viernes, 4 de septiembre de 2015

Lectura 1


LOS NIÑOS Y LA RESPONSABILIDAD ESCOLAR

De una u otra forma, todo papá quiere que su hijo sea Presidente de la República. Pero, ojo, que a su hijo no le pase como a aquel Presidente de un distante país que se hizo famoso por leer discursos que le escribían otros, y que, probablemente, no entendía, porque en alguna oportunidad leyó dos veces la misma página y ni cuenta se dio. Nadie habló con su profesora de primaria, pero muchos intuyeron que cuando pequeño le hacían las tareas.
Y es que asumir la responsabilidad por los trabajos escolares ayuda a que los niños se conviertan en adultos que respetan sus promesas, cumplen a tiempo sus compromisos y tienen éxito en su trabajo (seguramente el Presidente en cuestión no lo hizo).
Los niños responsables terminan puntualmente los trabajos y tareas en la escuela y la casa y los proyectos a largo plazo. Recuerdan sus deberes y entregan los trabajos solicitados. De cuando en cuando piden asistencia (por ejemplo, con una lista ortográfica de palabras) pero por lo general les gusta hacer su trabajo por sí mismos.
Responsabilidad en la escuela secundaria

Entender y aceptar las responsabilidades de la escuela secundaria puede ser la diferencia entre el éxito y el fracaso de los estudiantes. La transición de la primaria a la secundaria abarca nuevas áreas de independencia y rendición de cuentas. Los padres de los jóvenes de escuela secundaria que proporcionan orientación en el inicio del año escolar animan a un sentido de responsabilidad que se traducirá en una valiosa habilidad de la vida.
Puntualidad
La escuela secundaria es generalmente la primera experiencia con cambios de clase. Se espera de los estudiantes que estén en sus asientos cuando suene la campana. Los profesores suelen ser indulgentes con las notas por retrasos en los primeros días de escuela mientras los estudiantes se familiarizan con el diseño del edificio. Los estudiantes de secundaria deben llegar a tiempo a la cafetería, ya que las líneas de almuerzo pueden ser largas. Los tiempos que pasan entre las clases son de aproximadamente cuatro minutos, así que ir al baño rápido es una regla.
Agenda
La agenda o planificación diaria es una herramienta importante que ayuda al desarrollo de la responsabilidad en la escuela secundaria. Los profesores muestran de manera destacada objetivos y tareas diarias. Lo mejor es registrar esta información en el orden del día al inicio del período. A medida que se completan las tareas, deben ser destacadas en el orden del día. Esto ayuda a asegurar que se completan las tareas. La agenda también puede ser utilizada como una herramienta de comunicación entre profesores y padres.
Organización
Los estudiantes de secundaria están sometidos a seis o más profesores. Los útiles requeridos deben comprarse de inmediato. Las carpetas resistentes pueden durar todo el año. Colocar habitualmente los documentos en secciones adecuadas de carpetas ayuda a eliminar pérdidas. Una cartuchera en la carpeta guarda lápices, bolígrafos y otras herramientas necesarias, tales como un transportador o una calculadora. El papel de composición y los cuadernos son necesarios para muchas clases. Llevar el cuaderno correcto a clase evitará que vuelvas a copiar anotaciones.
Tareas
Se espera de los estudiantes que cumplan fechas en tareas a corto y largo plazo sin que los profesores lo presionen. Esto precisa de escuchar cuidadosamente en clase. La responsabilidad es puesta a prueba en mayor medida cuando un estudiante falta. Es su responsabilidad cumplir con cada profesor. Los instructores a menudo mantienen una zona en el aula en donde los estudiantes pueden ubicar documentos. Colocar un título en cada tarea debería ser habitual.
Código de vestimenta
El personal escolar define los códigos de vestimenta estudiantiles obligatorios. Es responsabilidad de cada estudiante cumplir con el código. En caso de duda, pregunta a los administradores. El mantenimiento de una apariencia cuidada y limpia es vital, sobre todo durante estos años de crecimiento acelerado.
Respeto

Los estudiantes de secundaria se enfrentan al reto de respetar a la autoridad, incluyendo a los maestros sustitutos. Este puede ser el primer encuentro de un estudiante con una variedad de culturas. Las diferencias deben ser respetadas. Los estudiantes deben tener en alta consideración a la propiedad escolar y la propiedad personal de sus compañeros. Una responsabilidad fundamental para todos los estudiantes de secundaria es informar de comportamientos que podrían resultar en daños o lesiones a otro.

Nota: Recuerda que se tiene que hacer la lectura con tus padres, hacer un comentario de cada uno ( padre y tuyo); y lo deben de firmar para que constaten que se hizo.
Traer toda la semana la lectura ya que la ocupara en las clases.

