jueves, 14 de noviembre de 2013

8va Lectura


EL BOSQUE DE LOS PIGMEOS

ISABEL ALLENDE



Al hermano Fernando de la Fuente, misionero en África, cuyo espíritu anima esta Historia


La adivina del mercado

A una orden del guía, Michael Mushaha, la caravana de elefantes se detuvo. Empezaba el calor sofocante del mediodía, cuando las bestias de la vasta reserva natural descansaban. La vida se detenía por unas horas, la tierra africana se convertía en un infierno de lava ardiente y hasta las hienas y los buitres buscaban sombra. Alexander Cold y Nadia Santos montaban un elefante macho caprichoso de nombre Kobi. El animal le había tomado cariño a Nadia, porque en esos días ella había hecho el esfuerzo de aprender los fundamentos de la lengua de los elefantes y de comunicarse con él. Durante los largos paseos le contaba de su país, Brasil, una tierra lejana donde no había criaturas tan grandes como él, salvo unas antiguas bestias fabulosas ocultas en el impenetrable corazón de las montañas de América. Kobi apreciaba a Nadia tanto como detestaba a Alexander y no perdía ocasión de demostrar ambos sentimientos. Las cinco toneladas de músculo y grasa de Kobi se detuvieron en un pequeño oasis, bajo unos árboles polvorientos, alimentados por un charco de agua color té con leche. Alexander había cultivado un arte propio para tirarse al suelo desde tres metros de altura sin machucarse demasiado, porque en los cinco días de safari todavía no conseguía colaboración del animal. No se dio cuenta de que Kobi se había colocado de tal manera, que al caer aterrizó en el charco, hundiéndose hasta las rodillas. Borobá, el monito negro de Nadia, le brincó encima. Al intentar desprenderse del mono, perdió el equilibrio y cayó sentado. Soltó una maldición entre dientes, se sacudió a Borobá y se puso de pie con dificultad, porque no veía nada, sus lentes chorreaban agua sucia. Estaba buscando un trozo limpio de su camiseta para limpiarlos, cuando recibió un trompazo en la espalda, que lo tiró de bruces. Kobi aguardó que se levantara para dar media vuelta y colocar su monumental trasero en posición, luego soltó una estruendosa ventosidad frente a la cara del muchacho. Un coro de carcajadas de los otros miembros de la expedición celebró la broma. Nadia no tenía prisa en descender, prefirió esperar a que Kobi la ayudara a llegar a tierra firme con dignidad. Pisó la rodilla que él le ofreció, se apoyó en su trompa y llegó al suelo con liviandad de bailarina. El elefante no tenía esas consideraciones con nadie más, ni siquiera con Michael Mushaha, por quien sentía respeto, pero no afecto. Era una bestia con principios claros. Una cosa era pasear turistas sobre su lomo, un trabajo como cualquier otro, por el cual era remunerado con excelente comida y baños de barro, y otra muy diferente era hacer trucos de circo por un puñado de maní. Le gustaba el maní, no podía negarlo, pero más placer le daba atormentar a personas como Alexander. ¿Por qué le caía mal? No estaba seguro, era una cuestión de piel. Le molestaba que estuviera siempre cerca de Nadia. Había trece animales en la manada, pero él tenía que montar con la chica; era muy poco delicado de su parte entrometerse de ese modo entre Nadia y él. ¿No se daba cuenta de que ellos necesitaban privacidad para conversar? Un buen trompazo y algo de viento fétido de vez en cuando era lo menos que ese tipo merecía. Kobi lanzó un largo soplido cuando Nadia pisó tierra firme y le agradeció plantándole un beso en la trompa. Esa muchacha tenía buenos modales, jamás lo humillaba ofreciéndole maní.
—Ese elefante está enamorado de Nadia —se burló Kate Cold. A Borobá no le gustó el cariz que había tomado la relación de Kobi con su ama. Observaba, bastante preocupado. El interés de Nadia por aprender el idioma de los paquidermos podía tener peligrosas consecuencias para él. ¿No estaría pensando cambiar de mascota? Tal vez había llegado la hora de fingirse enfermo para recuperar la completa atención de su ama, pero temía que lo dejara en el campamento y perderse los estupendos paseos por la reserva. Ésta era su única oportunidad de ver a los animales salvajes y, por otra parte, no convenía apartar la vista de su rival. Se instaló en el hombro de Nadia, dejando bien establecido su derecho, y desde allí amenazó al elefante con un puño.
—Y este mono está celoso —agregó Kate.
La vieja escritora estaba acostumbrada a los cambios de humor de Borobá, porque compartía el mismo techo con él desde hacía casi dos años. Era como tener un hombrecito peludo en su apartamento. Así fue desde el principio, porque Nadia sólo aceptó irse a Nueva York a estudiar y vivir con ella si llevaba a Borobá. Nunca se separaban. Estaban tan apegados que consiguieron un permiso especial para que pudiera ir a la escuela con ella. Era el único mono en la historia del sistema educativo de la ciudad que acudía a clases regularmente. A Kate no le extrañaría que supiera leer. Tenía pesadillas en las que Borobá, sentado en el sofá con lentes y un vaso de brandy en la mano, leía la sección económica del periódico.
Kate observó al extraño trío que formaban Alexander, Nadia y Borobá. El mono, que sentía celos de cualquier criatura que se aproximara a su ama, al principio aceptó a Alexander como un mal inevitable y con el tiempo le tomó cariño. Tal vez se dio cuenta de que en ese caso no le convenía plantear a Nadia el ultimátum de «o él o yo», como solía hacer. Quién sabe a cuál de los dos ella hubiera escogido. Kate pensó que ambos jóvenes habían cambiado mucho en ese año. Nadia cumpliría quince años y su nieto dieciocho, ya tenía el porte físico y la seriedad de los adultos.
También Nadia y Alexander tenían conciencia de los cambios. Durante las obligadas separaciones se comunicaban con una tenacidad demente por correo electrónico. Se les iba la vida tecleando ante la computadora en un diálogo inacabable, en el cual compartían desde los detalles más aburridos de sus rutinas, hasta los tormentos filosóficos propios de la adolescencia. Se enviaban fotografías con frecuencia, pero eso no los preparó para la sorpresa que se llevaron al verse cara a cara y comprobar cuánto habían crecido. Alexander dio un estirón de potrillo y alcanzó la altura de su padre. Sus facciones se habían definido y en los últimos meses debía afeitarse a diario. Por su parte Nadia ya no era la criatura esmirriada con plumas de loro ensartadas en una oreja que él conociera en el Amazonas unos años antes; ahora podía adivinarse la mujer que sería dentro de poco. La abuela y los dos jóvenes se encontraban en el corazón de África, en el primer safari en elefante que existía para turistas. La idea nació de Michael Mushaha, un naturalista africano graduado en Londres, a quien se le ocurrió que ésa era la mejor forma de acercarse a la fauna salvaje. Los elefantes africanos no se domesticaban fácilmente, como los de la India y otros lugares del mundo, pero con paciencia y prudencia, Michael lo había logrado. En el folleto publicitario lo explicaba en pocas frases: «Los elefantes son parte del entorno y su presencia no aleja a otras bestias; no necesitan gasolina ni camino, no contaminan el aire, no llaman la atención».
Cuando Kate Cold fue comisionada para escribir un artículo al respecto, Alexander y Nadia estaban con ella en Tunkhala, la capital del Reino del Dragón de Oro. Habían sido invitados por el rey Dil Bahadur y su esposa, Pema, a conocer a su primer hijo y asistir a la inauguración de la nueva estatua del dragón. La original, destruida en una explosión, fue reemplazada por otra idéntica, que fabricó un joyero amigo de Kate.
Por primera vez el pueblo de aquel reino del Himalaya tenía ocasión de ver el misterioso objeto de leyenda, al cual antes sólo tenía acceso el monarca coronado. Dil Bahadur decidió exponer la estatua de oro y piedras preciosas en una sala del palacio real, por donde desfiló la gente a admirarla y depositar sus ofrendas de flores e incienso. Era un espectáculo magnífico. El dragón, colocado sobre una base de madera policromada, brillaba en la luz de cien lámparas. Cuatro soldados, vestidos con los antiguos uniformes de gala, con sus sombreros de piel y penachos de plumas, montaban guardia con lanzas decorativas. Dil Bahadur no permitió que se ofendiera al pueblo con un despliegue de medidas de seguridad. Acababa de terminar la ceremonia oficial para develar la estatua cuando le avisaron a Kate Cold que había una llamada para ella de Estados Unidos. El sistema telefónico del país era anticuado y las comunicaciones internacionales resultaban un lío, pero después de mucho gritar y repetir, el editor de la revista
International Geographic consiguió que la escritora comprendiera la naturaleza de su próximo trabajo. Debía partir para África de inmediato.
—Tendré que llevar a mi nieto y su amiga Nadia, que están aquí conmigo — explicó ella.
—¡La revista no paga sus gastos, Kate! —replicó el editor desde una distancia sideral.
—¡Entonces no voy! —chilló ella de vuelta.
Y así fue como días más tarde llegó a África con los chicos y allí se reunió con los dos fotógrafos que siempre trabajaban con ella, el inglés Timothy Bruce y el latinoamericano Joel González. La escritora había prometido no volver a viajar con su nieto y con Nadia, que le habían hecho pasar bastante susto en dos viajes anteriores, pero pensó que un paseo turístico por África no presentaba peligro alguno.  Un empleado de Michael Mushaha recibió a los miembros de la expedición cuando aterrizaron en la capital de Kenya. Les dio la bienvenida y los llevó al hotel para que descansaran, porque el viaje había sido matador: tomaron cuatro aviones, cruzaron tres continentes y volaron miles de millas. Al día siguiente se levantaron temprano y partieron a dar una vuelta por la ciudad, visitar un museo y el mercado, antes de embarcarse en la avioneta que los conduciría al safari.
