerosos rechazos. El director del periódico en el que trabajaba lo despidió porque, según él, le faltaba imaginación y sus ideas no eran buenas. En lugar de dedicarse a otra cosa, Disney fue leal a sí mismo y continuó dibujando pese a las críticas. Las numerosas películas animadas que realizó —entre las cuales destacan Blanca nieves, Bambi y Dumbo— demostraron que las críticas que había recibido eran erróneas.

¿Y tú qué piensas…?      


Hombres y mujeres de bien
Las buenas personas cumplen sus promesas, aunque las circunstancias y los intereses cambien. Dan el máximo valor a la confianza que los demás depositan en ellas: actúan de la forma que esperan, a pesar de que les resulte difícil. Cuando se comprometen a algo con otra persona están dispuestas a darlo todo sin fijarse en su propio provecho y a tener actitud respuesta valiente y creativa para llevar a cabo la misión que les pidieron.
El mejor ejemplo está en la unidad de la familia: los matrimonios fieles se esfuerzan por seguir juntos, aunque a veces tengan problemas y diferencias; los padres fieles se comprometen a hacer lo mejor por sus hijos pequeños y el conjunto se esfuerza para mantener unida a la familia. La misma experiencia puede ampliarse al compromiso que debemos tener con México: ser leales con el país es promover la paz, la justicia, la honestidad y la tolerancia en cada acción.

La lealtad es que no se paga, se corresponde. Si alguien nos ayuda en una circunstancia difícil, no habrá ningún objeto o cantidad de dinero suficientes para darle las gracias. La única alternativa es apoyarlo cuando se vea en una circunstancia difícil, sabiduría que se resume en la frase “hoy por ti, mañana por mí.” De esta forma, la lealtad contiene y lleva al máximo los valores más importantes de la convivencia y es una expresión de amor. Al practicarla no sólo beneficiamos a los demás: también le vamos dando forma a nuestra vida y poco a poco no convertimos en hombres y mujeres de bien.