viernes, 5 de junio de 2015

Lectura 25


El Ave María de Schubert y la novela histórica



El niño se quedó cojo. La polio le había dejado huella aquella secuela. Y aun así estaban contentos porque había sobrevivido a una enfermedad que con frecuencia era mortal; pero, pese a ello, ser cojo a finales del siglo XVIII no era pasaporte hacia el éxito en ningún ámbito profesional. Por eso sus padres lo intentaron todo. Primero le enviaron de Edimburgo al norte, al campo en Sandyknowe. Tenían la esperanza de que el aire más puro de las montañas, alejado de las grandes factorías de la ciudad, le ayudara. Sin embargo, el niño no mejoro. Lo único bueno de todo aquello fue que conoció a su tía Jenny, una mujer dotada para la narración oral que empezó a contarle centenares de historias de la Escocia medieval; y, esta es la clave, aquellos relatos se quedaron en la cabeza de aquel niño para siempre. Sus padres, no obstante, que seguían preocupados por la falta de mejoría en la salud del joven muchacho, nose daban por vencidos. Le enviaron entonces al sur, a Bath, con la esperanza de que allí, con los tratamientos de aguas de la ciudad, quizá su salud se fortaleciera y la cojera, por fin, empezara a remitir. Lo esencial, de nuevo, fue que la tía Jenny volvió a hacer de enfermera y, una vez más, de eterna narradora de historias. Además, en este nuevo viaje, le hizo un regalo muy especial: le enseño a leer. La cojera, sin embrago, nunca desapareció.
El niño se hizo grande y empezó a estudiar Derecho en la Universidad de Edimburgo, y luego, al poco tiempo de terminar su licenciatura, entro como aprendiz en el despacho de abogados de su padre. La cojera nunca le supuso cortapisas más allá de las que todos habían querido ver en aquel defecto. Aunque no todo era fácil. Un primer romance no fructifico y la mujer de sus sueños se casó con otro hombre. Pero nuestro joven protagonista no se hundió. Tenía determinación y un ansia enorme por mejorar. Empujado por esa decisión que le caracterizo siempre, aprendió a montar a caballo. Aquello le permitió moverse y viajar de una forma que nunca antes había podido disfrutar con su torpe modo de caminar. Además, aquel muchacho ya hombre manejaba bien las palabras y supo con ellas y con su arrojo persuadir a una hermosa joven de origen francés, Charlotte Geneviene Charpentier, para que se casara con él. Con ella tendría cinco hijos. Comprendió entonces que su camino estaba en las palabras: primero fueron poemas, luego relatos y por fin novelas. Su nombre pronto se hizo conocido por el mundillo literario del Edimburgo de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Sus colecciones de poemas, en particular La dama del lago, le granjearon fama nacional e internacional, hasta el punto de que el famoso Ave María de Schubert no lo compuso Schubert originalmente para poner música a la oración dedicada a la Virgen María, sino que el compositor hizo esa genial pieza para poner música a un poema de este escritor cojo. Posteriormente, como el poema de La dama del lago al que Schubert había puesto música empezaba con las palabras “Ave María”, el compositor pensó en adaptar la obra musical a la oración a la Virgen.
Pero divago; volvamos a nuestro protagonista: con el correr de los años se le nombre Poeta Laureado, un reconocimiento solo propio de los grandes maestros, pero el, lo rechazo. Nunca quedo muy claro el motivo. O bien no se consideraba merecedor de este o bien no quería las ataduras que su aceptación implicaba, pues, a cambio del título y la remuneración que conllevaba, el poseedor de semejante mención también contraía una serie de obligaciones literarias que podían coartar sus escritos futuros. Y es que, pensaran lo que pensasen de él y sus poemas, no parecía estar satisfecho aun consigo mismo; al menos, desde el punto de vista de la literatura. Había algo que le reconcomía por dentro. Y es que, allí donde otros veían el cenit de una gran carrera literaria, el aun no la daba por empezada. Pero ¿por qué? ¿Qué reconcomía las entrañas de nuestro escritor? Algo a lo que, por fin, decidió enfrentarse.
Así, después de tantos años, empezó a dar forma narrativa a las viejas historias de su tía Jenny, a aquellas antiguas leyendas de la legendaria Escocia medieval que todo el mundo menos el parecía haber olvidado. Eso era lo que bullía en su mente, lo que no le dejaba dormir por las noches y lo que, por otro lado, se le aparecía como un magnifico desafío. Y se dedicó a la tarea con ahínco, sin descanso, con energía y las destrezas adquiridas en la poesía, pero puestas ahora al servicio de crear una novela. Y la termino y consiguió que se publicara, pero tuvo miedo y recurrió a un seudónimo para evitar identificarse como su autor. Y es que, a principios del siglo XIX, escribir novelas no era precisamente la actividad literaria mejor considerada, más bien al contrario. Si, temía que aquella novela que recreaba el pasado pudiera dañar su reputación como gran poeta. Pero la novela gusto y los editores pidieron más; y el, siempre con su seudónimo, entrego, una tras otra, cinco novelas más. Todas fueron recompensadas con un grandísimo éxito popular, pero él seguía sin identificarse. Se trataba de novelas históricas sobre aquella antigua Escocia que le contaba en su niñez la tía Jenny. El público disfrutaba tanto como estas obras que empezaron a llamarle el Mago del Norte, pues se intuía que el escritor debía de ser de Escocia o de algún otro lugar del norte de las islas Británicas. Pero llego un día en que hasta el mismísimo rey Jorge III de Inglaterra confeso que le gustaban aquellas novelas medievales e incluso manifestó que quería conocer a ese enigmático escritor. Y el, el escritor en cuestión, al fin, reconoció tremendo en todo el Reino Unido, donde su popularidad ya era incontenible. Ya había habido rumores, pero muchos se negaban a creerlo, pues a aquel gran poeta se le consideraba un escritor serio. Y fue entonces, cuando todos sabían ya quién era, cuando publico su obra maestra, Ivanhoe, para muchos la primera gran novela histórica de la historia de la literatura moderna, una vez más centrada en aquella Escocia de las historias de su vieja tía Jenny. El éxito fue arrollador. Sir Walter Scott, que así se llamaba aquel niño cojo que nunca dejo de serlo, pasó a ser leído por toda Europa y Estados Unidos. Todo iba a la perfección, incluido su negocio de impresión de libros, hasta que llego una brutal crisis económica y financiera (imagino que esto de una crisis brutal, lamentablemente, les suena). Aquella crisis de principios del siglo XIX se llevó por delante los sueños y las inversiones de centenares de miles, de millones de personas en todo el Reino Unido; y el negocio de Scott, como el de tantos otros, quebró por completo. Sin financiación ni crédito, rodeado por decenas de acreedores, sus propios lectores y hasta el mismísimo rey ofrecieron ayuda económica a sir Walter Scott, pero el, como cuando era niño, no se arredro por las inclemencias de la vida. Y era hombre orgulloso. En lugar de aceptar esas ayudas, reunió a sus acreedores y les propuso creas una fundación a nombre de todos aquellos a quienes debía dinero (la deuda ascendía a más de cien mil libras esterlinas de 1820). La idea era que todo el dinero de las ventas de sus libros, excepto una mínima cantidad para subsistir él y su familia, revertiría en esa fundación para así, poco a poco, ir satisfaciendo a sus acreedores. Les aseguro a todos ellos, además, que escribiría tantos libros como fuera necesario para pagar todas sus deudas. Nadie le creyó capaza de ello, pero aceptaron.
Y no, no fue capaz de conseguirlo. Cine mil libras del XIX era una cantidad astronómica. No, sir Walter Scott no consiguió pagar su deuda. Esto es, en vida. Pero la fundación continuo generando ingresos tras su muerte porque sus libros seguían vendiéndose sin parar, y sir Walter Scott podría ver desde su tumba como su palabra se cumplió. La fundación devolvió a cada acreedor hasta el último penique. Sin ayuda bancaria, sin créditos, solo por la fuerza de su pasión por la literatura y por la novela histórica.

La crítica literaria se empeñó en hundir a Scott como novelista. Aun hoy muchos críticos siguen en ello (sin conseguirlo), pero para todos los que amamos la novela histórica, el Mago del Norte es nuestra estrella y en él nos miramos como humildad deseando simplemente aprender y disfrutar.