El mercado se encontraba en un barrio popular, en medio de una vegetación lujuriosa. Las callejuelas sin pavimentar estaban atiborradas de gente y vehículos: motocicletas con tres y cuatro personas encima, autobuses destartalados, carretones tirados a mano. Los más variados productos de la tierra, del mar y de la creatividad humana se ofrecían allí, desde cuernos de rinoceronte y peces dorados del Nilo hasta contrabando de armas. Los miembros del grupo se separaron, con el compromiso de juntarse al cabo de una hora en una determinada esquina. Era más fácil decirlo que cumplirlo, porque en el tumulto y el bochinche no había cómo ubicarse. Temiendo que Nadia se perdiera o la atropellaran, Alexander la tomó de la mano y partieron juntos. El mercado presentaba una muestra de la variedad de razas y culturas africanas: nómadas del desierto; esbeltos jinetes en sus caballos engalanados; musulmanes con elaborados turbantes y medio rostro tapado; mujeres de ojos ardientes con dibujos azules tatuados en la cara; pastores desnudos con los cuerpos decorados con barro rojo y tiza blanca. Centenares de niños correteaban descalzos entre jaurías de perros. Las mujeres eran un espectáculo: unas lucían vistosos pañuelos almidonados en la cabeza, que de lejos parecían las velas de un barco, otras iban con el cráneo afeitado y collares de cuentas desde los hombros hasta la barbilla; unas se envolvían en metros y metros de tela de brillantes colores, otras iban casi desnudas. Llenaban el aire un incesante parloteo en varias lenguas, música, risas, bocinazos, lamentos de animales que mataban allí mismo. La sangre chorreaba de las mesas de los carniceros y desaparecía en el polvo del suelo, mientras negros gallinazos volaban a poca altura, listos para atrapar las vísceras. Alexander y Nadia paseaban maravillados por aquella fiesta de color, deteniéndose para regatear el precio de una pulsera de vidrio, saborear un pastel de maíz o tomar una foto con la cámara automática ordinaria que habían comprado a última hora en el aeropuerto. De pronto se estrellaron de narices contra un avestruz, que estaba atado por las patas aguardando su suerte. El animal —mucho más alto, fuerte y bravo de lo imaginado— los observó desde arriba con infinito desdén y sin previo aviso dobló el largo cuello y dirigió un picotazo a Borobá, quien iba sobre la cabeza de Alexander, aferrado firmemente a sus orejas. El mono alcanzó a esquivar el golpe mortal y se puso a chillar como un demente. El avestruz, batiendo sus cortas alas, arremetió contra ellos hasta donde alcanzaba la cuerda que lo retenía. Por casualidad Joel González apareció en ese instante y pudo plasmar con su cámara la expresión de espanto de Alexander y del mono, mientras Nadia los defendía a manotazos del inesperado atacante. —¡Esta foto aparecerá en la tapa de la revista! —exclamó Joel.  Huyendo del altanero avestruz, Nadia y Alexander doblaron una esquina y se encontraron de súbito en el sector del mercado destinado a la brujería. Había hechiceros de magia buena y de magia mala, adivinos, fetichistas, curanderos, envenenadores, exorcistas, sacerdotes de vudú, que ofrecían sus servicios a los clientes bajo unos toldos sujetos por cuatro palos, para protegerse del sol. Provenían de centenares de tribus y practicaban diversos cultos. Sin soltarse las manos, los amigos recorrieron las callecitas, deteniéndose ante animalejos en frascos de alcohol y reptiles disecados; amuletos contra el mal ojo y el mal de amor; hierbas, lociones y bálsamos medicinales para curar las enfermedades del cuerpo y del alma; polvos de soñar, de olvidar, de resucitar; animales vivos para sacrificios; collares de protección contra la envidia y la codicia; tinta de sangre para escribir a los muertos y, en fin, un arsenal inmenso de objetos fantásticos para paliar el miedo de vivir.
Nadia había visto ceremonias de vudú en Brasil y estaba más o menos familiarizada con sus símbolos, pero para Alexander esa zona del mercado era un mundo fascinante. Se detuvieron ante un puesto diferente a los otros, un techo cónico de paja, del cual colgaban unas cortinas de plástico. Alexander se inclinó para ver qué había adentro y dos manos poderosas lo agarraron de la ropa y lo halaron hacia el interior.
Una mujer enorme estaba sentada en el suelo bajo la techumbre. Era una montaña de carne coronada por un gran pañuelo color turquesa en la cabeza.
Vestía de amarillo y azul, con el pecho cubierto de collares de cuentas multicolores. Se presentó como mensajera entre el mundo de los espíritus y el mundo material, adivina y sacerdotisa vudú. En el suelo había una tela pintada con dibujos en blanco y negro; la rodeaban varias figuras de dioses o demonios en madera, algunos mojados con sangre fresca de animales sacrificados, otros llenos de clavos, junto a los cuales se veían ofrendas de frutas, cereales, flores y dinero. La mujer fumaba unas hojas negras enrolladas como un cilindro, cuyo humo espeso hizo lagrimear a los jóvenes. Alexander trató de soltarse de las manos que lo inmovilizaban, pero ella lo fijó con sus ojos protuberantes, al tiempo que lanzaba un rugido profundo. El muchacho reconoció la voz de su animal totémico, la que oía en trance y emitía cuando adoptaba su forma.
—¡Es el jaguar negro! —exclamó Nadia a su lado. La sacerdotisa obligó al chico americano a sentarse frente a ella, sacó del escote una bolsa de cuero muy gastado y vació su contenido sobre la tela pintada. Eran unas conchas blancas, pulidas por el uso. Empezó a mascullar algo en su idioma, sin soltar el cigarro, que sujetaba con los dientes.
—Anglais? English? —preguntó Alexander.
—Vienes de otra parte, de lejos. ¿Qué quieres de Ma Bangesé? —replicó ella, haciéndose entender en una mezcla de inglés y vocablos africanos.
Alexander se encogió de hombros y sonrió nervioso, mirando de reojo a Nadia, a ver si ella entendía lo que estaba sucediendo. La muchacha sacó del bolsillo un par de billetes y los colocó en una de las calabazas, donde estaban las ofertas de dinero.
—Ma Bangesé puede leer tu corazón —dijo la mujerona, dirigiéndose a
Alexander. —¿Qué hay en mi corazón?
—Buscas medicina para curar a una mujer —dijo ella.
—Mi madre ya no está enferma, su cáncer está en remisión... —murmuró Alexander, asustado, sin comprender cómo una hechicera de un mercado en África sabía sobre Lisa.
—De todos modos, tienes miedo por ella —dijo Ma Bangesé. Agitó las conchas en una mano y las hizo rodar como dados—. No eres dueño de la vida o de la muerte de esa mujer —agregó.
—¿Vivirá? —preguntó Alexander, ansioso.
—Si regresas, vivirá. Si no regresas, morirá de tristeza, pero no de enfermedad.
—¡Por supuesto que volveré a mi casa! —exclamó el joven.
—No es seguro. Hay mucho peligro, pero eres valiente. Deberás usar tu valor, de otro modo morirás y esta niña morirá contigo —declamó la mujer señalando a Nadia.
—¿Qué significa eso? —preguntó Alexander.
—Se puede hacer daño y se puede hacer el bien. No hay recompensa por hacer el bien, sólo satisfacción en tu alma. A veces hay que pelear. Tú tendrás que decidir.
—¿Qué debo hacer?
—Mama Bangesé sólo ve el corazón, no puede mostrar el camino.—Y volviéndose hacia Nadia, quien se había sentado junto a Alexander, le puso un dedo en la frente, entre los ojos—. Tú eres mágica y tienes visión de pájaro, ves desde arriba, desde la distancia. Puedes ayudarlo —dijo.
Cerró los ojos y empezó a balancearse hacia delante y hacia atrás, mientras el sudor le corría por la cara y el cuello. El calor era insoportable. Hasta ellos llegaba el olor del mercado: fruta podrida, basura, sangre, gasolina. Ma Bangesé emitió un sonido gutural, que surgió de su vientre, un largo y ronco lamento que subió de tono hasta estremecer el suelo, como si proviniera del fondo mismo de la tierra. Mareados y transpirando, Nadia y Alexander temieron que les fallaran las fuerzas. El aire del minúsculo recinto, lleno de humo, se hizo irrespirable. Cada vez más aturdidos, trataron de escapar, pero no pudieron moverse. Los sacudió una vibración de tambores, oyeron aullar perros, se les llenó la boca de saliva amarga y ante sus ojos incrédulos la inmensa mujer se redujo a la nada, como un globo que se desinfla, y en su lugar emergió un fabuloso pájaro de espléndido plumaje amarillo y azul con una cresta color turquesa, un ave del paraíso que desplegó el arco iris de sus alas y los envolvió, elevándose con ellos.
Los amigos fueron lanzados al espacio. Pudieron verse a sí mismos como dos trazos de tinta negra perdidos en un caleidoscopio de colores brillantes y formas ondulantes que cambiaban a una velocidad aterradora. Se convirtieron en luces de bengala, sus cuerpos se deshicieron en chispas, perdieron la noción de estar vivos, del tiempo y del miedo. Luego las chispas se juntaron en un torbellino eléctrico y volvieron a verse como dos puntos minúsculos volando entre los dibujos del fantástico caleidoscopio. Ahora eran dos astronautas de la mano, flotando en el espacio sideral. No sentían sus cuerpos, pero tenían una vaga conciencia del movimiento y de estar conectados. Se aferraron a ese contacto, porque era la única manifestación de su humanidad; con las manos unidas no estaban totalmente  perdidos. Verde, estaban inmersos en un verde absoluto. Comenzaron a descender como flechas y cuando el choque parecía inevitable, el color se volvió difuso y en vez de estrellarse flotaron como plumas hacia abajo, hundiéndose en una vegetación absurda, una flora algodonosa de otro planeta, caliente y húmeda. Se convirtieron en medusas transparentes, diluidas en el vapor de aquel lugar. En ese estado gelatinoso, sin huesos que les dieran forma, ni fuerzas para defenderse, ni voz para llamar, confrontaron las violentas imágenes que se presentaron en rápida sucesión ante ellos, visiones de muerte, sangre, guerra y bosque arrasado. Una procesión de espectros en cadenas desfiló ante ellos, arrastrando los pies entre carcasas de grandes animales. Vieron canastos llenos de manos humanas, niños y mujeres en jaulas.
De pronto volvieron a ser ellos mismos, en sus cuerpos de siempre, y entonces surgió ante ellos, con la espantosa nitidez de las peores pesadillas, un amenazante ogro de tres cabezas, un gigante con piel de cocodrilo. Las cabezas eran diferentes: una con cuatro cuernos y una hirsuta melena de león; la segunda era calva, sin ojos y echaba fuego por las narices; la tercera era un cráneo de leopardo con colmillos ensangrentados y ardientes pupilas de demonio. Las tres tenían en común fauces abiertas y lenguas de iguana. Las descomunales zarpas del monstruo se movieron pesadamente tratando de alcanzarlos, sus ojos hipnóticos se clavaban en ellos, los tres hocicos escupieron una densa saliva ponzoñosa. Una y otra vez los jóvenes eludían los feroces manotazos, sin poder huir porque estaban presos en un lodazal de pesadumbre. Esquivaron al monstruo por un tiempo infinito, hasta que de súbito se encontraron con lanzas en las manos y, desesperados, empezaron a defenderse a ciegas. Cuando vencían a una de las cabezas, las otras dos arremetían y si lograban hacer retroceder a éstas, la primera volvía al ataque. Las lanzas se quebraron en el combate. Entonces, en el instante final, cuando iban a ser devorados, reaccionaron con un esfuerzo sobrehumano y se convirtieron en sus animales totémicos, Alexander en el Jaguar y Nadia en el Águila; pero ante aquel enemigo formidable no servían la fiereza del primero o las alas del segundo... Sus gritos se perdieron entre los bramidos del ogro.
—¡Nadia! ¡Alexander! La voz de Kate Cold los trajo de vuelta al mundo conocido y se encontraron sentados en la misma postura en que habían iniciado el viaje alucinante, en el mercado africano, bajo el techo de paja, frente a la enorme mujer vestida de amarillo y azul.
—Los oímos gritar. ¿Quién es esta mujer?, ¿qué pasó? —preguntó la abuela.
—Nada, Kate, no pasó nada —logró articular Alexander, tambaleándose.
No supo explicar a su abuela lo que acababan de experimentar. La voz profunda de Ma Bangesé pareció llegarles desde la dimensión de los sueños.
—¡Cuidado! —les advirtió la adivina.
—¿Qué les pasó? —repitió Kate.
—Vimos un monstruo de tres cabezas. Era invencible... —murmuró Nadia, todavía aturdida.
—No se separen. Juntos pueden salvarse, separados morirán —dijo Ma Bangesé. A la mañana siguiente el grupo del International Geographic viajó en una avioneta hasta la vasta reserva natural, donde los aguardaba Michael Mushaha y el safari en elefante. Alexander y Nadia todavía se hallaban bajo el impacto de la experiencia del mercado. Alexander concluyó que el humo del tabaco de la hechicera contenía una droga, pero eso no explicaba el hecho de que ambos tuvieran exactamente las mismas visiones. Nadia no trató de racionalizar el asunto, para ella ese horrible viaje era una fuente de información, una forma de aprender, como se aprende en los sueños. Las imágenes permanecieron nítidas en su memoria; estaba segura de que en algún momento tendría que recurrir a ellas. La avioneta era pilotada por su dueña, Angie Ninderera, una mujer aventurera y animada por una contagiosa energía, quien aprovechó el vuelo para dar un par de vueltas extra y mostrarles la majestuosa belleza del paisaje. Una hora después aterrizaron en un descampado a un par de millas del campamento de Mushaha. Las modernas instalaciones del safari defraudaron a Kate, que esperaba algo más rústico. Varios eficientes y amables empleados africanos, de uniforme caqui y walkie-talkie, atendían a los turistas y se ocupaban de los elefantes. Había varias carpas, tan amplias como suites de hotel, y un par de construcciones livianas de madera, que contenían las áreas comunes y las cocinas. Mosquiteros blancos colgaban sobre las camas, los muebles eran de bambú y a modo de alfombra había pieles de cebra y antílope. Los baños contaban con letrinas y unas ingeniosas duchas con agua tibia. Disponían de un generador de electricidad, que funcionaba de siete a diez de la noche, el resto del tiempo se arreglaban con velas y lámparas de petróleo. La comida, a cargo de dos cocineros, resultó tan sabrosa que hasta Alexander, quien por principio rechazaba cualquier plato cuyo nombre no supiera deletrear, la devoraba. Total, el campamento era más elegante que la mayoría de los lugares donde Kate había tenido que dormir en su profesión de viajera y escritora. La abuela decidió que eso restaba puntos al safari; no dejaría de criticarlo en su artículo.
Sonaba una campana a las 5.45 de la mañana, así aprovechaban las horas más frescas del día, pero despertaban antes con el sonido inconfundible de las bandadas de murciélagos, que regresaban a sus guaridas al anunciarse el primer rayo de sol, después de haber volado la noche entera. A esa hora el olor del café recién preparado ya impregnaba el aire. Los visitantes abrían sus tiendas y salían a estirar los miembros, mientras se elevaba el incomparable sol de África, un grandioso círculo de fuego que llenaba el horizonte. En la luz del alba el paisaje reverberaba, parecía que en cualquier momento la tierra, envuelta en una bruma rojiza, se borraría hasta desaparecer, como un espejismo. Pronto el campamento hervía de actividad, los cocineros llamaban a la mesa y Michael Mushaha dictaba sus primeras órdenes. Después del desayuno los reunía para darles una breve conferencia sobre los animales, los pájaros y la vegetación que verían durante el día. Timothy Bruce y Joel González preparaban sus cámaras y los empleados traían a los elefantes. Los acompañaba un bebé elefante de dos años, que trotaba alegre junto a su madre, el único a quien de vez en cuando debían recordarle el camino, porque se distraía soplando mariposas o bañándose en las pozas y ríos.
Desde la altura de los elefantes el panorama era soberbio. Los grandes  paquidermos se movían sin ruido, mimetizados con la naturaleza. Avanzaban con pesada calma, pero cubrían sin esfuerzo muchas millas en poco tiempo. Ninguno, salvo el bebé, había nacido en cautiverio; eran animales salvajes y por lo tanto, impredecibles. Michael Mushaha les advirtió que debían atenerse a las normas, de otro modo no les podía garantizar seguridad. La única del grupo que solía violar el reglamento era Nadia Santos, quien desde el primer día estableció una relación tan especial con los elefantes, que el director del safari optó por hacer la vista gorda.
Los visitantes pasaban la mañana recorriendo la reserva. Se entendían con gestos, sin hablar para no ser detectados por otros animales. Abría la marcha Mushaha sobre el macho más viejo de la manada; detrás iban Kate y los fotógrafos sobre hembras, una de ellas la madre del bebé; luego Alexander, Nadia y Borobá sobre Kobi. Cerraban la fila un par de empleados del safari montados en machos jóvenes, con las provisiones, los toldos para la siesta y parte del equipo fotográfico. Llevaban también un poderoso anestésico para disparar, en caso de verse frente a una fiera agresiva. Los paquidermos solían detenerse a comer hojas de los mismos árboles bajo los cuales momentos antes descansaba una familia de leones. Otras veces pasaban tan cerca de los rinocerontes, que Alexander y Nadia podían verse reflejados en el ojo redondo que los estudiaba con desconfianza desde abajo. Las manadas de búfalos y de impalas no se inmutaban con la llegada del grupo; tal vez olían a los seres humanos, pero la poderosa presencia de los elefantes los desorientaba. Pudieron pasearse entre tímidas cebras, fotografiar de cerca de una jauría de hienas disputándose la carroña de un antílope y acariciar el cuello de una jirafa, mientras ella los observaba con ojos de princesa y les lamía las manos.
—Dentro de unos años no habrá animales salvajes libres en África, sólo se podrán ver en parques y reservas —se lamentó Michael Mushaha.
Se detenían a mediodía bajo la protección de los árboles, almorzaban el contenido de unos canastos y descansaban en la sombra hasta las cuatro o cinco de la tarde. A la hora de la siesta los animales salvajes se echaban a descansar y la extensa planicie de la reserva se inmovilizaba bajo los rayos ardientes. Michael Mushaha conocía el terreno, sabía calcular bien el tiempo y la distancia; cuando el disco inmenso del sol comenzaba a descender ya estaban cerca del campamento y podían ver el humo. A veces por las noches salían de nuevo a ver a los animales que acudían al río a beber.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