jueves, 28 de mayo de 2015

Lectura 24

La prisión


El nuevo preso entro custodiado por dos de los porteros de la cárcel pública de Sevilla. Corría el año del Señor de 1597 y en aquella ciudad del sur del reino hacía un calor asfixiante. Pero esa no era, ni de lejos, la mayor preocupación de aquel preso, entrado en años, marcado por el tiempo y la guerra. Miraba atento a su alrededor. No era tampoco aquel su primer cautiverio y sabía que nunca se andaba con suficiente tiento en una cárcel. Tanto andar sirviendo al rey y así se lo pagaban.
---¡Entrad de una vez! --- le espeto uno de los porteros con desdén.
El preso cruzo la puerta que llamaban del Oro y luego la segunda puerta, esta de reja, que llamaban puerta de Hierro. Sin embargo, resoplo de alivio cuando comprobó que no le obligaron a cruzar la tercera y última de las puertas de aquella terrible prisión, la de la Galera Vieja. Mal asunto que te metieran allí, con los prisioneros de la peor calaña: desertores, salteadores y ladrones de la peor estofa con mucha sangre derramada sin orden ni concierto.
Llegados al patio de la fuente, le indicaron que subiera por la escalera. El reo recién llegado obedeció disciplinado. No era momento de rebeldías absurdas. Tampoco es que estuviera a ese destino, pero pensaba luchar contra aquel cautiverio de otra forma. Al poco, porteros y preso se encontraron en una galería de la planta primera con pequeñas celdas de ventanas aún más pequeñas. Todo allí era agobiante. El calor sevillano parecía que se te metía en las entrañas y allí se quedaba. Sudaba por todas partes.
--- Ahí. --- Y le empujaron con tal fuerza que trastabillo y dio con sus huesos en el duro suelo de aquella prisión.
--- ¡Voto a Dios! --- dijo al caer, pero se controló y no añadió más.
El portero de la cárcel le miraba como quien espera una provocación para tener una buena excusa con la que descalabrarle.
--- Uno nuevo --- oyó el recién llegado entonces que decía alguien a su espalda. Se volvió y vio que un preso anciano le miraba sonriendo con una boca desdentada y sucia ---. Tranquilo. Aquí no se esta tan mal. Allí fuera --- y señalo a la minúscula ventana de la celda --- hay gente mucho peor que la que hay aquí dentro.
El preso nuevo respondió, aunque pensó que mucho había de cierto en aquella reflexión. Se levantó y se volvió raudo a la puerta para gritar una petición a los porteros que le habían traído y que ya se alejaban. No era queja sobre el trato recibido. Era asunto de más enjundia.
--- ¡Recado de escribir! --- Y como fuera que se volvieron con asco, el preso, que de argucias y cautiverios entendía bien, mostro en su mano varias monedas a la par que insistía en su ruego ---. ¡Recado de escribir! ¡Háganme esa merced!
El reo sabía que tenía derecho a ello, que cualquier preso tenía que disponer de la posibilidad de escribir al menos una carta a algún familiar, a algún allegado o a quien se terciara según su juicio, para informar de su penosa circunstancia, pero como también era hombre experimentado y conocedor de la miseria humana, ofre4cio las monedad para que se ablandara la mala voluntad de aquellos carceleros.
--- ¡Háganme esa merced! --- insistió cuando les daba el dinero.
Los porteros no respondieron, pero se la hicieron, porque el dinero canta y abre caminos en todas partes, pero más que en ningún sitio en las cárceles, en las de antes y en las de ahora.
Llego entonces papel, una pluma y algo de tinta para escribir. El preso anciano que había hablado de la maldad de los de fuera vio como el nuevo reo tomaba el material que le habían traído para escribir y como se afanaba en redactar lo que parecía una carta, de muchas palabras juntas para lo que el tenia acostumbrado ver en otros presos. El reo nuevo, al fin, entrego su carta a uno de aquellos porteros siempre mal encarados.
--- Muchos son los que escriben rogando perdón a los jueves y pocos los que lo reciben --- dijo el preso anciano.
--- Lo sé --- respondió el preso nuevo ---. Pero yo he escrito al rey.
--- ¡Al rey! ¡Ja, ja, ja! --- se desternillo el anciano ante lo absurdo del destinatario, pero pronto callo.
En el fondo, aquel preso nuevo le había impresionado: o estaba loco o se consideraba alguien cuyo destino podía ser de interés para el mismísimo rey. Seguramente sería un loco. No le gustaba compartir prisión con un loco.
Llego la noche y un vigilante les cerró la puerta de la celda de un golpe. Se oyeron entonces voces desde el patio.
---- ¡Acá los de la Galera Nueva!
--- ¡Acá los de la Cámara de Hierro!
--- ¡Acá los de la Galera Vieja!
El nuevo miro instintivamente al anciano de su celda y este le aclaro las cosas.
--- Son los bastoneros, los vigilantes de la cárcel. Mil veces peores que los reporteros. Con los bastoneros no hay que tratar. Son las diez y cierran todas las puertas. Siempre gritan así, para que el alcalde sepa que las cosas están bien y para que todos sepamos que ellos están ahí. Mala gente los bastoneros. Mala gente.
El preso nuevo asintió y se acurruco en su jergón e intento conciliar el sueño. Al principio, un poco por el cansancio, un poco por lo avanzado de la hora, pudo dormir algo, pero, de pronto, en medio de las sombras, un aullido de dolor rasgo la noche de la prisión.
---- ¡Aagggh!
El recién llegado miro hacia el anciano. El otro no podía verle, pero seguramente había intuido que el nuevo también se había despertado y que debía de estar confuso.
--- De las celdas de abajo. Alguien bajo tormento --- aclaro el viejo susurrando sus palabras en la oscuridad de la celda. El nuevo no dijo nada.
Al cabo de otro rato le pareció al preso nuevo que se oían voces de mujeres, pero pensó que estaba soñando y se abandonó, al fin, a los brazos de Morfeo.
Pasaban los días y seguía sin recibir respuesta a su carta. La rutina carcelaria empezó a tomar acomodo en su persona, junto con la suciedad y el tedio y el calor: los martes venia el asistente con sus tenientes para ver a los presos que habían entrado nuevos desde el sábado: los jueves volvía el asistente para examinar las causas de los presos que llevaban más tiempo a cargo de la justicia; y, por fin, los sábados venían los oidores que escuchaban quejas y reclamaciones de los presos, esto es, si se les untaba convenientemente con monedas que hubieran conseguido los reos por los más diferentes y siempre peligrosos medios. A estos últimos, los oidores, recurrió en varias ocasiones nuestro preso, pero sin grandes logros.
Los días pasaban. Una tarde descubrió que no había soñado la primera noche que llego allí y que las voces de mujeres que se oían ocasionalmente en algunas horas nocturnas eras reales. Hasta cien mujerzuelas entraban alguna noche para solaz de los presos que pagaban bien a los bastoneros de forma que estos miraran para otro lado por unas horas. Pero nada de todo aquello le sacaría de allí. El rey era hombre ocupado y tardaría primero en leer su carta y luego en reaccionar. Nuestro preso se armó de la paciencia infinita del soldado en las largas campañas de guerra y, al fin, una mañana, pidió de nuevo recado de escribir.
--- ¿Mas cartas al rey? --- le pregunto con sorna el preso viejo.
--- No. El rey responderá. Hay que darle tiempo. Entretanto escribiré. Poca cosa más se puede hacer aquí. El preso viejo se acercó y miro a aquel veterano de guerra que se afanaba en sostener bien el papel que le habían traído con un muñón que tenía por toda mano en el brazo izquierdo.
--- Es herida de guerra, ¿cierto? --- indago el preso viejo con curiosidad infinita.
--- De guerra es. Si --- dijo el preso nuevo sin levantar la mirada. El otro intento discernir la escritura, pero apenas sabía leer y se volvió a su jergón.
El preso nuevo llevaba días con una idea en la cabeza, con una historia de esas de… novela. Tenía que distraerse o se volvería loco.
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”, empezó con decisión siguió un par de horas. Hasta que se le acabo la tinta y el sol dejo de iluminar bien.
Ahora esa misma cárcel sevillana tiene una placa, justo en la esquina de la calle Sierpes con Francisco Bruna, que reza: “En el recinto de esta casa, antes cárcel real, estuvo preso (1597 – 1602) Miguel de Cervantes Saavedra, y aquí se engendró para asombro y delicia del mundo El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. La Real Academia Sevillana de las Buenas Letras acordó perpetuar este glorioso recuerdo, año de MCMLXV.” No me queda claro que de “glorioso” tuvo aquel encierro para el bueno de Cervantes. He contado hoy día hasta más de veinte placas en honor a Cervantes por toda Sevilla. Y si contáramos todas las de España, no quiero ni pensarlo. Hasta tenemos un premio de las letras con su nombre y un instituto de promoción del español también. Si, ahora si, pero aquel 1597 lo metimos en la cárcel. Así somos.



miércoles, 20 de mayo de 2015

Lectura 23



¿Escribió Shakespeare las obras de Shakespeare?