7ma Lectura


EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS 


La casa nueva

Cuando  vio  su  casa  nueva  por  primera  vez,  Bruno  abrió  los  ojos  desmesuradamente,  sus labios formaron una O y los brazos se le extendieron hacia los lados. Era todo lo contrario de su antigua casa y no podía creer que de verdad fueran a vivir allí. 
La casa de Berlín estaba en una calle tranquila donde había otras también muy grandes, y  le  gustaba  contemplarlas  porque  eran  casi  iguales  a  la  suya,  aunque  no  idénticas,  y en ellas  vivían  otros  niños  con  los  que  Bruno  jugaba  (si  eran  amigos)  o  a  los  que  no  se acercaba (si eran rivales). La nueva, en cambio, estaba aislada, en un sitio vacío y desolado, y  no  había  ninguna  otra  casa  cerca,  lo  que  significaba  que  no  habría  otras  familias  en  el vecindario ni otros niños con los que jugar, ni amigos ni rivales. 
La  casa  de  Berlín  era  enorme,  y  pese  a  que  Bruno  había  vivido  nueve  años  en  ella, todavía encontraba rincones y recovecos que no había explorado a fondo.  Incluso había habitaciones enteras —como el despacho de Padre, donde estaba Prohibido
Entrar Bajo Ningún Concepto y Sin Excepciones— en las que apenas había curioseado. Sin embargo,  la  casa  nueva  sólo  tenía  dos  plantas:  un  piso  superior  donde  estaban  los  tres dormitorios y el único cuarto de baño, y una planta baja donde se encontraban la cocina, el comedor   y   el   nuevo   despacho   de   Padre   (sujeto,   presumiblemente,   a   las   mismas restricciones que el antiguo). También había un sótano, donde dormía el servicio. 
Alrededor  de  la  de  Berlín  había  otras  calles  con  grandes  casas,  y  cuando  caminabas hacia el centro de la ciudad siempre encontrabas personas que paseaban y se paraban para charlar un momento, y personas que pasaban con prisa y decían que no tenían tiempo de pararse, aquel día no, porque aquel día tenían un montón de cosas que hacer. Había tiendas con  llamativos  escaparates  y  puestos  de  fruta  y  verdura  con  enormes  bandejas  de  coles, zanahorias,  coliflores  y  mazorcas  de  maíz.  En  algunos  apenas  cabían  los  puerros, champiñones,  nabos  y  coles  de  Bruselas;  había  otros  con  lechugas,  judías  verdes, calabacines y chirivías. A veces Bruno se plantaba delante de aquellos puestos, cerraba los ojos  y  aspiraba  sus  aromas;  la  dulce  mezcla  de  efluvios  de  toda  aquella  materia  viva  le producía un ligero mareo. Pero alrededor de la casa nueva no había otras calles, ni nadie paseando tranquilamente ni caminando con prisa, y por supuesto, tampoco ninguna tienda ni puestos de fruta y verdura. Cuando cerraba los ojos, sólo notaba vacío y frío alrededor, como si se hallara en el lugar más solitario del planeta. Era como el fondo de la nada. 
En Berlín la gente sacaba mesas a la calle, y a veces, cuando Bruno volvía caminando de  la  escuela  con  Karl,  Daniel  y  Martin,  había  hombres  y  mujeres  sentados  a  aquellas mesas,  tomando  bebidas  espumosas  y  riendo  a  carcajadas;  la  gente  que  se  sentaba  a aquellas mesas debía de ser muy graciosa, pensaba él, porque dijeran lo que dijesen siempre había alguien que se reía. Sin embargo, la casa nueva tenía algo que hizo pensar a Bruno que allí nunca se reía nadie; que no había nada de qué reírse y nada de qué alegrarse. 
—Me  parece  que  nos  hemos  equivocado  —opinó  Bruno  unas  horas  después  de  su
llegada,  mientras  Maria  deshacía  las  maletas  en  el  piso  de  arriba.  (María  no  era  la  única criada en la casa nueva: había otras tres que estaban muy flacas y casi nunca hablaban entre ellas, salvo esporádicos susurros. También había un anciano que, según dijeron a Bruno, se encargaría de preparar las hortalizas todos los días y servirles la comida en el comedor, y que parecía muy desdichado y un poco malhumorado.) 
—A  nosotros  no  nos  corresponde  pensar  —dijo  Madre  mientras  abría  una  caja  que contenía un juego de sesenta y cuatro vasitos que los abuelos le habían regalado cuando se casó con Padre—. Ciertas personas toman las decisiones por nosotros. 
Como no sabía qué significaba aquello, Bruno fingió no haberla oído. 
—Me  parece  que  nos  hemos  equivocado  —repitió—.  Creo  que  lo  mejor  será  olvidar todo esto y volver a casa. La experiencia es la madre de la ciencia —añadió, una frase que había aprendido hacía poco y que le gustaba utilizar siempre que era posible. 
Madre sonrió y colocó los vasos con cuidado encima de la mesa. —Te voy a enseñar otro refrán —dijo—: «Al mal tiempo, buena cara.» 
—Pues yo no veo que pongamos buena cara. Creo que deberías decirle a Padre que has cambiado  de  idea.  Si  no  hay  más  remedio  que  pasar  el  resto  del  día  aquí,  y  cenar  y quedarnos a dormir esta noche porque todos estamos cansados, no importa, pero mañana tendríamos  que  levantarnos  temprano  si  queremos  llegar  a  Berlín  antes  de  la  hora  de merendar. 
Madre suspiró. —Bruno, ¿por qué no subes y ayudas a María a deshacer las maletas? —dijo. —¿Para qué voy a deshacer las maletas si sólo vamos a...? 
—¡Sube,   Bruno,   por   favor!   —le   espetó   Madre,   porque   al   parecer   no   había
inconveniente  en  que  ella  lo  interrumpiera  a  él,  pero  no  funcionaba  igual  a  la  inversa—.
Estamos aquí, hemos llegado, éste será nuestro hogar en el futuro inmediato y tenemos que poner al mal tiempo buena cara. ¿Me has entendido? 
Bruno no sabía qué significaba «el futuro inmediato», y así lo dijo. —
Significa que ahora vivimos aquí —explicó Madre—. Y no se hable más. 
Al niño le dio un retortijón; algo crecía en su interior, algo que cuando ascendiera de las  profundidades  de  su  ser  y  saliera  al  mundo  exterior  le  haría  gritar  y  chillar  que  todo aquello era una equivocación y una injusticia y un grave error por el que alguien pagaría tarde o temprano, o que sencillamente le haría prorrumpir en llanto. No entendía cómo habían podido llegar a aquella situación. Él estaba tan tranquilo, jugando en su casa, con sus tres  mejores  amigos  para  toda  la  vida,  deslizándose  por  la  barandilla  de  la  escalera, intentando  ponerse  de  puntillas  para  contemplar  todo  Berlín,  y  de  pronto  se  encontraba atrapado allí, en aquella casa fría y horrible con tres criadas que hablaban en susurros y un camarero  de  aspecto  desdichado  y  malhumorado,  donde  parecía  que  nadie  podría  estar alegre nunca. 
—Bruno, he dicho que subas y deshagas las maletas ahora mismo —le ordenó Madre con aspereza.  El supo que hablaba en serio, así que dio media vuelta y se marchó sin decir nada más.
Las lágrimas se le acumulaban en los ojos, pero no permitiría que se vertieran.  Subió al piso de arriba y se giró lentamente, describiendo un círculo completo, con la esperanza  de  descubrir  una  pequeña  puerta  o  un  armario  que  más  tarde  podría  explorar, pero no había nada. En aquella planta sólo había cuatro puertas, dos a cada lado del pasillo, enfrentadas. Una daba a su dormitorio, otra al dormitorio de Gretel, otra al dormitorio de Madre y Padre y otra al cuarto de baño. 
—Este no es mi hogar y nunca lo será —masculló al entrar en su habitación y encontrar toda su ropa esparcida por la cama y las cajas de juguetes y libros todavía por vaciar. Era evidente que María no tenía claras sus prioridades—. Mi madre me ha dicho que venga a ayudarte —dijo con voz-queda.  María  asintió  y  señaló  una  gran  bolsa  que  contenía  todos  sus  calcetines,  camisetas  y calzoncillos. 
—Si quieres, separa todo eso y ve poniéndolo en esa cómoda de ahí. —Señaló un feo mueble al fondo de la habitación, junto a un espejo cubierto de polvo.  Bruno  suspiró  y  abrió  la  bolsa  repleta  de  ropa  interior.  Le  habría  encantado  meterse dentro y confiar en que cuando saliera habría despertado y se encontraría de nuevo en su casa. 
—«¿Tú  qué  piensas  de  todo  esto,  María?  —preguntó  tras  un  largo  silencio;  siempre
había  sentido  simpatía  por  María,  a  quien  consideraba  una  más  de  la  familia,  pese  a  que Padre dijera que sólo era una criada y con un sueldo excesivo, por cierto. 
—¿De qué? 
—De esto —dijo él, como si fuera lo más obvio del mundo—. De que hayamos venido a un sitio como éste. ¿No crees que hayamos cometido un grave error? 
—Yo no soy nadie para opinar sobre eso, señorito Bruno —repuso María—. Tu madre ya te ha explicado que el trabajo de tu padre... 
—Jo , estoy harto de oír hablar del trabajo de Padre! Es de lo único que se habla, la verdad.  El  trabajo  de  Padre  no  sé  qué  y  el  trabajo  de  Padre  no  sé  cuántos.  Mira,  si  ese trabajo significa que tenemos que irnos de casa y que tengo que dejar la barandilla de la escalera y a mis tres mejores amigos para toda la vida, creo que Padre debería replantearse su trabajo, ¿no te parece? 
Entonces  se  oyó  un  chirrido  proveniente  del  pasillo.  Bruno  se  asomó  y  vio  cómo  se abría  un  poco  la  puerta  de  la  habitación  de  Madre  y  Padre.  Se  quedó  paralizado.  Madre seguía  abajo,  lo  cual  significaba  que  Padre  estaba  allí  y  que  quizá  hubiera  oído  lo  que Bruno acababa de decir. Se quedó mirando la puerta, casi sin atreverse a respirar, temiendo que Padre saliera de repente para llevárselo abajo y leerle la cartilla. 
La puerta se abrió un poco más y Bruno dio un paso atrás al ver aparecer una figura, pero no era Padre. Era un hombre mucho más joven y más bajo que Padre, aunque vestía el mismo tipo de uniforme, sólo que sin tantos adornos. Estaba muy serio y llevaba la gorra firmemente  calada.  Bruno  vio  que  tenía  el  pelo  muy  rubio  alrededor  de  las  sienes,  de  un rubio casi artificial. Llevaba una caja en las manos y se dirigía hacia la escalera, pero se paró un momento al ver a Bruno allí plantado, observándolo. Lo miró de arriba abajo como si fuera la primera vez que veía a un niño y no estuviera muy seguro de qué hacer con él: comérselo, hacer caso omiso de él o pegarle una patada y echarlo escaleras abajo. Al final lo saludó con un rápido gesto y siguió su camino. 
—¿Quién  era  ése?  —preguntó  Bruno.  Parecía  un  joven  tan  serio  y  tan  agobiado  que debía de tratarse de alguien muy importante. 
—Uno de los soldados de tu padre, supongo —contestó María, que al ver aparecer al joven se había puesto muy tiesa y juntado las manos delante del pecho como si rezara. En lugar  de  mirarlo  a  la  cara,  había  bajado  la  vista  al  suelo,  como  si  temiera  convertirse  en piedra  si  atisbaba  sus  ojos;  no  se  relajó  hasta  que  el  joven  se  hubo  marchado—.  Ya  los iremos conociendo. 
—Creo que no me cae bien. Parece demasiado serio. —Tu padre también es muy serio —observó María. 
—Sí,  pero  él  es  Padre.  Los  padres  han  de  ser  serios.  Tanto  da  que  sean  verduleros, maestros, cocineros o comandantes —añadió, enumerando todos los trabajos que sabía que hacían los padres decentes y respetables y sobre cuyos títulos había meditado en numerosas ocasiones—. Y no me parece a mí que ése sea un padre. Aunque se lo veía muy serio, eso sí. 
—Bueno,  es  que  tienen  un  trabajo  muy  serio  —suspiró  la  criada—.  O  al  menos  eso creen ellos. Pero yo en tu lugar evitaría a los soldados. 
—Aparte  de  eso,  no  veo  qué  otra  cosa  puedo  hacer—dijo  Bruno  con  tristeza—.  Ni siquiera creo que haya alguien con quien jugar que no sea Gretel. Menudo consuelo. Gretel es tonta de remate. 
De  nuevo  sintió  ganas  de  llorar,  pero  se  contuvo,  pues  no  quería  parecer  un  niño pequeño  delante  de  María.  Echó  un  vistazo  al  dormitorio,  intentando  descubrir  algo interesante. No había nada, o al menos eso parecía. Pero entonces le llamó la atención una cosa.  En  el  lado  opuesto  al  de  la  puerta  había  una  ventana  que  arrancaba  del  techo  y  se prolongaba a lo largo de la pared, parecida a la de la buhardilla de la casa de Berlín, sólo que no estaba tan alta. Bruno la miró y pensó que quizá podría ver por ella sin necesidad de ponerse de puntillas. 

Se acercó poco a poco, con la esperanza de divisar Berlín y su casa y las calles aledañas y  las  mesas  donde  los  vecinos  se  sentaban  a  tomar  sus  bebidas  espumosas  y  contarse historias graciosísimas. Avanzó despacio porque no quería llevarse un chasco. Pero como aquél era el dormitorio de un niño, no tuvo que caminar demasiado para llegar a la ventana. Pegó  la  cara  al  cristal  y  vio  lo  que  había  fuera,  y  esta  vez,  si  bien  sus  ojos  se  abrieron desmesuradamente y sus labios formaron una O, sus manos permanecieron pegadas a los costados porque algo le hizo sentir un frío y un temor muy intensos.

jueves, 31 de octubre de 2013

6ta Lectura

EL JARDÍN OLVIDADO 
KATE MORTON



El lugar donde se acurrucó estaba oscuro, pero la pequeña hizo como le ordenaron. La dama le había dicho que aguardara, que aún no estaba a salvo, tenía que estarse tan quieta como los ratones de una alacena. La niña supo que era un Detrás de los barriles de madera, la niña escuchaba. Evocó una imagen en su mente, tal como su padre le había enseñado. Muy cerca, unos hombres, que supuso eran marineros, gritaban a otros más lejos. Voces fuertes y toscas, llenas del mar y su sal. En la distancia las sirenas de los barcos, los silbatos, los remos al chocar contra el agua; y más allá, el grito de las grises gaviotas de alas extendidas para absorberlos
La dama regresaría, eso había dicho, pero la pequeña deseaba que fuera pronto. Había estado esperando largo tiempo, tanto que el sol había recorrido el cielo y ahora calentaba sus rodillas bajo su vestido nuevo. Prestó atención, esperando oír el ruido de las enaguas de la dama siseando contra los tablones del muelle. El taconeo de sus zapatos, apresurados, siempre apresurados, como nunca habían sonado los de su madre. La pequeña se preguntaba, de esa forma vaga y despreocupada de los niños que son muy queridos, dónde estaba su mamá. Cuándo regresaría. Y también se preguntaba acerca de la dama. Sabía quién era, había escuchado a la abuela hablar de ella. La dama se llamaba la Autora y vivía en una pequeña casa en los límites de la propiedad, más allá del laberinto. Se suponía que la pequeña no lo sabía. Se le había prohibido jugar en el laberinto de setos espinosos. Mamá y la abuela le habían dicho que era peligroso aproximarse al acantilado. Pero a veces, cuando nadie la observaba, a la pequeña le gustaba hacer cosas prohibidas.
Motas de polvo, cientos de ellas, danzaban en el haz de luz solar que se filtraba entre los dos barriles. La pequeña sonrió y entonces la dama, el acantilado, el laberinto y su madre abandonaron sus pensamientos. Extendió un dedo y trató de apresar una mota. Se rió del modo en que las motas se acercaban para luego escabullirse.

Los ruidos más allá de su escondrijo eran ahora diferentes. La pequeña podía escuchar el barullo de cosas moviéndose, de voces excitadas. Se inclinó hacia la rendija y apretó su rostro contra la fría madera de los barriles. Con un ojo examinó los muelles.
Piernas, zapatos y dobladillos de enaguas. Retazos de coloridas cintas de papel se agitaban de un lado a otro, y en el muelle, resabiadas gaviotas a la caza de migajas. Hubo un bandazo y el enorme barco gimió larga y gravemente desde el interior de su vientre. Las vibraciones pasaron a través de los tablones del muelle hasta la punta de los dedos de la pequeña. Se produjo un instante de tensión en el que se encontró conteniendo la respiración, las palmas extendidas a los lados, luego el barco se puso en marcha y se apartó del muelle. La sirena sonó y hubo una ola de vítores, gritos de «Bon voyage». Estaban en camino. Hacia América, un lugar llamado Nueva York en donde papá había nacido. Ella los había oído cuchichear sobre el tema durante un tiempo, mamá diciéndole a papá que deberían partir tan pronto fuera posible, que no podían permitirse seguir aguardando.
La pequeña volvió a reír; el bote se deslizaba sobre el agua como una ballena gigante, como Moby Dick en el cuento que su padre le leía con frecuencia. A mamá no le gustaba que le leyera semejantes historias. Decía que eran demasiado aterradoras y que le metían ideas en la cabeza que luego no podrían sacarle. Papá siempre besaba a mamá en la frente cuando ella decía cosas por el estilo, le decía que tenía razón y que tendría más cuidado en el futuro. Pero así y todo continuaba contándole historias a la pequeña sobre la gran ballena. Y otras —que eran sus favoritas— de un libro de cuentos sobre viejas ciegas y doncellas huérfanas y un largo viaje por alta mar. Él se aseguraba de que mamá no se enterara, que fuera su secreto.
La pequeña entendió que había secretos que no podían compartir con mamá. Mamá no estaba bien, había estado enferma desde antes de que naciera la niña. La abuela siempre estaba diciéndole que se comportara bien, recordándole que si mamá se enfadaba algo terrible podría sucederle y todo sería por su culpa. La pequeña amaba a su madre y no quería entristecerla, no quería que algo terrible sucediera, así que mantenía esas cosas en secreto. Como las historias fantásticas, y el jugar cerca del laberinto, y las veces en que papá la había llevado a visitar a la Autora en la casa de los límites de la propiedad.
—¡Aja! —Exclamó una voz junto a su oído—. ¡Te encontré! —El barril fue apartado y la pequeña parpadeó bajo la luz del sol. Parpadeó hasta que el dueño de la voz se movió y bloqueó la luz. Era un muchacho grande, de ocho o nueve años, supuso—.
Tú no eres Sally —dijo.
La pequeña negó con la cabeza.
—¿Quién eres?
Se suponía que no debía decir a nadie su nombre. Era un juego que estaban jugando ella y la dama.
—¿Y bien?
—Es un secreto.
Él frunció la nariz y sus pecas se juntaron.
—¿Y eso?
Se encogió de hombros. Se suponía que no debía mencionar a la dama. Papá siempre se lo estaba recordando.
—¿Dónde está Sally, entonces? —El niño se impacientaba. Miró a derecha y a izquierda—. La vi correr en esta dirección. Estoy seguro de ello.
Se escuchó una fuerte risa más allá, en el muelle, y el ruido de pasos a la carrera. El rostro del niño se iluminó.
—¡Rápido! —dijo y comenzó a correr—. Se está escapando.
La pequeña inclinó la cabeza por delante del barril y lo vio escabullirse entre la multitud en persecución de un torbellino de pequeñas enaguas.
El hormigueo de sus pies la incitaba a seguirle.
Pero la dama había dicho que esperara.

El niño se estaba alejando. Esquivó a un hombre rollizo de bigotes encerados que fruncía el ceño de tal modo que sus facciones se juntaban en el centro de su rostro como una familia de cangrejos asustados.
La pequeña rió.
Tal vez todo fuera parte del mismo juego. La dama le recordaba más a una niña que a los adultos que conocía. Tal vez ella también estuviera jugando. Salió de detrás del barril y se puso lentamente de pie. El pie izquierdo se le había dormido y ahora sentía calambres. Esperó un momento a que le volviera la sensibilidad, mirando mientras el niño doblaba por una esquina y desaparecía.
Después, sin pensarlo dos veces, salió a la carrera detrás de él. Con pasos veloces y el corazón cantándole en el pecho.
2
Brisbane,, Australia,, 1930
Al final, celebraron el cumpleaños de Nell en el edificio de los Forester, en Latrobe Terrace. Hugh había sugerido el nuevo salón de baile de la ciudad, pero Nell, haciéndose eco de su madre, había dicho que era una tontería meterse en gastos superfluos, especialmente ahora, que los tiempos eran tan difíciles. Hugh accedió, pero en cambio insistió en que ella encargara a Sydney las cintas de encaje especial que sabía le apetecían para su vestido. Lil le había metido esa idea en la cabeza antes de morir. Se había inclinado y, tomando su mano, le había mostrado el anuncio del periódico, con la dirección de la calle Pitt, explicándole lo fino que era el encaje, cuánto significaría para Nellie, y que, aunque pudiera parecer extravagante, podría reutilizarse para el vestido de novia, cuando llegara el momento. Después había sonreído, y fue como si volviera a tener dieciséis años, ya que le dejó embelesado.
Lil y Nell habían estado trabajando en el vestido de cumpleaños desde hacía un par de semanas. Por las noches, cuando Nell regresaba a casa del trabajo en la tienda de periódicos, tomaban el té, y las hermanas pequeñas peleaban letárgicamente en la terraza al tiempo que una multitud de mosquitos anegaba el aire de la noche haciendo que uno se sintiera enloquecer por el zumbido. Nell tomaba su canasta de costura y acercaba una silla junto al lecho de enferma de su madre. Hugh a veces las escuchaba, riendo sobre algo que había sucedido en la tienda: una discusión que Max Fitzsimmons había tenido con un cliente, o la última dolencia de la señora Blackwell, o las travesuras de los mellizos de Nancy Brown. Permanecía cerca de la puerta, llenando su pipa de tabaco y escuchando mientras Nell bajaba la voz, rebosante de satisfacción al contar algo que Danny había dicho. Alguna promesa que había hecho sobre la casa que iba a comprarle cuando se casaran, el automóvil al que le había echado el ojo y que su padre creía poder conseguir por poco dinero porque era una bicoca, la última batidora de cocina de la tienda de McWhirter.A Hugh le gustaba Danny: no podía pedir más para Nell, lo cual no estaba mal, teniendo en cuenta que la pareja había sido inseparable desde que se conocieron…