30 de mayo de 1593. Una posada en Deptford, junto al Támesis, a dieciséis millas de Londres. Cuatro hombres comparten una cena. La cerveza ha sido abundante. Sin embargo hay pocas risas. Los hombres hablan en voz baja. De pronto uno se levanta alterado.
--- Prometiste que pagaríais vosotros.
--- Siéntate, Marlowe, por Dios --- le responde Ingram, uno de sus compañeros, cogiéndole del brazo, pero Marlowe está fuera de sí. Ya entro nervioso en la taberna y a cada cerveza se había puesto más irascible aun.
--- ¡Malditos miserables! ¡Malditos mentirosos! --- les espeta Marlowe con agresividad.
Robert y Nicholas cogen entonces a Marlowe por los brazos, mientras que Eleanor Bull, la viuda dueña del alojamiento, desciende a toda prisa desde el piso superior. Marlowe se zafa del abrazo de sus compañeros y esgrime una daga ante el perplejo rostro de su amigo Ingram.
--- ¡Sois todos unos traidores y pagareis por ello como pagareis esta maldita cuenta! --- insiste un Marlowe fuera de sí.
Ninguno parece entender por qué Marlowe reacciona con esa violencia.
--- ¡Señores, esta es una casa honrada! --- exclama Eleanor Bull aterrorizada, pero ya es tarde para todo.
Marlowe, borracho, embiste a Ingram con su daga. Ingram, no obstante, ha estado en mil reyertas de taberna: coge la muñeca de Marlowe, la retuerce y el puñal desaparece de la vista de todos. Lo siguiente que se oye es el grito de agonía de Marlowe a la vez que un gran charco de sangre empieza a salpicarlo todo. En ese momento se abre la puerta. Danby, el juez de la reina, de paso por Deptford, ha oído los gritos de la lucha y entra en el comedor.
--- En nombre de la reina, ¿qué ocurre aquí?
Y todo se detiene.
A los pocos minutos, el cuerpo sin vida de Christopher Marlowe, poeta y autor de teatro isabelino, es puesto en una carreta acompañando al cadáver de un recién ahorcado. Eleanor Bull y otros testigos están declarando. Ingram es detenido por posible asesinato. Danby parte hacia Londres custodiando a Ingram y se adelanta al grupo de sus hombres que conducen la carreta con los cuerpos sin vida de aquellos miserables. El carromato, más despacio, con Robert y Nicholas velando al fallecido Marlowe, cruza Deptford con los dos cadáveres, el de Marlowe y el del ahorcado. Justo a la salida del pueblo, el cuerpo sin vida de Christopher Marlowe abre los ojos y se sienta.
--- ¿Qué mierda roja es esta? --- pregunta.
Ni Robert ni Nicholas ni el conductor del carro se sorprenden.
--- Sangre de vaca --- responde Robert es un susurro ---, hemos usado sangre de vaca; y sigue tumbado, que todavía no hemos dejado el pueblo. Aun conseguirás que nos maten a todos, pero esta vez de verdad.
Marlowe obedece y, aunque a regañadientes, maldiciendo el mal olor de aquella sangre, se recuesta de nuevo en el carro. El cadáver del ahorcado tampoco hace muy grato el viaje.
En pocos minutos llegan a un muelle. Marlowe se cambia de ropa, sube a una barca que lo conduce a un mercante anclado en medio del rio y desaparece de Inglaterra con destino al continente. A todos los efectos, Christopher Marlowe, autor de grandes obras del teatro isabelino como El doctor Fausto, El judío de Malta o La masacre en Paris, ha muerto. El cuerpo del ahorcado sirve a sus compañeros para entregarlo en lugar del suyo. El supuestamente malogrado escritos ha dejado de existir, al menos en Inglaterra.
Sin embargo, la vida de Marlowe sigue en Francia, Italia y otros países como agente secreto al servicio de la corona inglesa, la misma institución que está detrás de su ficticio asesinato para evitar que fuera detenido e interrogado bajo tortura y que sus posibles confesiones comprometieran a altos funcionarios de la corona para los que había estado trabajando durante años. Marlowe, desde Europa, envía informes con regularidad a Londres, pero también envía algo más. Y es que su vieja pasión, un extraño vicio que le reconcome las entrañas, no le ha abandonado. De noche, cuando no puede dormir por el calor de algunos de los países mediterráneos en los que deambula, o quizá en medio de un perenne insomnio motivado por las preocupaciones, sigue escribiendo. Así nacen Hamlet, Otelo, Julio Cesar, El mercader de Venecia, Romeo y Julieta, Mucho ruido y pocas nueces, El sueño de una noche de verano, Antonio y Cleopatra, Macbeth y tantas otras. Marlowe envía los manuscritos a Inglaterra, a su buen amigo Thomas Walsingham, primo de sir Francis Walsingham, secretario de la reina Isabel. Thomas, admirado por la calidad de las obras, busca en hombre, un joven actor, y le ofrece un pacto: que sea él el rostro conocido que firma esos nuevos escritos de un Marlowe supuestamente muerto en una reyerta de taberna. Este joven actor, de nombre William Shakespeare, acepta. No tiene nada que perder.
¿Es todo esto cierto o estamos ante un dislate? La corriente dominante en la historia de la literatura inglesa sigue siendo la de considerar a Shakespeare como el autor de todas las grandes obras isabelinas que habitualmente se le atribuyen, pero hay quien ha dudado de que Shakespeare, hombre sin formación académica conocida, pudiera escribir semejantes obras maestras. Así Zeigler en 1895 y Webster en 1923 plantean sus dudas de forma rigurosa en diferentes publicaciones académicas. A esto se une que en 1925 se descubre el documento sobre la investigación oficial sobre la muerte de Marlowe: Ingram recibió un indulto de la reina cuatro semanas después de la supuesta muerte de Marlowe, alegándose defensa propia; los testigos presentaban contradicciones extrañas en sus declaraciones y es curioso que el juez de la reina, Danby, estuviera justo en el sitio del asesinato en el momento exacto en que supuestamente se produjo aquella reyerta. En 1955 Calvin Hoffman y en 1994 A. D. Wright continuaron defendiendo con todo tipo de argumentaciones literarias y policiales que Marlowe no murió en esa pelea y que era él y nadie más el auténtico autor de las obras que firmaba el actor Shakespeare. Su argumentación cobra fuerza con el hecho de que un tal Marlowe se paseara por Europa entre 1593, año de su supuesta muerte, y 1627, apareciendo intermitentemente en diferentes ciudades como Padua, Rutland y hasta la hispana Valladolid. ¿Tenía Hoffman razón en su teoría y es Marlowe el autor de obras tan memorables de la literatura universal como Hamlet o Romeo y Julieta?
Es un hecho que prevalece que hay dudas sobre si Shakespeare fue o no el autor en cuestión de tales obras maestras. Muy recientemente, en octubre de 2011, asistimos al estreno de la película Anonymous, en donde se formula nuevamente la teoría de que Shakespeare no fue el autor de esas obras que normalmente se le reconocen. La película no se postula a favor de Marlowe como el auténtico autor, sino que formula otra hipótesis diferente que no desvelo por si desean ver el largometraje. En todo caso, el asunto de la muerte de Cristopher Marlowe sigue siendo enigmático.
De quien si sabemos cuando murió con exactitud es de Calvin Hoffman, en 1987, pero tal era la pasión de este investigador del pasado por confirmar que fue Marlowe, en efecto, quien escribió las obras que firmaba Shakespeare que el propio Hoffman decidió que el tema no quedaría zanjado con su propia muerte. Para ello dejo un testamento con un premio de varios centenares de miles de libras esterlinas que deben ser entregadas como recompensa al investigador o investigadora que sea capaz de demostrar sin ningún margen de duda que fue Marlowe y no Shakespeare el que escribió las obras más famosas de la literatura inglesa. Observaran que he dicho “deben ser entregadas” en presente. Y es que la fundación del King´s College de Canterbury custodia los deseos y el dinero de Hoffman, que sigue esperando. El concurso sigue abierto. Si tienen alguna idea, por favor, no lo duden y preséntenla a la fundación del King´s College.
Por cierto, el cadáver de Marlowe fue incinerado en menos de veinticuatro horas después de su supuesta muerte. ¿Casualidad o alguien tuvo mucha prisa en que no fuera identificado? Ah, se me olvidaba: curiosamente Shakespeare no público nunca nada antes de 1593, año de la muerte de Marlowe. Hay quien cree en las casualidades. Hay quien no.  