jueves, 17 de octubre de 2013

5ta Lectura




EL NIÑO CON EL  

PIJAMA DE RAYAS  
John Boyne  

El descubrimiento de Bruno  
 Una tarde, Bruno llegó de la escuela y se llevó una sorpresa al ver que María, la criada de 
la  familia  —que  siempre  andaba  cabizbaja  y  no  solía  levantar  la  vista  de  la  alfombra—, 
estaba  en  su  dormitorio  sacando  todas  sus  cosas  del  armario  y  metiéndolas  en  cuatro grandes cajas de madera; incluso las pertenencias que él había escondido en el fondo del mueble, que eran suyas y de nadie más.  
— ¿Qué haces? —le preguntó con toda la educación de que fue capaz, pues, aunque no 
le  hizo  ninguna  gracia  encontrarla  revolviendo  sus  cosas,  su  madre  siempre  le  recordaba que tenía que tratarla con respeto y no limitarse a imitar el modo en que Padre se dirigía a la criada—. No toques eso.  
María  sacudió  la  cabeza  y  señaló  la  escalera,  detrás  de  Bruno,  donde  acababa  de aparecer la madre del niño. Era una mujer alta y de largo cabello pelirrojo, recogido en la nuca con una especie de redecilla. Se retorcía las manos, nerviosa, como si hubiera algo que le habría gustado no tener que decir o algo que le habría gustado no tener que creer.  
—Madre —dijo Bruno—, ¿qué pasa? ¿Por qué María está revolviendo mis cosas?  
—Está haciendo las maletas.  
— ¿Haciendo las maletas? —repitió él, y repasó a toda prisa los días anteriores, considerando si se había portado especialmente mal o si había  pronunciado  aquellas  palabras  que  tenía  prohibido  pronunciar,  y  si  por  eso lo castigarían mandándolo a algún sitio. Pero no encontró nada. Es más, en los últimos días se 
había  portado  de  forma  perfectamente  correcta  y  no  recordaba  haber  causado  ningún problema—. ¿Por qué? —Preguntó entonces—. ¿Qué he hecho?  
Pero  Madre  ya  había  subido  a  su  dormitorio,  donde  Lars,  el  mayordomo,  estaba recogiendo  sus  cosas.  La  mujer  echó  un  vistazo,  suspiró  y  alzó  las  manos  con  gesto  de frustración  antes  de  volver  hacia  la  escalera.  En  ese  momento  Bruno  subía,  porque  no pensaba olvidar el asunto sin haber recibido una explicación.  
—Madre —insistió—, ¿qué pasa? ¿Vamos a mudarnos?  
—Ven conmigo —dijo ella, señalando el gran comedor, donde la semana anterior había cenado el Furias—. Hablaremos abajo.  
Bruno se volvió y bajó la escalera a toda prisa, adelantando a su madre, de modo que ya la esperaba en el comedor cuando ella llegó. La observó un momento en silencio y pensó 
que  aquella  mañana  se  había  aplicado  mal  el  maquillaje,  porque  tenía  los  bordes  de  los 
párpados  más  rojos  de  lo  habitual,  igual  que se  le  ponían  a  él  cuando  se  portaba  mal,  se metía en un aprieto y acababa llorando.  
—Mira, hijo, no tienes que preocuparte —dijo ella, acomodándose en la silla donde se había  sentado  la  acompañante  del  Furias,  una  rubia  hermosísima,  y  desde  donde  ésta  se había  despedido  de  Bruno  con  la  mano  cuando  Padre  cerró  las  puertas—.  Ya  verás,  de hecho vas a vivir una gran aventura.  
— ¿Qué aventura? ¿Vais a mandarme a algún sitio?  
—No, no te vas sólo tú —repuso ella, y por un instante pareció que quería sonreír—. 
Nos vamos todos. Tú, Gretel, tu padre y yo. Los cuatro.  Bruno arrugó la nariz. No le importaba demasiado que enviaran a Gretel a algún sitio, porque  ella  era  tonta  de  remate  y  no  hacía  más  que  fastidiarlo,  pero  le  pareció  un  poco injusto que todos tuvieran que irse con ella.  
—Pero ¿adónde? —preguntó—. ¿Adonde nos vamos? ¿Por qué no podemos quedarnos aquí? —Es por el trabajo de tu padre. Ya sabes lo importante que es, ¿verdad?  
—Sí, claro. —Bruno asintió con la cabeza. Siempre acudían muchas visitas a la casa (hombres  con  uniformes  fabulosos  y  mujeres  con  máquinas  de  escribir  que  él  no  podía tocar  con  las  manos  sucias),  y  todos  se mostraban  muy  educados  con  su  padre  y  comentaban que era un hombre con porvenir y que el Furia tenía grandes proyectos para él.  
—Bueno, pues a veces, cuando alguien es muy importante —continuó Madre—, su jefe le pide que vaya a algún sitio para hacer un trabajo muy especial.  
— ¿Qué  clase  de  trabajo?  —preguntó  Bruno,  porque  sinceramente  (y  él  siempre 
procuraba  ser  sincero  consigo  mismo)  no  estaba  del  todo  seguro  de  en  qué  consistía  el trabajo de Padre.  
Un  día,  en  la  escuela,  todos  habían  hablado  de  sus  padres  y  Karl  había  dicho  que  el suyo era verdulero, y Bruno sabía que era verdad porque regentaba la verdulería del centro de la ciudad. Y Daniel había dicho que su padre era maestro, y Bruno sabía que era verdad porque enseñaba a los chicos mayores, aquellos a quienes no era conveniente acercarse. Y Martin había dicho que su padre era cocinero, y Bruno sabía que era verdad porque cuando iba a buscar a su hijo a la escuela siempre llevaba una bata blanca y un delantal de cuadros escoceses, como si acabara de salir de la cocina.  
Pero cuando le preguntaron a Bruno qué hacía su padre, él abrió la boca para contestar y  entonces  se  dio  cuenta de  que  no  lo  sabía.  Sólo  podía  decir  que  era  un  hombre  con porvenir  y  que  el  Furias  tenía  grandes  proyectos  para  él.  Bueno,  eso  y  que  tenía  un uniforme fabuloso.  
—Es  un  trabajo  muy  importante  —dijo  Madre  tras  vacilar  un  instante—.  Un  trabajo para el que se requiere un hombre muy especial. Lo entiendes, ¿verdad?  
— ¿Y tenemos que ir todos?  
—Por supuesto. No querrás que Padre vaya solo a hacer ese trabajo y que esté triste, ¿no?  
—No, claro —concedió Bruno.  
—Padre nos añoraría mucho si no nos tuviera a su lado —añadió ella.  
— ¿A quién añoraría más? ¿A mí o a Gretel?  
—Os  añoraría  a  ambos  por  igual  —afirmó  Madre,  porque  no  le  gustaba  mostrar favoritismos, algo que Bruno respetaba, sobre todo porque sabía que en el fondo él era su favorito.  
—Pero ¿y la casa? ¿Quién cuidará de ella mientras estemos fuera?  
La madre suspiró y paseó la mirada por la habitación como si no fuera a verla nunca más.  Era  una  casa  muy  bonita,  con  cinco  plantas,  contando  el  sótano  donde  el  cocinero 
preparaba  las  comidas  y  donde  María  y  Lars  se  sentaban  a  la  mesa  y  discutían  y  se llamaban cosas que no había que llamar a nadie. Y contando también la pequeña buhardilla 
de  ventanas  inclinadas  que  había  en  lo  alto  del  edificio,  desde  donde  Bruno  podía contemplar todo Berlín si se ponía de puntillas y se aferraba al marco.  
—De momento tenemos que cerrar la casa —dijo Madre—. Pero algún día regresaremos. — ¿Y el cocinero? ¿Y Lars? ¿Y María? ¿No seguirán viviendo aquí?  
—Ellos  vienen  con  nosotros.  Pero  basta  de  preguntas.  Quiero  que  subas  y  ayudes  a María a hacer tus maletas.  
El niño se levantó, pero no fue a ninguna parte. Necesitaba aclarar unas cuantas cosas más antes de dar el tema por zanjado.  
— ¿Y  está  muy  lejos?  —preguntó—.  Ese  sitio  al.  que  vamos.  ¿Está  a  más  de  un kilómetro?  
— ¡Qué  gracia!  —exclamó  Madre,  y  rio  de  manera  extraña,  porque  no  parecía contenta, desviando la mirada como para evitar que su hijo le viera? la cara—. Sí, Bruno, está a más de un kilómetro. La verdad es que está bastante más lejos.  
Bruno abrió mucho los ojos y sus labios formaron una O. Notó que los brazos se le extendían hacia los lados, como solía ocurrirle cuando algo le sorprendía.  
—No  querrás  decir  que  nos  vamos  de  Berlín,  ¿verdad?  —repuso,  intentando  tomar aire al mismo tiempo que pronunciaba aquellas palabras.  
—Me temo que sí —dijo Madre, asintiendo tristemente con la cabeza—. El trabajo de tu padre es...  
—Pero  ¿y  la  escuela?  —la  interrumpió  Bruno,  algo  que  sabía  que  no  debía  hacer, aunque  supuso  que  en  aquella  ocasión  su  madre  le  perdonaría—.  ¿Y  Karl  y  Daniel  y Martin? ¿Cómo sabrán ellos dónde estoy cuando queramos hacer cosas juntos?  
—Tendrás  que  despedirte  de  tus  amigos  por  un  tiempo.  Pero  descuida,  volverás  a verlos más adelante. Y no interrumpas a tu madre cuando te habla, por favor —añadió, 
pues  pese  a  que  aquélla  era  una  noticia  extraña  y  desagradable,  no  había  ninguna necesidad de que Bruno incumpliera las normas de educación que le habían inculcado.  
— ¿Despedirme  de  ellos?  —preguntó  el  niño  mirándola  fijamente—.  ¿Despedirme  de ellos? —repitió, escupiendo las palabras como si tuviera la boca llena de trocitos de galleta masticados—.   ¿Despedirme   de   Karl   y   Daniel   y   Martin?   —Continuó,   subiendo peligrosamente el tono hasta casi gritar, algo que no le estaba permitido dentro de casa—. 
¡Pero si son mis tres mejores amigos para toda la vida!  
—Bueno,  ya  harás  nuevas  amistades  —dijo  Madre  quitándole  importancia  con  un ademán, como si fuera fácil encontrar a tres mejores amigos para toda la vida.  
—Es que nosotros teníamos planes —protestó él. — ¿Planes? —
Madre enarcó las cejas—. ¿Qué clase de planes?  
—Eso no puedo decírtelo —contestó Bruno, ya que sus planes consistían en portarse mal, sobre todo al cabo de unas semanas, cuando terminara el curso escolar y empezaran las vacaciones de verano. Entonces no tendrían que pasar todo el día sólo haciendo planes, sino que podrían ponerlos en práctica.  —Lo siento, hijo, pero tus planes tendrán que esperar. No tenemos alternativa.  
—Pero...  
—Basta, Bruno —espetó ella con brusquedad, poniéndose en pie para demostrarle que lo decía en serio—. Precisamente la semana pasada te quejabas de cómo habían cambiado las cosas en los últimos tiempos.  
—Bueno, es que no me gusta que ahora haya que apagar todas las luces por la noche 
—admitió él.  
—Eso lo hace todo el mundo. Así nos protegemos. Y quién sabe, quizá estemos más seguros si nosj marchamos. Bueno, ahora quiero que subas y ayudes a María a hacer tus maletas. No tenemos tanto tiempo como me habría gustado para prepararnos, gracias a ciertas personas.  
Bruno  asintió  y  se  alejó  cabizbajo,  consciente  de  que  «ciertas  personas»  era  una expresión  que  utilizaban  los  adultos  y  que  significaba  «Padre»,  y  que  él  no  debía emplearla.  
Subió  despacio  la  escalera,  sujetándose  a  la  barandilla  con  una  mano  mientras  se preguntaba  si  en  la casa  nueva  de  aquel  sitio  nuevo  donde  estaba  el  trabajo  nuevo  de  su padre habría una barandilla tan fabulosa como aquélla para deslizarse. Porque la barandilla de su casa arrancaba del último piso —justo enfrente de la pequeña buhardilla desde donde, si  se  ponía  de  puntillas  y  se  aferraba  al  marco  de  la  ventana,  podía contemplar  todo Berlín—, discurría hasta la planta baja y terminaba justo enfrente de la enorme puerta de roble de doble hoja. Y no había nada que a Bruno le gustara más que montarse en la barandilla en el último piso y deslizarse por toda la casa haciendo «zuuum».  
Bajaba desde el último piso hasta el siguiente, donde se encontraban el dormitorio de sus padres y el cuarto de baño grande que no le dejaban utilizar.  
Continuaba hasta el siguiente, donde estaba su dormitorio y el de Gretel, y el cuarto de baño más pequeño que sí le dejaban utilizar y que en realidad habría debido utilizar más a menudo.  
Y seguía hasta la planta baja, donde se caía del extremo de la barandilla. Debía aterrizar con los dos pies si no quería recibir una penalización de cinco puntos y verse obligado a empezar de nuevo.  
La  barandilla  era  lo  mejor  de  la  casa  —eso  y  que  los  abuelos  vivían  muy  cerca—. Cuando  reparó  en aquello,  Bruno  se  preguntó  si  ellos  irían  también  al  sitio  del  nuevo trabajo y supuso que sí, porque ¿cómo iban a dejarlos allí? A Gretel nadie la necesitaba mucho porque era tonta de remate —todo habría sido más fácil si ella se hubiera quedado al cuidado de la casa—, pero los abuelos... Hombre, aquello era muy distinto.  
Subió despacio la escalera hacia su dormitorio, pero antes de entrar miró hacia abajo y vio a Madre abriendo la puerta del despacho de Padre, que se comunicaba con el comedor —y donde estaba Prohibido Entrar Bajo Ningún Concepto y Sin Excepciones—, y la oyó gritarle hasta que Padre gritó mucho más fuerte que ella, poniendo fin a la conversación. 
Entonces la puerta del despacho se cerró y Bruno no oyó nada más, de modo que le pareció buena idea volver a su habitación y encargarse personalmente de hacer las maletas; de lo contrario, María sacaría todas sus cosas del armario sin cuidado ni consideración, incluso las pertenencias que él había escondido en el fondo del mueble y que eran suyas y de nadie más.  


jueves, 10 de octubre de 2013

4ta Lectura


Elizabeth Eulberg
[El Club de los Corazones Solitarios]



Tres
Me sentía perdida. Necesitaba esconderme. Escapar.
Sólo se me ocurrió un remedio para aliviar el dolor. Recurrí a los únicos cuatro chicos que nunca me fallarían. Los únicos cuatro chicos que jamás me partirían el corazón, que no me decepcionarían.
John, Paul, George y Ringo.
Lo entenderá cualquiera que se haya aferrado a una canción como a un bote salvavidas. O que haya puesto una canción para despertar un sentimiento, un recuerdo. O que haya hecho sonar mentalmente una banda sonora para ahogar una conversación o una escena desagradable.
En cuanto regresé a mi habitación, destrozada por el rechazo de Nate, subí el volumen de mi estéreo hasta tal punto que la cama empezó a temblar. Los Beatles habían sido siempre una especie de manta reconfortante que me aportaba seguridad. Formaban parte de mi vida incluso antes de que naciera. De hecho, de no haber sido por los Beatles, no habría llegado a nacer.
Mis padres se conocieron la noche en que John Lennon murió de un disparo, junto a un altar improvisado en un parque de Chicago. Ambos eran fans de los Beatles de toda la vida, y con el paso del tiempo decidieron que no tenían más remedio que llamar a sus tres hijas con los nombres de tres canciones del grupo: Lucy in the Sky with Diamonds, Lovely Rita y Penny Lane.
Eso sí, mis dos hermanas mayores tuvieron la suerte de que les pusieran segundos nombres corrientes, pero a mí me otorgaron el título completo de Lennon y McCartney: Penny Lane. Incluso nací el 7 de febrero, aniversario de la primera visita de los Beatles a Estados Unidos. No creía que fuera una casualidad. No me habría extrañado que mi madre se hubiera negado a empujar para que yo naciera en esa fecha concreta.
Casi todos los viajes familiares tenían como destino la ciudad de Liverpool, en Inglaterra. En todas nuestras felicitaciones de Navidad aparecíamos recreando la portada de un disco de los Beatles. Aquello debería haberme incitado a la rebelión. En cambio, los Beatles se convirtieron en parte de mí. Ya me sintiera feliz o desdichada, sus letras, su música me suponían un consuelo.
Ahora, traté de sofocar las palabras de Nate con una explosión de Help! Mientras tanto, recurrí a mi diario. Al cogerlo, el ejemplar encuadernado en piel se notaba pesado, cargado por los años de emociones que contenían sus páginas. Lo abrí e inspeccioné las entradas, casi todas con letras de los Beatles. A cualquier otra persona le habrían resultado asociaciones absurdas; pero, para mí, el significado de las letras iba mucho más allá de las palabras. Eran instantáneas de mi vida: de lo bueno, lo malo y lo relacionado con los chicos.
Cuánto sufrimiento. Me puse a examinar mis relaciones anteriores.
Dan Walker, de segundo de bachillerato y, según Tracy, mejor «un tío bueno». Salimos cuatro meses, cuando empecé cuarto de secundaria. Las cosas comenzaron bastante bien, si por «bien» se entiende ir al cine y a tomar pizza los viernes por la noche con el resto de las parejas de la ciudad. Al final, Dan empezó a confundirme con el personaje de la película Casi famosos, también llamado Penny Lane. Era una groupie empedernida, y a Dan se le metió en su cabeza hueca que, si tocaba a la guitarra Stairway to Heaven, me rendiría. No tardé mucho en darme cuenta de que el atractivo físico no conlleva necesariamente las dotes de un buen guitarrista. Una vez que se hubo percatado de que mis bragas seguían en su sitio, Dan cambió de melodía.
Después vino Derek Simpson, quien —estoy convencida— sólo salió conmigo porque pensaba que mi madre, farmacéutica, le podía conseguir pastillas.
Darren McWilliams no fue mucho mejor. Empezamos a salir justo antes de que este verano me entrara la locura por Nate. Parecía un tipo encantador hasta que le dio por frecuentar a Laura Jaworski, quien resultó ser una buena amiga mía. Acabó quedando con las dos el mismo día. No se le ocurrió que compararíamos nuestras agendas.
Dan, Derek y Darren. Y sólo en cuarto de secundaria. Me engañaron, me mintieron y me utilizaron. ¿Qué lección aprendí? La de mantenerme alejada de los chicos cuyo nombre de pila empiece por «D», ya que todos ellos eran el diablo personificado.
Puede que el verdadero nombre de Nate fuera Dante el Destructor de Deseos. Porque era diez veces peor que los tres «D» juntos.
Aparté el diario a un lado. Estaba furiosa con Nate, es verdad. Pero, sobre todo, estaba furiosa conmigo misma. ¿Por qué me presté a salir con ellos? ¿Qué saqué de aquellas relaciones, aparte de un corazón destrozado? Yo era más inteligente que todo eso. Tendría que haberlo sabido.
¿En serio quería seguir siendo utilizada? ¿Es que había alguien ahí fuera que mereciera la pena?
Había creído que Nate sí merecía la pena, pero estaba equivocada.
Cuando me levanté para llamar a Tracy —tenía que compartir mis penas con ella—, algo me llamó la atención. Me acerqué a mi póster preferido de los Beatles y empecé a pasar los dedos por las letras: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band.
Había contemplado aquel póster día tras día durante los últimos siete años. Había escuchado aquel álbum, uno de mis favoritos, cientos de veces. Era como si, para mí, siempre hubiera sido una única palabra muy larga: SgtPepper’sLonelyHeartsClubBand. Pero ahora tres términos se desligaban del resto, y descubrí en la expresión algo completamente nuevo.
Lonely.
Hearts.
Club.
Entonces, sucedió.
Algo relacionado con aquellas palabras.
Lonely. Hearts. Club.
Club. Corazones. Solitarios.
En teoría, podría sonar deprimente. Pero en aquella música no había nada deprimente.
No, este Club de los Corazones Solitarios era justo lo contrario a deprimente. Era fascinante.
Había tenido la respuesta delante de mis ojos, desde el principio. Sí, había encontrado una manera para que dejaran de engañarme, de mentirme, de utilizarme.
Dejaría de torturarme al salir con fracasados. Disfrutaría de los beneficios de la soltería. Por una vez, me concentraría en mí misma. Primero de bachillerato iba a ser mi año. Todo giraría alrededor de mí, Penny Lane Bloom, fundadora y socia única del Club de los Corazones Solitarios.