miércoles, 13 de mayo de 2015

Lectura 22

Los vikingos y la literatura

Era el año 841 después de Cristo, aunque aquellos hombres rubios, altos y feroces nada sabían de Cristo. Sus más de sesenta barcos vikingos ascendían a buen ritmo por el rio Liffey. Llegaron a la laguna negra, un remanso del rio donde podrían atracar sus temidos drakkars. Aun no habían desembarcado y ya se oían los gritos de los pobladores de aquella tierra huyendo en busca de refugio en las torres que habían construido para resguardarse de aquellos ataques o para esconderse en el viejo monasterio. Nadie sabe a ciencia cierta el nombre del guerrero que comandaba aquella nueva expedición vikinga. Unos dicen que se llamaba Turgesius, otros que Gudfred y hay quien lo ha identificado como Thorgils, el hijo del rey noruego Haraldr Harfagri, es decir, Haraldr el del pelo rubio. Pero nadie sabe exactamente quién era el que comandaba a aquellos vikingos que descendían ya de sus barcos y que, para sorpresa de todos los que corrían en busca de refugio, no iban tras ellos. Eso les pareció extraño, pues les daba la oportunidad de esconderse. Lo que no sabían era que aquellos vikingos venidos de la remota Escandinavia no tenían prisa esta vez y por eso no los perseguían como en otras ocasiones. No, aquellos vikingos no habían venido a saquear y a secuestrar hombres, mujeres y niños. No. Aquella mañana habían venido para quedarse en la bahía y fundar una autentica ciudad vikinga que el mundo luego conocería como Dubh Linn, es decir, “la laguna negra” en gaélico, el Dublín del siglo XXI.
Cuando uno piensa en la relación entre los vikingos y la literatura, lo primero que le viene a la mente son esas largas e intensas sagas nórdicas que, en el caso de la literatura inglesa, a través del poema Beowulf (el equivalente al Mio Cid en español), marcan el arranque de la literatura anglosajona. Luego Tolkien recurriría a estas sagas como base para recrear su magnífico mundo de la Tierra Media. Todo esto es cierto, pero los vikingos, aun sin saberlo, y sin pretenderlo, contribuyeron a la historia de la literatura no ya solo inglesa sino universal con una acción que nadie pensó que podría ser tan importante: la conquista de Dublín. Y es que, con la llegada de los vikingos, la ciudad creció y se consolido como un importante eje de comunicaciones marítimas y comerciales en el norte de Europa. Fue un renacer construido sobre mucha sangre inocente, sangre celta que, no obstante, se mezclaría finalmente con sangre vikinga y luego normanda. No sé si será esta mezcla de la imaginación celta con la pasión por las largas sagas de los vikingos lo que produjo el milagro, o si fue el clima eternamente lluvioso y melancólico, pero Dublín, aunque no se sepa demasiado, es una de las ciudades que más han aportado a la literatura. De hecho es Ciudad de la Literatura por la Unesco. ¿Y es por qué? Porque pocas ciudades han dado a la literatura tantos maestros. Y si no, juzguen por ustedes mismos: Congreve o Sheridan, importantísimos dramaturgos del XVIII y el XIX eran de Dublín, como lo era también el autor, mucho más conocido, de Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift, un ejemplo de sátira social demoledora. Y también nació en Dublín el eterno e inigualable Oscar Wilde, cuyos rompedores epigramas, como “Puedo resistirlo todo menos la tentación” o “En los exámenes los estúpidos preguntan cosas que los sabios no pueden responder”, nos resumen bien la filosofía del pueblo irlandés. Como se imaginaran, este segundo epigrama es muy popular entre los estudiantes universitarios, incluidos los míos.
Pero hay mucho más en Dublín: ¿recuerdan el musical My Fair Lady, con Audrey Hepburn y Rex Harrison? Está basado en la obra Pigmalión de Bernard Shaw, otro dublinés que obtuvo el Premio Nobel en 1925, y el Oscar por el mejor guion adaptado en 1938 (cuando reescribió Pigmalión para una primera versión cinematográfica británica, preludio del musical My Fair Lady). Yo creo que con Swift, Wilde y Shaw, además de los mencionados anteriormente, cualquier ciudad merecería y aun lugar privilegiado en la historia de la literatura, pero a estos autores podemos añadir un siempre controvertido Samuel Beckett, que con su apuesta por el teatro del absurdo, con obras como Esperando a Godot, fue merecedor del Premio Nobel en 1969. Esto hace ya dos dublineses con el Premio Nobel de Literatura. Pero además, si uno pasea por la ciudad, no solo puede ver donde nació o vivió Wilde o visitar el más que interesante Writers´ Museum (Museo de los Escritores), sino que puede descubrir placas y estatuas repartidas por las calles que hacen referencia a la épica novela de James Joyce: Ulises. ¿Qué donde nació Joyce? En Dublín, por supuesto, donde se educó como escritor y hasta donde dio clases como profesor de lengua. Con Joyce tenemos otro autor internacional que añadir a la gran lista de la ciudad y que, aunque luego viviera fuera de Dublín, quedo literariamente atrapado en la capital irlandesa que le vio nacer, y siempre escribía sobre sus calles, sus esquinas, sus pubs, sus gentes. Y si no me creen relean otra de sus obras, Dublineses, cuyo título no deja lugar a dudas. John Huston hizo una magnifica adaptación al cine del último de los relatos de este libro, “Los muertos”. Película memorable.
Es cierto que Joyce es un autor difícil de leer y que es mucho mejor adentrarse en la literatura de escritores dublineses con las obras de Swift o Shaw o, por qué no, ya que hay tanta moda con las sagas vampíricas, releyendo el libro que lo inicio todo: Drácula, de Bram Stoker. Un clásico que recreando leyendas centroeuropeas estableció, sin saberlo, todo un género con tantos hijos e hijas necesitados de sangre. Ya se imaginaran donde nació Bram Stoker: si, en efecto, en Dublín. De hecho, una novia de Bram Stoker. Pero por si el listado aun no les parece suficientemente sorprendente tenemos otro premio Nobel, William Butler Yeats, el gran poeta de las leyendas irlandesas, quien, nacido también en Dublín, recibiría el máximo galardón de la Academia Sueca en 1923. Muy recientemente, en 2012, el grupo The Waterboys ha sacado un disco poniendo música a varios de sus poemas más populares. Personalmente me encanta el final de “La balada de Aengus, el errante”, personaje de la mitología gaélica que busca sin descanso a su amada:
                                               Y aunque he envejecido caminando
                                               por profundos valles y tierras montañosas
                                               encontrare donde ha ido ella
                                               y besare sus labios y tocare sus manos
                                               y caminare por la hierba moteada
                                               y cogeré, hasta que el tiempo y los tiempos terminen,
                                               las plateadas manzanas de la luna,
                                               las doradas manzanas del sol.