jueves, 3 de octubre de 2013

3ra Lectura

El club de los Corazones Solitarios
Elizabeth  Eulberg  


DOS

Todo ocurrió muy deprisa.
Empezó como cualquier otro verano. Llegaron los Taylor, y la casa estaba hasta los  topes.  Nate  y  yo  coqueteábamos  sin  parar…  siguiendo  la  rutina  de  los  últimos años.  Sólo  que,  esta  vez, por  debajo  del  coqueteo  latían  otras  cosas.  Como  deseo. Como futuro. Como sexo.
Todo  lo  que  había  soñado  empezó  a  suceder.  Para  mí,  Nate  era  perfecto.  El chico  con  el  que  comparaba  a  todos  los  demás.  El  que  siempre  conseguía  que  el corazón se me acelerara y el estómago se me encogiera.
Aquel verano, por fin, mis sentimientos fueron correspondidos.  Quedamos  un  par  de veces, nada del  otro  mundo.  Fuimos  al  cine,  a  cenar,  y demás.
Nuestros  padres  no  tenían  ni  idea  de  lo  que  estaba  pasando.  Nate  no  quería decírselo, y me  dejé llevar. Alegó que reaccionarían de manera exagerada, y no se lo discutí.  Aunque  sabía  que  nuestros  padres  siempre  habían  deseado  que,  en  un futuro,  acabáramos  juntos,  no  estaba  convencida  de  que  ya  estuvieran  preparados.
Sobre todo porque Nate dormía abajo, en nuestro sótano insonorizado. Todo  iba  de  maravilla. Nate  me  decía  lo  que  yo  quería  oír.  Que  era  preciosa, perfecta. Que al besarme se le cortaba la respiración.
Me encontraba en la gloria.
Nos  besábamos.  Luego,  nos  besábamos  más.  Y  después,  mucho  más.  Pero  al poco   tiempo   ya   no   era   suficiente.   Al   poco   tiempo,   las   manos   empezaron  a deambular, la ropa empezó a desprenderse. Era lo que yo siempre había deseado… pero parecía ir deprisa. Demasiado deprisa. Por mucho que le diera a Nate, siempre quería  más.  Y  yo  me  resistía.  Todo  cuanto  hacíamos  se  convertía  en  una  lucha constante por ver hasta dónde cedería yo.
Habíamos tardado tanto en llegar hasta ese punto que no quería precipitar las cosas. No entendía por qué no nos limitábamos a disfrutar del momento, a disfrutar de estar juntos, en vez de apresurarnos hasta el paso siguiente.
Y cuando digo «paso siguiente», me refiero al contacto físico.
No había mucho de qué hablar sobre los pasos siguientes en cuanto a nuestra relación. Después  de  un  par  de  semanas,  Nate  empezó  a  decir  que,  para  él,  yo  era  la única, su amor verdadero. Sería tan increíble, aseguraba, si le permitiera amarme de la manera en la que él quería…
Justo  lo  que  yo  había  imaginado  durante  tanto  tiempo.  Lo  que  siempre  había deseado. Así que pensé: «Sí, lo haré. Porque será con él. Y eso es lo que importa».
Decidí darle una sorpresa.
Decidí confiar en él.
Decidí dar el paso.
Lo tenía todo planeado, todo calculado. Nuestros padres iban a salir hasta tarde y tendríamos la casa para nosotros solos.
— ¿Estás  segura  de  que  es  lo  que  quieres,  Pen?  —me  preguntó  Tracy  aquella mañana.
—Lo único que sé es que no quiero perderlo —respondí.
Tal era mi razonamiento. Lo haría por Nate. No tenía nada que ver conmigo ni con lo que yo quería. Todo era por él.
Quería  que  resultara  espontáneo.  Quería  que  le  pillara  desprevenido,  y  que luego  se sintiera  abrumado  por  lo  perfecto  que  era,  por  lo  perfecta  que  era  yo.  Ni siquiera  sabía  que  yo estaba  en  casa;  quería  que  pensara  que  había  salido  aquella noche,  para  que  la  sorpresa fuera  aún  mayor.  Quería  demostrarle  que  estaba preparada. Dispuesta. Que era capaz. Lo tenía todo pensado, excepto la ropa que me iba a poner. Me metí a hurtadillas en la habitación de mi hermana Rita y registré sus cajones hasta encontrar un camisón de seda blanco que no dejaba mucho espacio a la imaginación. También le cogí su bata de encaje rojo.
Cuando  por  fin  estuve  preparada,  bajé  sigilosamente  las  escaleras  hasta  la habitación  de Nate,  en  el  sótano.  Empecé  a  desatarme  la  bata,  con  una  mezcla  de emoción  y  de  puro  nerviosismo.  Me  moría  de  ganas  de  ver  la  expresión  de  Nate cuando me descubriera. Me moría de ganas de demostrarle lo que sentía, de modo que él, por fin, sintiera lo mismo que yo.
Esbocé una sonrisa mientras encendía la luz.
— ¡Sorpresa! —grité. Nate se incorporó del sofá como un resorte, con una expresión de pánico en el semblante.
—Hola… —dije con tono sumiso, a la vez que dejaba caer la bata al suelo.
Entonces, otra cabeza surgió del sofá.
Una chica.
Con Nate.
Me quedé petrificada, sin creer lo que veían mis ojos. Pasé la mirada del uno al otro mientras, a tientas, reunían su ropa. Por fin, agarré la bata y me la puse, tratando de cubrir la mayor parte posible de mi cuerpo.
La chica empezó a soltar risitas nerviosas.
— ¿No habías dicho que tu hermana había salido esta noche?
¿Su hermana? Nate no tenía una hermana. Traté de convencerme de que existía una buena explicación para lo que estaba viendo. Nate no me haría una cosa así, de ninguna manera. Sobre todo en mi propia casa. Quizá aquella chica había tenido un accidente  justo  delante  de  la  puerta  y  Nate  la  había  llevado  adentro  para…  eh… consolarla. O acaso ensayaban una escena de una representación estival de… Romeo y Julieta al desnudo. O tal vez me había quedado dormida y se trataba de una pesadilla. Sólo que no era así.
La chica terminó de vestirse y Nate, esquivando mi mirada, la acompañó al piso de arriba.
Todo un caballero.
Tras lo que me pareció una eternidad, regresó.
—Penny  —dijo,  colocando  una  mano  alrededor  de  mi  cintura—,  lamento  que tuvieras que ver eso.
Intenté responder, pero no encontraba la voz.
Subió los brazos hasta mis hombros y empezó a frotarlos a través de la bata.
—Lo  siento,  Penny.  Lo  siento  mucho.  Ha  sido  una  estupidez,  tienes  que creerme. Soy un idiota. Un idiota de categoría. Un completo idiota.
Negué con la cabeza.
— ¿Cómo has podido? —mis palabras eran apenas un suspiro; se me contraía la garganta.
Se inclinó sobre mí.
—En  serio,  no  volverá  a  ocurrir.  Escúchame,  no  ha  pasado  nada.  En  absoluto.
No  fue  nada.  Ella  no  es  nadie.  Sabes  lo  mucho  que  significas  para  mí.  Eres  tú  con quien  quiero  estar.  Eres  tú  de  quien  estoy  enamorado  —bajó  las  manos  por  mi espalda—.  ¿Te  sientes  mejor  ahora?  Dime  qué  puedo  hacer,  Penny.  Lo  último  que quiero es herirte.
La conmoción se iba pasando, dejando al descubierto la furia que subyacía. Me aparté de un empujón.
— ¿Cómo has podido? —espeté—. ¿CÓMO HAS PODIDO?
Esta última parte la dije a gritos.
—Mira, ya me he disculpado.
— ¿Te has DISCULPADO?
—Penny, lo siento muchísimo.
— ¿LO SIENTES?
—Por favor, para de una vez y escúchame. Te lo puedo explicar.
—Muy bien, perfecto —me senté en el sofá—. Explícame.
Nate me lanzó una mirada nerviosa; evidentemente, no había contado con que me sentara a escuchar lo que tuviera que decir.
—Penny, esa chica no significa nada para mí.
—Pues  no  daba  esa  impresión  —me  ajusté  el  cinturón  de  la  bata  y  agarré  un almohadón para taparme las piernas.
Nate exhaló un suspiro. Un suspiro en toda regla.
—Bueno, ya empezamos con el  melodrama  —ironizó. Entonces,  se sentó a mi lado  con  los  brazos  cruzados—.  Muy  bien.  Si  no  estás  dispuesta  a  aceptar  mis disculpas, no veo qué otra cosa puedo hacer.
— ¿Disculpas? —Repliqué entre risas—. ¿Crees que decir «lo siento» es suficiente para  borrar  lo  que  ha  pasado?  Creía  que  habías  dicho  que  soy  especial  —miré  al suelo, avergonzada de mí misma por haber sacado el tema a relucir.
—Pues claro que eres especial, Penny. Venga ya, ¿qué pensabas que iba a pasar?
—la cara de Nate se tiñó de un rojo brillante—. A ver, las cosas son así: tú y yo…, nosotros…, nosotros…, bueno, es lo que hay…
No daba crédito a lo que estaba oyendo. El Nate de sólo unos días atrás había desaparecido y una especie de… bestia había ocupado su lugar.
— ¿Me quieres decir de qué estás hablando?
— ¡Santo Dios! —Nate se levantó del sofá y empezó a pasear de un lado a otro—.  Esto  es  exactamente  de  lo  que  estoy  hablando:  mírate,  ahí  sentada,  como  cuando éramos niños y no conseguías lo que querías. Bueno, he querido estar contigo desde hace  mucho  tiempo,  Penny.  Muchísimo.  Pero  aunque  tú  creas  que  quieres  estar conmigo, no me quieres a mí. Lo que quieres es a tu amor de la infancia. El Nate que te cogía de la mano y te daba besos en la mejilla. Bueno, pues ese Nate ha crecido. Y quizá tú deberías hacer lo mismo.
—Pero yo…
— ¿Qué? Tú ¿qué? ¿Te has puesto el camisón de tu hermana? Eso son juegos de niños,  Penny.  Para  ti,  es  un  día  de  boda  perpetuo,  sin  luna  de  miel,  sin  quitarte  el vestido de novia, sin nada de nada. Pero ¿sabes qué? La gente practica el sexo. No es para tanto.
Empecé a temblar de arriba abajo. Sus palabras me golpeaban.
Nate negó con la cabeza.
—No  me  debería  haber  liado  contigo.  ¿Qué  puedo  decir?  Estaba  harto,  y  era
mucho  más  fácil  ceder  a  tus  fantasías  que  enfrentarme  a  ellas.  Además,  lo  admito, tienes ese toque de chica de clase media que te favorece. Nunca se me ocurrió que, al final, no era más que una provocación.
El estómago se me revolvió. Las lágrimas me surcaban las mejillas.
—Oh,  venga  ya  —Nate  se  sentó  y  me  rodeó  con  el  brazo—.  Grítame  un  poco más y te sentirás mejor. Luego, pasaremos página.
Me desembaracé a sacudidas y salí corriendo escaleras arriba.
Para huir de Nate.
Para huir de las mentiras.
Para huir de todo.
Pero  no  podía  huir.  Nate  iba  a  seguir  instalado  en  nuestra  casa  otras  dos semanas. Cada mañana, tendría que levantarme y mirarlo a la cara. Observar cómo salía por la puerta, sabiendo que seguramente iba a verse con ella. Sabiendo que Nate tenía que buscar en otro sitio porque yo no era lo bastante buena para él. Nunca me vería «de esa manera».
Día tras día me recordaba a mí misma que era una fracasada. Que lo que había deseado durante años había terminado haciéndome sufrir más de lo imaginable.
Rita, mi hermana mayor, fue la única persona de mi familia a la que se lo conté,
y  la  obligué  a  jurar  que  no  se  lo  diría  a  nadie.  Sabía  que  aquello  perjudicaría  la prolongada y estrecha amistad entre nuestros padres, y no me parecía justo que Nate también destruyera eso. Además, me daba vergüenza. No soportaba la idea de que mis padres descubrieran lo estúpida que era su hija.
Rita  intentó  consolarme.  Llegó  a  amenazar  con  matar  a  Nate  si  se  acercaba  a menos de tres metros de mí. Pero incluso treinta metros habrían sido pocos
—Todo irá bien, Penny —prometió Rita mientras me rodeaba con sus brazos—.
Todos nos empotramos contra algunos badenes por el camino.
Yo no me había empotrado contra un badén, sino contra un muro de ladrillo.

Y no quería volver a sufrir ese dolor nunca más.