Pero la lista de escritores dublineses populares no es algo del pasado: Maeve Binchy, autora de bestsellers emotivos sobre el día a día de la gente corriente, lleva más de cuarenta millones de ejemplares vendidos. Y es que los libros forman parte integral de la vida irlandesa, ya sea porque el clima invita a recogerse temprano en casa y, al lado de un amigable fuego  o un buen sistema de calefacción, pasar horas infinitas leyendo, o porque el interés por las buenas historias va en los genes descendientes de aquellos vikingos que gustaban de sagas interminables. En Dublín puedes encontrar librerías modernas, librerías antiguas, mercadillos de libros usados o bibliotecas absolutamente espectaculares. De hecho, cuando Hollywood buscaba en que inspirarse para recrear la impactante biblioteca del mítico castillo de Hogwarts de la serie Harry Potter, encontraron la iluminación en la fastuosa biblioteca del Trinity College de Dublín. Nada más entrar en ella, el visitante tiene la sensación de estar en la catedral de las bibliotecas y de que en cualquier momento el adolescente Harry o el malvado Voldemort pueden sorprenderle emergiendo de cualquier pasillo. Visiten Dublín si pueden y, si no, viajen literariamente a ella por cualquier de sus muchos caminos. Disfrutaran.

Como no podía ser de otra forma, otra escritora dublinesa, Anne Enright, nos explica muy bien este matrimonio indisoluble (estamos en Irlanda) entre literatura y Dublín: “En otras ciudades, la gente inteligente sale y hace dinero. En Dublín, la gente inteligente se queda en casa y escribe libros”.

    

El autor secreto

Alguna ciudad de España. Año del Señor de 1553
Don Diego volvió a leer aquella misiva del rey. No, no había duda. No importaba que apenas hubiera regresado de su puesto de embajador en Roma: el emperador le conminaba a aceptar un nuevo cargo de forma inminente. Don Diego dejo la carta encima del escritorio y medito en silencio. Al fin, tomo una decisión. Abrió un cajón, extrajo un montón de hojas escritas y las envolvió con cuidado en una piel de cuero para proteger aquellas páginas de la lluvia… y de las miradas indiscretas.
Se levantó y llamo a uno de los sirvientes de la casa.
--- Mi capa --- dijo y, en cuanto se la trajeron, don Diego Hurtado de Mendoza se embozo en ella y salió a la calle.
Hacia frio y una lluvia fina descargaba con persistencia, aunque lo peor era el viento. Iba armado y era hombre resuelto, así que no le preocupaba que la noche se hubiera apoderado de la ciudad. Camino así, oculto su rostro en el embozo de su capa. De esa forma se protegía de las inclemencias del tiempo y, a la vez, pasaba desapercibido ante algún otro caballero que debía de ir en busca de dama o que quizá acudía a algún duelo que no entendía ni de rayos ni de truenos.
Llegado a las afueras de la población, se detuvo frente a una vieja casa que, por sus grietas en las paredes y lo desvencijado de su puerta, no parecía ser morada de nadie de renombre. Don Diego dio varios golpes en la madera con la palma de su mano fría y endurecida a fuerza de luchar en nombre del emperador Carlos V.
Paso el tiempo sin obtener respuesta.
A fuerza de insistir en su llamada, se oyó una voz quebrada, de alguien viejo, que hablaba desde el interior.
---¡Voto a Dios que no son horas! --- decía la voz ---.
¿Quién va?
--- ¡Abrid en nombre del rey! --- exclamo don Diego con el poderoso tono de quien está acostumbrado a mandar.
La puerta se abrió y una nariz aguileña tras la que asomaban unos ojos inquietos apareció por el umbral. Como fuera que el viejo vio en aquel inoportuno visitante el porte de un caballero y que este estaba solo, decidió hacerse a un lado y dejarle pasar, aunque, eso sí, siguió maldiciendo e imprecando a Nuestro Señor.
--- Voto a Dios que no es hora de visitas.
--- No es hora, en efecto --- dijo don Diego sacudiéndose el agua de los hombros con su sombrero, pero, como hombre decidido que era y para quien el tiempo también apremiaba, sin dudarlo un ápice, saco una bolsa de debajo de la capa y la arrojó al suelo.
El peso del metal resonó en aquella estancia mal iluminada por la única vela que sostenía el viejo. Se terminaron las imprecaciones. La puerta se cerró, el viejo se agachó, cogió la bolsa y la llevo a una mesa donde había letras en moldes esparcidas por doquier. El viejo volcó el contenido de la bolsa y el otro resplandeció incluso en aquella tenue luz temblorosa de la vela.
--- Esto es mucho dinero --- dijo el viejo, veterano en encargos extraños pero, como siempre, desconfiado ---.
Nada bueno queréis.
Don Diego saco entonces el cuero que envolvía las páginas escritas y lo dejo también sobre la mesa.
--- Ese dinero es en pago por imprimir este libro.
Veréis que soy hombre asaz generoso.
El viejo ladeo la cabeza.
--- Eso depende del riesgo que entrañe imprimir aquello que me habéis traído. Sois caballero, pero tanto secreto y lo avanzado de la noche me hace presentir que de nada bueno se trata.
--- La hora en parte se debe a que he de marchar para Siena al amanecer. A ello me conmina nuestro rey y emperador. El dinero es porque quiero un buen trabajo y… bien si, para que negarlo: algo de peligro hay en el encargo.
--- Pero entonces don Diego puso sobre la mesa una segunda bolsa de oro.
El viejo miro la nueva bolsa y miro el cuero con el libro.
--- Aunque sean poemas del mismo diablo, mañana me pondré al trabajo --- dijo el anciano acercando la luz a la segunda bolsa.
--- Poemas no son, pero espero que cumpláis vuestra palabra o por Dios que a mi regreso de Siena os he de encontrar y cobraros a palos la traición de no servirme bien en este encargo. Imprimid este libro y luego marchad de la ciudad. Si el trabajo se hace bien sabré de ello, pues sin duda las noticias llegan hasta Siena. --- Y don Diego dejo un tercer saco de monedas sobre la mesa ---. Me consta que el negocio no os va bien, pero este extra es por las molestias de vuestro mudar de ciudad.
El viejo tenía aquella imprenta heredada de su padre. Años atrás, recién nacida aquella invención de juntar palabras, todo fue bien, pero luego fueron tantas las imprentas que apenas había ya negocio para sobrevivir. Aquel encargo parecía como llegado del cielo; o del infierno, que a el tanto le daba. El viejo asintió y empezó a hojear las primeras páginas del libro. Don Diego no esperaba que hubiera ni ocasión ni necesidad de intercambiar más palabras, así que se encamino hacia la puerta.
--- Hay un problema, caballero --- añadió el viejo mientras don Diego atenazaba el tirador de la puerta.
El caballero se detuvo y se volvió despacio.
--- ¿Qué problema?
--- Aquí, en el libro, no figura autor alguno.
Don Diego sonrió de forma siniestra.
--- No lo hay. Es un libro sin escritor ni noticia donde encontrarlo; y vos, amigo mío, vos no me habéis visto. --- Y dio media vuelta, abrió la pesada puerta y se desvaneció en la noche de aquella ciudad mojada y oscura.
Roma. Año del Señor de 1555
El papa miraba por la ventana. El gran inquisidor insistía en aquel punto una y otra vez ante el silencio del pontífice.
--- Es imperativo que nos pongamos manos a la obra en este asunto de los libros, santísimo padre.
--- ¿Qué asunto? --- pregunto el papa Julio III con aire distraído.
El gran inquisidor sonrió para ocultar en aquella mueca falsa su rabia. Aquel maldito papa solo pensaba en Inocencio, el niño que había adoptado de la calle y que se había atrevido a nombrar cardenal pese a ser medio analfabeto otro papa, pero, de momento, el asunto de los libros apremiaba y algo debía hacerse a la espera de encontrar el sustituto adecuado para aquel inútil.
--- Se trata del índice de libros, el Índex librorum prohibitorum, santísimo padre. Los herejes cada vez publican más libros con esa máquina infernal de la imprenta y no solo ellos, sino que hasta desde reinos bien fieles como España se imprimen libros libidinosos o con críticas manifiestas contra el clero.
--- ¿Desde España? --- pregunto el papa algo sorprendido. La verdad es que no había escuchado demasiado nada de lo que había dicho su interlocutor aquella mañana.
--- Si, santidad --- continuo el inquisidor, convencido de que se estaba ganando el cielo a base de ejercitar una paciencia infinita ---. En España mismo se ha publicado, por ejemplo, ese insultante Lazarillo de Tormes, donde se hace mofa de todo y de todos --- y el inquisidor iba tornándose rojo a cada palabra, a cada silaba ---, y en particular hace burla de clérigos y arciprestes y hasta de las mismísimas burlas papales con un escarnio tan impertinente como sacrílego que no podemos, que no debemos tolerar.
--- El Lazarillo de Tormes --- repitió su santidad ---. ¿Tan popular se ha hecho ese libro?
--- Hasta cuatro impresiones diferentes hemos detectado el año pasado entre Amberes, Burgos, Medina del Campo y Alcalá. Hay que detener libros como este, santidad; hay que prohibirlos y quemarlos y alejar a los pecadores de ellos.
--- Supongo que tenéis razón --- respondió el papa al tiempo que bajaba la cabeza pensativo; hasta que, de pronto, parpadeo y, con curiosidad, pregunto ---: ¿Y quién ha escrito ese libro?
El gran inquisidor que había empezado a dibujar un semblante de satisfacción al obtener el permiso de su santidad para iniciar el proceso de creación del Índice de libros prohibidos, dejo de sonreír.
--- No lo sabemos. --- Y el inquisidor hizo una breve pausa ---. No lo sabemos aún, santidad, pero lo averiguaremos.
Apenas cuatro años después, en 1559, el Índex librorum prohibitorum fue oficial. En el ingreso el Lazarillo de Tormes; sin embargo, pese a todos los intentos de la Sagrada Inquisición, cuatrocientos cincuenta y tres años más tarde, seguimos sin saber quién fue su autor. Tras los inquisidores, con un espíritu opuesto, cargados de nobleza y ansia investigadora, llegaron los grandes estudios sobre literatura de los siglos XIX, XX y XXI y sus conclusiones: la atribución de la autoría del Lazarillo de Tormes a don Diego Hurtado de Mendoza parece ser una de las que mayores seguidores y pruebas tiene, y, en consecuencia, así lo he recreado en los párrafos iniciales de este capítulo.
No obstante, además de don Diego Hurtado de Mendoza, se ha considerado que el Lazarillo quizá pudo ser obra de un secretario erasmista del emperador Carlos V, o del mismísimo Fernando de Rojas, autor de La Celestina; o quizá del jerónimo fray Juan de Ortega o de Sebastián de Horozco o del dramaturgo Lope de Rueda o de Juan Maldonado, Gonzalo Pérez, Bartolomé Torres Naharro o hasta del humanista Luis Vives. La lista de posibles autores es casi interminable.
Siempre pensé que el que no se conociera quien es el autor de esta novela era una derrota de la literatura, pero cuando pienso en el gran inquisidor comprendo que el anonimato eterno de aquel escritor es, en realidad, una de las grandes victorias de la literatura universal. 



jueves, 30 de abril de 2015

Lectura 21


¿Quién invento el orden alfabético?

           Una persona entra en una librería. Va con prisa. Olvido comprar un regalo para su pareja, pero sabe que autor le gusta y que novela de ese autor le falta. Sábado por la tarde. Ni un solo dependiente a quien consultar. Va a la sección de novela histórica. A, B, C, D, E… M. Ahí está. Ha sido rápido. Mientras nuestro amigo se dirige a la caja, bendice a quien fuera que inventara el orden alfabético. Va a llegar a su cita, va a tener el regalo perfecto, todo a tiempo. Y siempre gracias a esa magnífica ordenada sucesión de letras, aunque ya no piensa en ello. 

Una vez en la calle se cruza con montones de personas: todas van de un lado a otro, unos miran sus móviles, buscando en sus agendas electrónicas nombres de amigos, parientes, conocidos que el chip de su teléfono organiza por orden alfabético; el semáforo se pone en verde. Decenas de coches inmóviles, con sus matrículas de números y letras ordenadas por orden alfabético, le miran con sus faros mientras cruza la avenida; anhelan su propia luz verde para seguir sus infinitos trayectos. En una clínica un medico consulta en su ordenador una base de datos organizada por orden alfabético; en su casa, una señora, a quien el mundo digital pillo a contrapié, busca en las páginas amarillas la F para encontrar un fontanero. Hay invenciones geniales que por su uso común parece que estuvieron con nosotros desde siempre, pero no fue así. Nada ha surgido de la nada. Es solo que en la ineludible vorágine del presente olvidamos nuestro pasado. Así, no sabemos quién invento el fuego o quien diseño un día la primera rueda. De igual forma podemos preguntarnos: ¿sabemos acaso quien invento el orden alfabético, ese mismo orden sin el que no sabríamos identificar nuestros coches, organizar nuestras agendas electrónicas o encontrar una buena novela en una librería? Viajemos atrás en el tiempo, pues esta historia empezó hace muchos años.

A mediados del siglo III a. C., el gran imperio de Alejandro Magno acaba de descomponerse en diferentes estados y a la cabeza de cada uno de esos nuevos reinos ha quedado uno de sus veteranos generales. Seleuco se quedó con Babilonia, Mesopotamia, Persia y Bactria; Antigono obtuvo el control de Frigia, Lidia, Caria, el Helesponto y parte de Siria; Lisimaco se quedó con Tracia, y Casandro con Macedonia; pero es el general Tolomeo quien nos interesa, pues él será quien gobierne a partir de entonces el legendario Egipto, desde el sur de Siria hasta los confines más recónditos del valle del Nilo. Las guerras de frontera, precisamente contra los otros generales del fallecido Alejandro, ahora convertidos en ambiciosos reyes, consumen las energías de Egipto, pero, aun así, Tolomeo I funda un nuevo edificio de Alejandría más allá de los intereses militares: una biblioteca. No tuvo tiempo de más. Teniendo en cuenta a sus belicosos vecinos, ya hizo mucho. Su hijo Tolomeo II le sucede en el trono, pero Tolomeo II no es el gran militar que fue su padre y pronto es derrotado en las fronteras del reino; Tolomeo II rey faraón de Egipto, se concentra entonces en las grandes obras públicas en Alejandría: continua con la consolidación de la biblioteca y construye, en la isla de Faros, una gran torre con fuego en lo alto que servirá de guía a los barcos que llegan al gigantesco puerto de aquella emergente, urbe del mundo antiguo. Eran barcos cargados con todo tipo de mercancías venidas desde todas las esquinas del Mediterráneo: aceite de la lejana Hispania, vino de la Galia, lana de Tarento… y entre todo lo que traían había cestos enormes repletos de rollos y más rollos de papiro con volúmenes de todo tipo: obras de teatro, poemas épicos, tratados de filosofía, medicina, matemáticas, retórica y cualquier rama del saber de la época. Se trataba de recopilar todo el conocimiento para constituir la mayor y mejor biblioteca del mundo, pero llego un momento en que todos los funcionarios del nuevo edificio se vieron desbordados por la enorme cantidad de rollos que tenían y así se lo comunicaron a sur rey. Fue entonces cuando Tolomeo II llamo a Zenodoto.

--- Necesito que te ocupes de la biblioteca --- le dijo Tolomeo II.

Zenodoto se sentía incómodo. Llevaba meses centrado en la recopilación de los viejos poemas de un tal Homero, un autor antiguo difícil de entender que empleaba palabras viejas olvidadas por todos, hasta el punto de que había ocupado las últimas semanas en escribir un detallado glosario que recopilara todos aquellos términos.

--- El rey faraón de Egipto tiene muchos servidores que pueden ocuparse de la biblioteca --- respondió Zenodoto para intentar zafarse de un encargo que retrasaría en meses, quizá en años, el trabajo que llevaba mucho más que ponerse a ordenar papiros.

El rey faraón dador de Salud, Vida y Prosperidad, pues según la milenaria tradición esos eran sus títulos en Egipto desde el tiempo de las pirámides, sonrió. Tolomeo II siempre fue paciente con Zenodoto.
--- Solo te pido que vayas a ver la biblioteca. Entonces entenderás.  

Zenodoto no podía negarse. A fin de cuentas era el faraón quien financiaba sus trabajos. Así, a regañadientes, se encamino hacia la vieja biblioteca. Nada más llegar empezó a entender: Tolomeo II había ampliado notablemente los edificios que su padre había dedicado a aquel centro del saber. Las dimensiones eran descomunales. Era evidente que nunca antes se había construido una biblioteca de esa envergadura, pero aquello carecía de importancia en comparación con lo que Zenodoto encontró en su interior: centenares de trabajadores llevaban miles de cestos repletos de rollos de papiro de un lugar a otro, distribuyéndolos según podían por las inmensas salas de aquella gigantesca obra. Había centenares de miles de rollos de papiro, quizá más de un millón. Incontables, inabarcables. Zenodoto comprendió al rey faraón. No había encontrado a nadie que ni tan siquiera pudiera haber intuido como ordenar todo aquello. Y ordenarlo era clave, pues una biblioteca no valía nada por el mero hecho de acumular centenares de miles de rollos si nadie era capaz de encontrar uno cuando alguien quisiera consultarlo. En las pequeñas bibliotecas griegas, donde se acumulaban unos centenares de rollos, el veterano bibliotecario de cada lugar recordaba el sitio donde encontrar cualquier texto, pero allí aquello era absurdo. Nadie podía recordar tanto. Había que clasificar, como fuera; pero clasificar aquellas montañas de cestos llevaría años, siglos. Ni siquiera bastaría una vida. Zenodoto, no obstante, no era hombre de amilanarse con facilidad y puso los brazos en jarras. ¿Cómo ordenar aquel universo de palabras? Tenía que haber alguna forma.

Zenodoto no durmió aquella noche. Se movió inquieto en la cama. Solo soñaba con miles y miles de rollos en grandes colinas dispersas como túmulos fantasmagóricos. Se incorporó sobresaltado. Estaba sudando profundamente. Se levantó y echo agua fresca en un vaso de cerámica. De pronto tuvo un momento de iluminación.

A la mañana siguiente fue a hablar con el rey.

--- Yo me hare cargo de la biblioteca --- dijo, y Tolomeo II asistió satisfecho.

Zenodoto regreso entonces a aquel imponente edificio y se situó en medio de todos aquellos rollos. En su mente recordaba su glosario de palabras antiguas de Homero: eran tantos los términos arcaicos que usaba aquel poeta que los había ordenado por grupos, los que empezaban por A todos juntos, luego los que empezaban por B y así sucesivamente. Al principio le pareció algo demasiado simple, pero pronto se dio cuenta de que aquello funcionaba muy bien para localizar una palabra sobre la que hubiera trabajado. Zenodoto, subido a una mesa que utilizo como improvisado estrado, hablo alto y claro a los trabajadores de la gran Biblioteca de Alejandría.

--- Ordenaremos los rollos por orden alfabético según su autor.
Todos le miraron asombrados. Y, al mismo tiempo, infinitamente aliviados. La tarea llevo meses, años, pero Zenodoto tuvo tiempo de ver en vida aquella inmensa biblioteca con todos los centenares de miles de rollos archivados y localizables y, además, tuvo tiempo de volver a trabajar sobre los poemas de Homero.
Y así seguimos. Así que cuando busque un libro en una librería o el número de teléfono de un amigo en su agenda electrónica en el móvil, recuerde al bueno de Zenodoto. Se merece, cuando menos, un segundo de nuestra memoria.